viernes, 8 de abril de 2016

Soneto X


Soy querubín de flecha obtusa en mano.
De plomo turbo al Apolo el deseo,
pues el poder de liberar poseo
al corazón que sufre y llora en vano.

Mas un día doré tu cuerpo sano
en un desliz de trazo fariseo.
¡Qué alegría expresé con un siseo
al ver la herida de la que era amo!

Mi condena nació junto a mi suerte.
Soy el que eternamente pasión vierte
mas no hay amor si caigo enamorado.

Más me vale premiarte con la muerte
pues no puedo mayor maldad hacerte
que clavarte en mi nombre huso dorado.

martes, 5 de abril de 2016

Primavera (1ª parte)



Aquella primavera era peor que las más convulsas de las adolescencias. Cada día amanecía varias veces, cuando el sol encontraba un claro dónde hacerse fuerte, para de nuevo anochecer, al rato, en la opacidad de las nubes. Los charcos se llenaban y vaciaban a una velocidad pasmosa, fácilmente perceptible hasta para el ojo impaciente. Cada hora atropellaba a la anterior desde el contraste más absoluto, de forma que se convirtió en habitual la alternancia constante entre abrigo y camisa fina, lo cual estaba volviendo locos a los habitantes del pueblo.

Tomás, sin embargo, lo comprendía perfectamente. También se había despertado en él el borboteo propio de su edad. Hiciera el tiempo que hiciera, se le veía bajando por la calle principal para esperar su salida de las clases, tratando de ocultarse ante los ojos de la madre o la niñera que venían a recogerla. Se contentaba con el más mínimo gesto de la muchacha, y tras su partida, volvía corriendo cuesta arriba a casa a ayudar a su padre en el trabajo. Los días que se demoraba más de la cuenta, pues en ciertas ocasiones tardaba ella algo más en salir, debía trabajar aún más tiempo como castigo, pero bien sabía el padre que no había castigo que no le compensara, por lo que más lo hacía por no llevar la cosa a mayores que por corregir su comportamiento. Tomás no había estudiado, pero sabía lo que sentía, y eso, pensaba él, no lo enseñaba ni el mejor de los tutores universitarios. 

Azucena, por su lado, conocía bien la predilección del muchacho hacia su persona. Bien de ello se había encargado Labranza, su niñera. Desde el día en el que la niña le preguntó al salir de las clases sobre aquel chico tan curioso, poco tardó la mujer en informarse y hablar del Tomasito hasta en el rincón más recóndito de la casa. A escondidas, por supuesto, de la madre. Por aquella época la joven sabía bien poco del amor, apenas solo lo que le contaba Labranza y lo que había leído en algunos textos. La mujer se regocijaba contándole aventuras de su juventud, no exentas de algunos detalles escabrosos. Por fortuna la niña no llegaría a comprenderlos hasta años más tarde, pues bien se cuidaba la niñera en velar los hechos  tras recatadas metáforas que aprendió de la vida, fuera a ser que la niña contara algo fuera de lugar. Con todo ello, y dada su condición de mocita vieja, todas las andanzas acababan en descalabros. De las páginas, sin embargo, aprendió que el destino se encarga de que los enamorados se encuentren en los lugares más insospechados y de las formas más inverosímiles, tan grande es su fuerza. Azucena no sabía qué pensar con tan dispares influjos, ni sabía lo que debía sentir.

El día que se hablaron por primera vez, los arcoíris se habían estado sucediendo uno tras otro toda la mañana, pugnando por ver quién llenaba más el cielo. Un despiste pactado de Labranza, que veía en la niña el reflejo de la ocasión perdida, permitió el encuentro.