martes, 29 de marzo de 2016

La visita



 Poco antes de entrar en la vida laboral (que lo mío me costó), un  viejo amigo me decía que el trabajo tiene un componente sectario que dificulta mantener las amistades anteriores, de forma que tus nuevos compañeros, tras la obligación de pasar tantas horas juntos y tener tantas cosas en común, se convierten en tus nuevos amigos. Teresa, mi mujer, parecía querer ser cómplice de aquel augurio obligándome a aceptar la reiterada invitación a cenar en su casa de mi compañero de despacho. Allí sentado en un sofá de cuero novísimo, a juego con la minimalista decoración del salón de un pequeño apartamento recién estrenado, me costaba de verás encontrar algo en común con aquel individuo que tenía sentado delante y que me trataba con una confianza injustificada.

                Me limitaba a escucharlo con mi brazo mecánicamente abonado al único consuelo de la situación, un excelente hummus casero que probablemente había hecho Julia, su mujer. Ella se encontraba junto a Teresa al otro extremo del salón (apenas unos metros), comentando unas fotos. A diferencia de mí, parecían disfrutar del encuentro. No podía entenderlas, pero fuera lo que fuera aquello de lo que estuvieran hablando, no podía ser más aburrido que el discurso monorrimo con el que me obsequiaba mi interlocutor, cuyo contacto ocular constante y gesticulación exagerada me tenían agotado. Por suerte, nuestras esposas no tardaron en acercarse a la mesita.

     ¿Te gusta el hummus, Manuel?
     Pues sí, está buenísimo. La verdad es que no puedo parar de picar — dije con la inquietud de haber comido demasiado y que se hubiera notado—. ¿Lo has hecho tú?
     ¡Qué va! Lo ha hecho Javi. Los aros de guacamole sí que los he hecho yo­ —miré a Javi y me encontré una cara de orgullo, a la que respondí con un gesto de aprobación mientras disimulaba mi sorpresa—. Está aprendiendo las recetas veganas de un libro que nos regalaron hace poco. No paramos de cocinar—.
     Estoy empezando con las fáciles — intervino él — las más complicadas se las dejo a ella, que tiene más mano — ambos se miraron sonriendo.
     Podríamos hacer recetas de esas nosotros también — dijo Teresa, sentándose a mi lado. — No sabes la de cosas que me ha contado Julia.
     Tú sabes que donde se ponga un buen chuletón… que se quite lo demás — contesté rodeándola cariñoso con el brazo. Ya me temía lo peor.
     Anda, anda… si eso apenas notas diferencia. ¿Verdad que sí, Julia?
     Verdad, verdad. – contestó ella sentándose a su lado —Otro día que vengáis te hago tofu así marinado y ya me dices tú si ves la diferencia con el pollo— dijo después, dirigiéndose a mí.  “Otro día que vengáis”. Me sonó a amenaza.
     ¡Nos encantaría! — dijo Teresa —, y si eso venimos antes y así me enseñas. ¿Verdad Manolo?
     Sí, sí — dije mientras imaginaba mentalmente la conversación que tendríamos al irnos.
     Bueno, pero también cocinamos normal, ¿eh? —dijo Javier — que no somos hippies. Yo reí un poco, los demás lo hicieron de verdad—. Además, tampoco nos podemos acostumbrar mucho, que el niño crece rápido y tiene que comer de todo.
     De verdad, qué bonito es tu niño ¿eh? — Saltó Teresa poniendo una mano en el brazo de Julia — ¿Lo has visto, Manolo?

                Recordé enseguida las fotos junto a las que se encontraban Julia y Teresa, y por primera vez las observé con atención. Allí estaba, por supuesto. Había agradecido profundamente que no nos hubieran enseñado el apartamento, como suele ocurrir en estos casos, pero tal era mi desinterés respecto a esta visita que hasta entonces no me había percatado de que la única habitación de la casa que había pisado tenía fotos enmarcadas del bebé en cada esquina.
     Sí, he visto que estábais viéndolo antes en las fotos — supe reaccionar a tiempo.
     Mira, te voy a acercar una —dijo Julia levantándose. Cogió una de las fotos con marco dorado que descansaban en la estantería y la acercó hasta nosotros. Hice ademán de mover el brazo, pero no dejó que la cogiera, sino que alargó la mano, sosteniendo la foto enfrente de mí.

