jueves, 17 de noviembre de 2016

Confesión

Sonaron seis campanadas huecas en el silencio de la tarde. Bajaron desde la casa de las cigüeñas hasta la plaza, encontrándose con una joven que subí­a los escalones  sin hacer ruido. No se hicieron caso. Las primeras se dirigieron al resto del pueblo para informar de la hora, la segunda desapareció en la intimidad de la iglesia.

Tardó un poco en acostumbrarse a la ausencia de luz mientras se dirigía a las primeras filas. No parecí­a haber nadie. Una vez allí­ se sentó haciendo crujir el banco, juntó las palmas de las manos entrelazando los dedos y arrastró a las losas su mirada húmeda.

- ¡Beatriz! Me alegra verte por aquí­.-
- Buenas tardes, Padre Javier.-
- ¿Necesitas algo, hija mí­a?
- Vengo a confesarme.
- Ven.- Se acercaron silenciosos al confesionario.- Arrodí­llate ante el señor.-
- Ave Marí­a Purí­sima.-
- Sin pecado concebida.-
- He pecado, padre.-
- Te escucho.-

Durante más de media hora sollozó en el regazo de la Iglesia.

- Yo te  absuelvo de todos tus pecados en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espí­ritu Santo.-
- Amén.-
- Dad gracias al Señor porque es bueno.-
- Porque es eterna su misericordia.-
- El señor ha perdonado tus pecados. Vete en paz.-

El sacerdote se quedó en el habitáculo, respirando lentamente y reflexionando sobre lo que acababa de oir. Cerró los ojos y pensó en el mundo, y dentro de él en todas las cosas que Dios habí­a dispuesto para los hombres en su castigo. Solo entonces sintió un principio de éxtasis.

Fuera, el monumento observó los pasos descendentes de la joven mientras sonaban siete campanadas.

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