jueves, 16 de junio de 2016

Nido



Siempre me habían llamado la atención esos nidos en forma de coco, alineados por decenas en el borde de los tejados, y el bullicio que giraba en torno a ellos por las mañanas.

¿Quién sale a hacer el ejercicio diez?

Desde el aula no podían verse, pues las ventanas no podían abrirse salvo por una pequeña abertura en su parte superior, pero las golondrinas pasaban fugazmente muy cerca del cristal y desaparecían en el borde. Siempre me había preguntado qué pasaría si alguna fallaba y se colaba por el pequeño espacio.

¿Nadie?

Nadie podría evitar que la clase entera se revolucionase, ni siquiera él. Comenzaríamos a gritar y a reír, mientras señalaríamos al pájaro, que cada vez que alzara el vuelo se encontraría con el techo para después cambiar en vano su dirección.

Diego, ¿Lo tienes hecho?

El profesor, viendo interrumpida su  sagrada clase, trataría por todos los medios de calmarnos. Se despegaría de su sillón y abriría las ventanas que quedaran cerradas con la esperanza de que aquel pajarraco se fuera por donde había venido, pero los gritos, ese cielo amarillento y la súbita reducción de su mundo habrían trastornado al animal, que aletearía inútilmente de lado a lado de la habitación.

¡Diego!

Cada vez volaría más bajo, cansado. Muchos gritarían aún más y agacharían las cabezas. Otros intentarían atraparlo. El profesor se habría cansado ya de hacer aspavientos en el centro de la clase y habría decidido esperar ya lo inevitable, que un mal golpe lo hiciera caer.


Y así ocurriría. Chocaría violentamente contra una pared, o una ventana en su agotada huida y se precipitaría contra el suelo. Mis compañeros se apartarían y  se callarían en un leve susurro, y el profesor cogería un folio, lo rodearía entre sus manos ancianas y lo sacaría de clase, no sin antes advertirnos sobre nuestro comportamiento en su ausencia. A medida que se alejara por el pasillo, el murmullo comenzaría a sonar de nuevo.

Al parecer Diego tiene el derecho de quedarse mirando embobado por la ventana. Ven aquí ahora mismo.

Y fui. Avancé  entre los pupitres de madera con la cabeza agachada y las manos apretadas hasta llegar al alto estrado, sintiendo el miedo de mis compañeros y el mío propio, y deseando que una golondrina entrara por la ventana, y lo cambiara todo.