viernes, 7 de octubre de 2016

Patria



Durante un momento intentó calcular el número de despedidas que se habían producido en aquel andén. Comenzó contando las suyas. Siete. No tardó en identificar el pensamiento como uno de esos misterios irresolubles a los que se aferraba cuando el mundo se desmoronaba a sus pies. En este caso, ese mundo se alejaba, una vez más, a una velocidad vertiginosa, impulsado por la violencia mecánica de la locomotora, y metro a metro delimitaba una nueva frontera cada vez más distante, más impenetrable a sus ojos, hasta ocultarse en las montañas.

Su existencia se detenía, tal y como él consideraba que merecía la pena vivirla, al salir de la estación tras despedirse de ella. Vivía como un refugiado hasta su vuelta, un mes después, exiliado de la única patria a la que había sentido pertenecer, de la única de la que se sintió alguna vez orgulloso. Aquella por la que luchar y morir por fin cobraba sentido. Se mudó allí hace ya dos años, y desde entonces no quiso saber nada de ninguna otra tierra, incluso de aquellas que con insistencia y halagos le prometieron verdes colinas, brisa agradable y sol, todos los días. Prefería los picos escarpados casi imposibles de escalar, los arroyos íntimos de súbita cascada e inesperado encuentro, el clima impredecible que le hacía sentir cada día como único, la profundidad indescifrable de su océano, donde se sentía naúfrago rescatado en sus brazos. Así era ella.

Solo comenzaba a reconocerse la mañana que ella llegaba. Olvidaba enseguida todo lo que había ocurrido ese mes. Desde que se alejaba de la estación hasta que volvía a recogerla le parecía un tiempo perdido, vacío, tal vez solo a excepción de las llamadas que podía concretar una vez a la semana, en el locutorio, único bálsamo durante este tiempo. Su mundo comenzaba a materializarse de nuevo al ir aumentando el número de pasajeros esperando en el andén, que cogerían el tren cuando partiera de vuelta, al ver el minutero avanzar incansablemente hasta las diecisiete y cuarenta y dos, hora a la que llegaba siempre puntual, al sentir el zumbido casi imperceptible de las vías, que silbaban metálicamente su llegada.

Y por fin apareció. La locomotora comenzó a verse a lo lejos, como si hubiera estado escondida tras la montaña todo ese tiempo, jugando con él. No tardó en llenar la estación entera en una algarabía de estridencias, rechinar fundido y resoplido cansado, inundando de vapor los pies de los viajeros. Caminó hasta el final del andén a medida que el tren se detenía. Ella siempre viajaba en el último vagón, era una de las cosas que le gustaban. Cuando el tren se detuvo por completo, ella no descendió para ser recibida, como había hecho siempre. Sintió un miedo terrible al imaginar por un segundo que no venía, y siguió avanzando con la mirada clavada en los cristales sucios y el corazón palpitando más rápido aún que antes.

En el último de todos, estaba ella. Ni siquiera miraba por la ventana. Él se percató enseguida de la gelidez de su gesto, de la inexpresividad de sus ojos, fijos en el asiento delantero. En ese mismo instante supo que había sido desterrado.