jueves, 17 de noviembre de 2016

El pantano (1ª parte)


De entre los niños de la aldea, él era el más inquieto. El resto se moría por entrar en el castillo, que veían imponente desde la loma de la colina. Celebraban los frecuentes asedios desde las almenas, buscando a los enemigos con sus ballestas imaginarias a través de las troneras. Roland sin embargo, prefería aventurarse en el bosque, donde sus piernas le ayudaban a escapar de donde le metía su curiosidad. Pero conocer al dedillo cada raíz y animal del bosque, no era suficiente. Quería ir al pantano.

Lo cierto es que no sabía ni siquiera si existía, pero todos en el pueblo habían oído de él. Aparecía en varias canciones, que los más viejos habían transmitido a sus hijos y estos cantaban a los suyos, y así hasta que desaparecieran todos. Todas ellas prevenían de visitar el pantano del norte, pues contaba la leyenda que el que lo visitaba en el ocaso, no volvía. Una vez en su orilla, cientos de luciérnagas ciegas surgían de los árboles y envolvían al instante al visitante, arrastrándolo hasta el fondo del pantano. Roland tenía la edad suficiente para saber que esto era imposible. Eran muchas las historias que había oído del bosque, y de todas ellas había descubierto su fuente, que quedaba muy lejos de la historia original. Solo le quedaba aquella por desvelar, pero nunca había podido encontrarlo.

Todo cambiaría la mañana que habló con el viejo herrero. Desde que el peso de los años le había obligado a dejar de trabajar, se había aficionado a contar historias terroríficas a los niños (la del pantano era su favorita), cosa que encontraba tremendamente divertido. Pero enseguida se dio cuenta que no encontraba el mismo rostro de expectación y miedo en Roland que en el resto de los niños, y aumentar los monstruos en sus historias no sirvió de nada más que para aumentar la mueca sarcástica de su cara. Aquel día el viejo preparó mejor que nunca su mejor historia y llamó a Roland al fondo de la herrería. Sentado en su camastro, con el martilleo de su hijo retumbando en las paredes de piedra, el viejo utilizó su mejor repertorio y sus mejores aspavientos y más detalles que nunca para sorprender al chico, que esta vez sí, pareció conseguir. El viejo, satisfecho, dejó salir al chico, convencido de que no le quedaba ningún chaval en el pueblo que temiera sus historias, pero las razones por las que el chico había escuchado tan atentamente al viejo eran muy distintas. Tantos detalles había dado el viejo herrero en su historia que Roland había descubierto por qué nunca había encontrado el pantano. El molino abandonado junto al río. Los sauces altos. Las rocas en forma de punta... el pantano estaba al sur y no al norte.

Roland esperó impaciente hasta el día idóneo para llevar a cabo su nueva aventura. Tenía que haber luna llena para poder volver sin perderse, y al mismo tener una excusa para no cenar en casa. Solo había una forma. Cuando el señor tenía visita, el mozo de servicio dejaba entrar a los niños al castillo para darles las sobras del banquete. Tres largos meses pasaron hasta que ambas cosas ocurrieron al mismo tiempo.

 Según las descripciones del viejo, había calculado que tardaría una hora y media en ir y lo equivalente en volver, lo suficiente para comprobar que allí no había nada peculiar. Tenía tiempo. Dejó atrás el molino, los sauces y las rocas en punta. Ninguna historia transcurría más allá de este punto, por lo que su curiosidad nunca le había llevado tan lejos. Atravesó un denso bosque y varias colinas, y por un momento pensó que la historia estaba equivocada, pero cuando estaba a punto de volverse vio al final una hondonada oscura cubierta de árboles de la que no podía ver el fondo. Corrió hasta el borde de la loma en la que se encontraba y vio, por fin, el pantano.

