jueves, 17 de noviembre de 2016

Concierto



Mientras todos accedían por las escaleras para ascender hasta la zona de butacas, él entró al conservatorio por un pequeño acceso inferior. Desde fuera era una entrada para personas con movilidad reducida y desde dentro, según rezaba un pequeño cartel que podía leerse desde los asientos, una salida de emergencias.

Eligió, como siempre que estaba disponible, la tercera butaca pegada al pasillo del lado izquierdo, que a su vez dejaba otros dos asientos disponibles a su izquierda. Rara vez alguien se sentaba a su lado, dada la escasa asistencia (cada vez menor) a este tipo de eventos. Cuando comenzó el concierto, la sala entera cayó en silencio, dejando lugar al incesante teclear de un gran piano de cola negra. La pianista, con un largo vestido de color rojo y lentejuelas plateadas que moteaban su cuerpo desde el cuello hasta la cintura, inundó de expresividad el escenario. El aspaviento violento de sus brazos, que contrastaba con la tenue y tensa vibración conjunta de las cuerdas del piano,  le llamó mucho la atención. Muchos eran los conciertos que había vivido allí, pero no recordaba nada parecido. Su privilegiado asiento le permitía ver el rostro serio y concentrado de la pianista, las muecas que hacía con la boca, la tirantez ante el esfuerzo de sus brazos. Le costaba creer que alguien tan joven tocara de esa forma, pero había ya muchas cosas que no entendía de este mundo.

El anciano cerró entonces los ojos, y se trasladó a su primer concierto en esa sala, en ese mismo asiento, con diecinueve años, con su primera novia, con toda la vida por delante. No recordaba apenas nada del concierto, salvo el calor de la mano femenina enredada en la suya y la música que sonaba a lo lejos. Ahora, las notas sonaban muy distintas. Quiso cerrar aún más los ojos, sentir a Margarita a su lado, la emoción de estar los dos solos y la expectativa de lo posible en la primavera de sus años.

Cuando terminó el concierto y la última tecla coronó a las anteriores, el silencio tornó en aplauso, y cuando este se disipó y el público comenzó a levantarse, nadie, nadie se dio cuenta de que aquel hombre mayor era el único en no hacerlo.

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