La foto no era demasiado reciente, pues Javi aparecía con más pelo. El niño estaba en los brazos de su  enclenque padre, y es en ese momento cuando, por primera vez, algo me llamó la atención desde que entré en aquella casa. Miré durante un instante a Javi, incrédulo ante el hecho de que fuera su padre. Era un niño enorme. Todo en él parecía grande. Se veía cómo alargaba los brazos y las musculosas piernas, como queriendo abarcarlo todo, y el padre parecía esforzarse por mantener quieto al pequeño mastodonte. La cabeza no desentonaba del resto, cuyos inflados mofletes parecían pedir comida. El salón, ya de por sí diminuto, me pareció aún más pequeño al imaginar al niño caminando, tropezando entre los muebles y pegando chillidos. Pero sí, bonito era.

     Muy guapo —dije mirando a Javi—.  ¿Cuánto tiempo tiene?
     Dieciocho meses —se apresuró a contestar Julia, llevándose de nuevo la foto a su lugar. Dieciocho meses en cada pata, querrá decir.
     ¿Qué está, con la abuela?— dije sonriendo. Por un momento temí que se notara que aquel era mi primer signo de interés desde que estaba allí, pero la verdad es que quería verlo en persona.
     Se lo he comentado antes a Teresa — contestó Julia volviendo —. Lo tenemos ya dormidito en su cuna y no queremos molestarlo, además, que luego no hay quién lo duerma. Otro día os venís a merendar y lo conocéis.

Durante un momento, me sentí atrapado en un gran dilema. Quería ver a aquella maravilla de la naturaleza, pero para ello tendría que volver a aquella casa y, tal vez, sentar un precedente que podría desembocar en una aburrida y falsa amistad entre las parejas. La decisión estaba clara. Tal vez con suerte, en un tiempo, lo traería al trabajo para que todos viéramos su creación.

                   La cena continuó sin más contratiempos que los ya descritos. El hummus no tardó en acabarse, y mi único consuelo pasó a ser que la hora de irse se acercaba. Cuando consideré que la sobremesa se había alargado lo suficiente, le hice un pequeño gesto acordado a Teresa, única condición que me había concedido ante visita tan indeseada. Me devolvió un imperceptible gesto pactado. La media hora de coche hasta casa me parecía hasta apetecible. Previendo el rato que aún nos quedaba para llegar, sentí ganas de ir al servicio. Pregunté dónde estaba por educación, pero estaba claro que el minúsculo apartamento no tenía pérdida. Sentí algo de lástima por la excesivamente compleja explicación de mi compañero, que podía haberse resumido en un “al fondo”.

                   Cuando pasé al pasillo vi que todas las puertas estaban cerradas menos una, a la derecha. La cocina, una pequeña salita de estar que sería el cuarto del pequeño monstruo cuando creciera un poco más, y el baño al final. Evité hacer ruido. La puerta cerrada era sin duda del cuarto de matrimonio, donde estaría enjaulado en su cuna, durmiendo a pierna suelta, el coloso. En ese momento, se me ocurrió. Un pequeño vistazo rápido para saciar mi curiosidad y no tener que volver allí jamás. La habitación de matrimonio sería lo suficientemente pequeña como para poder ver al bebé simplemente asomándome, sería tan solo unos segundos y nadie se enteraría. Evité tirar de una cisterna que anunciaría mi vuelta y agucé el oído, aguardando algún tipo de sonido que indicara que se habían levantado, solo el murmullo de la conversación. Nada. Me dirigí en silencio hacia la puerta y la abrí con todo el silencio posible, tanto para no despertar al niño como para no alertar al resto. Como era de esperar, la tenue luz del pasillo alumbró un cuarto cuya cama de matrimonio parecía cubrirlo por completo, y una cuna blanca al fondo, de barrotes altos y fuertes. Al no escuchar nada en el salón, me decidí a entrar y asomarme. Allí no había ningún bebé grande. Allí no había ningún bebé.


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