Descendió campo a través, sorteando zarzas que le arañaban las piernas y llenando de piedras sus débiles zapatitos de esparto. El pantano era tal y cómo lo describían las historias. La acumulación de ramas en su cabeza habían oscurecido el ya débil cielo, haciéndose casi de noche en un instante. Se notaba una terrible humedad en el aire. Se acercó a la orilla y pudo ver la niebla flotando sobre su tranquila superficie, que solo atravesaban las ramas que se atrevían a asomarse a su profundidad. Estuvo varios minutos allí, pero no aparecieron luciérnagas de ninguna parte, ni le arrastraron a ningún sitio. Desde allí no podía ver el cielo, pero cada vez se veía menos, no podía tardar demasiado en irse, pero quería asegurarse de seguir allí cuando el sol desapareciera tras las montañas. Miró hacia el fondo del pantano y por fin descubrió al conejo que llevaba observándole desde que había llegado, silencioso, al otro lado de la orilla. La historia no decía nada de que hubiera conejos por allí. Apenas podía distinguirlo entre la tierra. De hecho se sintió sorprendido de haber percatado su presencia. Era un conejo gris, bastante grande, con las orejas de una forma que nunca había visto por aquellos bosques. Se llevaba continuamente las patas al hocico. Parecía muy tranquilo para estar en un lugar tan inhóspito, pero levantaba las cabeza al más mínimo ruido, moviendo levemente sus orejas.

Roland decidió dar varios pasos en su dirección. Sin previo aviso salió disparado hacia la oscuridad del otro lado del pantano. Pasaron varios minutos de silencio absoluto, y sin pensarlo demasiado, siguió avanzando hacia el lugar donde estaba el conejo. Cuando llegó finalmente echó un vistazo al claro por dónde había huido. La niebla se hacía más densa en aquel lugar. Le costó distinguirlo al principio, pero un punto luminoso muy leve se encendió en el aire, entre las ramas. Antes de que se diera cuenta comenzaron a multiplicarse a su alrededor, y cada vez cogían más fuerza. Sintió su zumbido en el corazón y se arrepintió al instante de su incredulidad.

Llegaban las luciérnagas.





Confesión

Sonaron seis campanadas huecas en el silencio de la tarde. Bajaron desde la casa de las cigüeñas hasta la plaza, encontrándose con una joven que subí­a los escalones  sin hacer ruido. No se hicieron caso. Las primeras se dirigieron al resto del pueblo para informar de la hora, la segunda desapareció en la intimidad de la iglesia.

Tardó un poco en acostumbrarse a la ausencia de luz mientras se dirigía a las primeras filas. No parecí­a haber nadie. Una vez allí­ se sentó haciendo crujir el banco, juntó las palmas de las manos entrelazando los dedos y arrastró a las losas su mirada húmeda.

- ¡Beatriz! Me alegra verte por aquí­.-
- Buenas tardes, Padre Javier.-
- ¿Necesitas algo, hija mí­a?
- Vengo a confesarme.
- Ven.- Se acercaron silenciosos al confesionario.- Arrodí­llate ante el señor.-
- Ave Marí­a Purí­sima.-
- Sin pecado concebida.-
- He pecado, padre.-
- Te escucho.-

Durante más de media hora sollozó en el regazo de la Iglesia.

- Yo te  absuelvo de todos tus pecados en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espí­ritu Santo.-
- Amén.-
- Dad gracias al Señor porque es bueno.-
- Porque es eterna su misericordia.-
- El señor ha perdonado tus pecados. Vete en paz.-

El sacerdote se quedó en el habitáculo, respirando lentamente y reflexionando sobre lo que acababa de oir. Cerró los ojos y pensó en el mundo, y dentro de él en todas las cosas que Dios habí­a dispuesto para los hombres en su castigo. Solo entonces sintió un principio de éxtasis.

Fuera, el monumento observó los pasos descendentes de la joven mientras sonaban siete campanadas.

Concierto



Mientras todos accedían por las escaleras para ascender hasta la zona de butacas, él entró al conservatorio por un pequeño acceso inferior. Desde fuera era una entrada para personas con movilidad reducida y desde dentro, según rezaba un pequeño cartel que podía leerse desde los asientos, una salida de emergencias.

