martes, 15 de diciembre de 2015

Animal

Anoche, mientras conducía por la carretera de vuelta a casa, me crucé con varios animales. Recuerdo que una vez, de día, me encontré con un jabalí acompañado de varios jabatos, cruzando torpemente la calzada, tan rápido como sus patitas se lo permitían. Pero de noche es distinto, pues los ojos brillan cómo nuevas señales en la oscuridad, y se apagan al retomar el campo.

El primero de ellos fue un zorro. Cruzó fugazmente de izquierda a derecha, dejando una estela marrón sobre el fondo negro.

El segundo fue un conejo, algo más lento que el zorro pero igualmente escurridizo. Este pasó algo más cerca de mis ruedas, pero en ningún momento temí por su vida.. De singular salto y gordo pelaje, se perdió igualmente en la noche.

 El último me adelantó por la izquierda, en un cambio de rasante, a unos 170 kilómetros por hora. Evidentemente, no me dio tiempo a verle los ojos, pero sus faros se perdieron en tan sólo unos segundos.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Descubre

Tengo apenas los ojos entreabiertos, pero te distingo claramente frente a mí, entre el cielo y el mar. Estás tan concentrada que ni te das cuenta. Haces pulseras con un fino hilo de plástico e infinitas piezas diminutas de colores, que esparces en tu toalla, mezclándolas con la arena. No entiendo qué ves en las pulseras. Pareces un niña.

Te llevas el hilo a la boca mientras buscas la pieza acertada, y aciertas a encontrarla en tu pie izquierdo. Azul, esta vez. Ladeas tu cabeza, concentrada, para atinar con el hilo. Te estás quemando la espalda y ni siquiera te das cuenta, porque estás acabando la pulsera. Me miras y sonríes al descubrirme. Sonrío, con los ojos medio cerrados, al ser descubierto.

Te levantas y te diriges al mar, pero sólo a enjuagarte las manos. Te veo alejándote, y desde la orilla, me invitas a unirme contigo. Camino hacia ti, deseando construir castillos en la arena a tu lado.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Hielo



PETER:  Qué frío joder, ¿Tenían que mandarnos aquí? Esto está en el puto culo del mundo.

ALLAN: Yo pensaba que no llegaríamos nunca, y además tengo los huevos congelados.

PETER: Y yo pensaba que el viaje en avión iba a ser lo peor, y mira. Harry me había dicho que en esta época del año ya no hacía tanto frío en Noruega. Qué hijo de puta.

JACK: ¿Eso te dijo? Mira que eres tonto. Aquí se te congelan los huevos los 365 días del año.

 ALLAN: Qué dices, si aquí en verano se está de puta madre. A ver, no es España, pero una prima mía dice que vino hace unos años a Oslo en verano a ver unos familiares y dice que hasta en manga de camisa, oye.

JACK: Pues España está ahora como para irse para allá...

PETER: Lo importante es: ¿Qué prima es esa? Porque nunca te he oído hablar de ella. Qué callado te lo tenías.

ALLAN: Es gorda. Gorda y fea. No te gustaría.

 JACK: Pues yo he oído que las del norte están tremendas, así que si tiene familia aquí, algo le habrá quedado, digo yo.

 ALLAN: Pues a esta no le ha quedado nada, te lo aseguro. Nada, nada.

PETER: Bueno, ya nos enseñarás una foto, ¿no? Que seguro que tienes alguna foto con ella? ¿De dónde es?

ALLAN: Vale ya de hablar de mi prima, coño que estamos en una misión. ¿Eh o no, Richard?

RICHARD: La verdad es que yo también quiero conocer a tu prima, también dicen de las del norte que son más alegres, no sé si me entiendes.

ALLAN: Me cago en la ostia Richard. Mi prima no está buena ni es una puta, ¿vale? Y aquí no va a conocerla ni Dios.

Los otros tres sonríen.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Inminente


Me temo que he llegado tarde.

Dos de las cuatro sillas habían quedado apartadas de la mesa, certificando el número de asistentes y la precipitación con la que abandonaron la sala. Aún salía humo del cigarro medio apagado que agonizaba en el cenicero. En el ambiente flotaba el aroma a conspiración que desprenden las grandes historias, la certeza del crimen inminente.

Intenté encontrar alguna pista de dónde habían ido, de dónde se produciría el asesinato. Restos de comida en la mesa, imágenes en varios tablones de corcho de mí en mis peores días, mi mujer, algunas de mis amantes, mis hijos, mi psicóloga y mis otros hijos, pasaportes falsos, nombres y fechas sin sentido aparente desperdigados en decenas de papeles. Nada relevante. Solo sentí curiosidad por saber de dónde habrían sacado lo de Nadia. No había mucho más donde buscar en un piso prácticamente vacío.

Decidí entonces aceptar lo inevitable. Estaba cansado de huir. El crimen se produciría aquí mismo. Me quité la chaqueta y la coloqué cuidadosamente en una de las sillas, que previamente había puesto al fondo para que no se manchara la prenda. Cogí la otra, la puse a unos tres metros frente a la puerta y me senté en ella. En algún momento tendrían que volver, farfullando por su nuevo fracaso, del lugar en el que mi rutina me situaba.