Eligió, como siempre que estaba disponible, la tercera butaca pegada al pasillo del lado izquierdo, que a su vez dejaba otros dos asientos disponibles a su izquierda. Rara vez alguien se sentaba a su lado, dada la escasa asistencia (cada vez menor) a este tipo de eventos. Cuando comenzó el concierto, la sala entera cayó en silencio, dejando lugar al incesante teclear de un gran piano de cola negra. La pianista, con un largo vestido de color rojo y lentejuelas plateadas que moteaban su cuerpo desde el cuello hasta la cintura, inundó de expresividad el escenario. El aspaviento violento de sus brazos, que contrastaba con la tenue y tensa vibración conjunta de las cuerdas del piano,  le llamó mucho la atención. Muchos eran los conciertos que había vivido allí, pero no recordaba nada parecido. Su privilegiado asiento le permitía ver el rostro serio y concentrado de la pianista, las muecas que hacía con la boca, la tirantez ante el esfuerzo de sus brazos. Le costaba creer que alguien tan joven tocara de esa forma, pero había ya muchas cosas que no entendía de este mundo.

El anciano cerró entonces los ojos, y se trasladó a su primer concierto en esa sala, en ese mismo asiento, con diecinueve años, con su primera novia, con toda la vida por delante. No recordaba apenas nada del concierto, salvo el calor de la mano femenina enredada en la suya y la música que sonaba a lo lejos. Ahora, las notas sonaban muy distintas. Quiso cerrar aún más los ojos, sentir a Margarita a su lado, la emoción de estar los dos solos y la expectativa de lo posible en la primavera de sus años.

Cuando terminó el concierto y la última tecla coronó a las anteriores, el silencio tornó en aplauso, y cuando este se disipó y el público comenzó a levantarse, nadie, nadie se dio cuenta de que aquel hombre mayor era el único en no hacerlo.

viernes, 7 de octubre de 2016

Patria



Durante un momento intentó calcular el número de despedidas que se habían producido en aquel andén. Comenzó contando las suyas. Siete. No tardó en identificar el pensamiento como uno de esos misterios irresolubles a los que se aferraba cuando el mundo se desmoronaba a sus pies. En este caso, ese mundo se alejaba, una vez más, a una velocidad vertiginosa, impulsado por la violencia mecánica de la locomotora, y metro a metro delimitaba una nueva frontera cada vez más distante, más impenetrable a sus ojos, hasta ocultarse en las montañas.

Su existencia se detenía, tal y como él consideraba que merecía la pena vivirla, al salir de la estación tras despedirse de ella. Vivía como un refugiado hasta su vuelta, un mes después, exiliado de la única patria a la que había sentido pertenecer, de la única de la que se sintió alguna vez orgulloso. Aquella por la que luchar y morir por fin cobraba sentido. Se mudó allí hace ya dos años, y desde entonces no quiso saber nada de ninguna otra tierra, incluso de aquellas que con insistencia y halagos le prometieron verdes colinas, brisa agradable y sol, todos los días. Prefería los picos escarpados casi imposibles de escalar, los arroyos íntimos de súbita cascada e inesperado encuentro, el clima impredecible que le hacía sentir cada día como único, la profundidad indescifrable de su océano, donde se sentía naúfrago rescatado en sus brazos. Así era ella.

Solo comenzaba a reconocerse la mañana que ella llegaba. Olvidaba enseguida todo lo que había ocurrido ese mes. Desde que se alejaba de la estación hasta que volvía a recogerla le parecía un tiempo perdido, vacío, tal vez solo a excepción de las llamadas que podía concretar una vez a la semana, en el locutorio, único bálsamo durante este tiempo. Su mundo comenzaba a materializarse de nuevo al ir aumentando el número de pasajeros esperando en el andén, que cogerían el tren cuando partiera de vuelta, al ver el minutero avanzar incansablemente hasta las diecisiete y cuarenta y dos, hora a la que llegaba siempre puntual, al sentir el zumbido casi imperceptible de las vías, que silbaban metálicamente su llegada.

Y por fin apareció. La locomotora comenzó a verse a lo lejos, como si hubiera estado escondida tras la montaña todo ese tiempo, jugando con él. No tardó en llenar la estación entera en una algarabía de estridencias, rechinar fundido y resoplido cansado, inundando de vapor los pies de los viajeros. Caminó hasta el final del andén a medida que el tren se detenía. Ella siempre viajaba en el último vagón, era una de las cosas que le gustaban. Cuando el tren se detuvo por completo, ella no descendió para ser recibida, como había hecho siempre. Sintió un miedo terrible al imaginar por un segundo que no venía, y siguió avanzando con la mirada clavada en los cristales sucios y el corazón palpitando más rápido aún que antes.

En el último de todos, estaba ella. Ni siquiera miraba por la ventana. Él se percató enseguida de la gelidez de su gesto, de la inexpresividad de sus ojos, fijos en el asiento delantero. En ese mismo instante supo que había sido desterrado.

domingo, 28 de agosto de 2016

Microsueños

Solía tener microsueños.

En uno de ellos te servía una taza de ese té que habríamos comprado en nuestro ansiado viaje a Marrakesh, y tras probarlo me mirabas transportado a aquella tienda en medio del desierto. En otro recordaste una conversación que habíamos tenido hacía meses, dónde un pequeño detalle perdido en mi memoria, pero no en la tuya, te permitió sorprenderme como nadie lo había hecho. En otro distinto te miraba mientras te lavabas los dientes, por fin en casa.   En otro más tu simple abrazo confirmaba nuestra existencia. En muchos envejecíamos juntos, felices.

Pero tú tuviste uno. No fue en la cama, a mi lado, como los míos, sino lejos, en una curva, en esa curva.

Siempre me quedará seguir soñando.




jueves, 16 de junio de 2016

Nido



Siempre me habían llamado la atención esos nidos en forma de coco, alineados por decenas en el borde de los tejados, y el bullicio que giraba en torno a ellos por las mañanas.

¿Quién sale a hacer el ejercicio diez?

Desde el aula no podían verse, pues las ventanas no podían abrirse salvo por una pequeña abertura en su parte superior, pero las golondrinas pasaban fugazmente muy cerca del cristal y desaparecían en el borde. Siempre me había preguntado qué pasaría si alguna fallaba y se colaba por el pequeño espacio.

¿Nadie?

Nadie podría evitar que la clase entera se revolucionase, ni siquiera él. Comenzaríamos a gritar y a reír, mientras señalaríamos al pájaro, que cada vez que alzara el vuelo se encontraría con el techo para después cambiar en vano su dirección.

Diego, ¿Lo tienes hecho?

El profesor, viendo interrumpida su  sagrada clase, trataría por todos los medios de calmarnos. Se despegaría de su sillón y abriría las ventanas que quedaran cerradas con la esperanza de que aquel pajarraco se fuera por donde había venido, pero los gritos, ese cielo amarillento y la súbita reducción de su mundo habrían trastornado al animal, que aletearía inútilmente de lado a lado de la habitación.

¡Diego!

Cada vez volaría más bajo, cansado. Muchos gritarían aún más y agacharían las cabezas. Otros intentarían atraparlo. El profesor se habría cansado ya de hacer aspavientos en el centro de la clase y habría decidido esperar ya lo inevitable, que un mal golpe lo hiciera caer.


Y así ocurriría. Chocaría violentamente contra una pared, o una ventana en su agotada huida y se precipitaría contra el suelo. Mis compañeros se apartarían y  se callarían en un leve susurro, y el profesor cogería un folio, lo rodearía entre sus manos ancianas y lo sacaría de clase, no sin antes advertirnos sobre nuestro comportamiento en su ausencia. A medida que se alejara por el pasillo, el murmullo comenzaría a sonar de nuevo.

Al parecer Diego tiene el derecho de quedarse mirando embobado por la ventana. Ven aquí ahora mismo.

Y fui. Avancé  entre los pupitres de madera con la cabeza agachada y las manos apretadas hasta llegar al alto estrado, sintiendo el miedo de mis compañeros y el mío propio, y deseando que una golondrina entrara por la ventana, y lo cambiara todo.