El cañón plomizo de mi revolver, apuntando directamente hacia la puerta, les estaría esperando.


martes, 8 de diciembre de 2015

Desde la cuna

Desde la cuna, todos hemos observado el mundo. Tan cerca y tan lejos. A veces cómodamente tumbados, a través de los barrotes o agarrándonos cómo podemos al borde del precipicio, alcanzado con nuestra vista por encima. Pero no podemos saltarlo, y de poder hacerlo, nunca nos atreveríamos. Fuera, nos vemos zarandeados de aquí para allá, de unos brazos a otros. Nos obsequian con carantoñas que no hemos pedido y a las que respondemos con llanto, salvo algún momento puntual en el que somos felices y reímos, pues por alguna extraña circunstancia, amamos y nos sentimos amados.

Y exactamente así, nos tiramos toda la vida.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Desde el más allá


Ayer por la tarde me encontré a Juan. Yo subía hacia mi casa desde la poza del Cuervo por el lado izquierdo de la carretera, mientras él bajaba alegremente por el lado derecho en dirección a la venta Diego, alejándose del pueblo. Llevaba puesta la misma ropa de la última vez que le vi. Parecía despreocupado, incluso más joven. Me quedé mirándolo largo rato, altamente sorprendido por su presencia, pero no me miró en ningún momento. Cuando pasó a mi altura me quedé quieto, mirándolo, sin atreverme a decirle nada. Él continuó su camino. Habría olvidado enseguida el encuentro si Juan no llevara dos años muerto.

Volví a mirar hacia adelante aterrado por lo que acababa de vivir. Sin duda un golpe de calor me había jugado una mala pasada, y aunque este pensamiento crecía y me tranquilizaba a cada paso que daba, no me atrevía a volver a mirar hacia atrás. Confirmar mi cordura me obligó a hacerlo varios metros después, y la ausencia de todo ser animado desde la poza hasta los primeros eucaliptos hizo respirar a mi conciencia. Corté la bocanada al encontrármelo, frente a frente, cuando volví a mirar hacia delante. Petrificado, no pude más que observar cómo se reía a carcajadas.

¿Te has llevado un buen susto, eh? Casi te mato. Me dijo. Siempre había sido un cabronazo, y así parecía recordarlo en mi mente. Seguía riéndose. Lo evité pasando por su lado y comencé a andar de nuevo, haciendo caso omiso a lo que me decía, pero su presencia no parecía querer diluirse en mis neuronas. Ante sus vanos intentos de que parara, comenzó a decirme que había sido enviado para transmitirme un mensaje. De camino a casa me habló de muchas cosas, pero sobretodo de la vida y de la muerte. Las risas iniciales dejaron paso a una seriedad y un aplomo completamente desconocidas para mí en él. Acepté con una mezcla de resignación que me estaba hablando un muerto, al menos en mi cabeza, pero no quise decir ni una palabra. Responderle hubiera sido reconocer explícitamente mi locura. Me habló de lo triste que se sentía por no haber podido hacer hecho más cosas en vida, que estaba pasaba en un instante y había que aprovecharla,  insistiendo en que todavía estaba a tiempo de no sentirme como él. Ya que se me había aparecido podía explicarme los grandes misteriores de la existencia, o si había algo después de la muerte, pero perdí la atención al comprobar que no decía nada que no pudiera encontrar en un libro de autoayuda. Hasta que mencionó a Nuria.

 Él no había llegado a conocerla. Me dijo cosas de ella que solo yo sabía, y me recordó los mejores momentos vividos a su lado. Me dijo que tenía que recuperarla, que el había visto que lo conseguiría. Tanto insistió, tantas cosas bellas había visto en nuestro futuro, y tantas cosas nos perderíamos de no dar ese paso, que los míos se vieron irracionaolmente dirigidos hacia su casa. Al llegar allí, Juan se despidió. Me dijo que tenía que hacer aquello solo, solos, Nuria y yo. Vi como se alejaba calle arriba, sin mirar la vista atrás.

Insuflado de esperanza, convencido de que una especia de fuerza divina, real o irreal, validaba de nuevo nuestro amor, pegué a la puerta. Me resultó extraño, pues hacía bastante que no lo hacía. Nuria apareció tras ella tras varios segundos, con el pelo recogido y vestida de estar por casa. Me pareció más guapa que nunca. Por la expresión de su rostro era evidente que no me esperaba. Antes de que pudiera decir nada, comencé a hablar. Le dije que sabía que había pasado bastante tiempo, que las cosas eran difíciles, pero que la seguía queriendo. Le dije que estaba seguro de que nos quedaban muchas cosas por vivir, y que podíamos ser felices juntos, que me había dado cuenta de que el tiempo pasa demasiado rápido y hay que aprovechar cada instante, viendo siempre el lado positivo de las cosas para no malgastar el tiempo, y ya no dije nada más porque apareció el hermano de Juan del interior de la casa, pasándole el brazo por la cintura a Nuria. Me quedé mudo, mirándolos como un imbécil. Me di la vuelta y comencé a andar acera abajo.

Juan siempre será un cabronazo.

viernes, 28 de agosto de 2015

Huracán


Huracán (I)


Es de noche.

La arena de mi vera viene
a esconderse tras mi espalda
mientras dunas se levantan
al silencio de mi palabra.

Siento el profundo rumor
de una mano, que baila con las olas,
de gaviotas de plata,
temerosas de morir enamoradas.

Huelo las hojas, meciéndose
sobre la envidia oscura, para
seguir durmiendo en la amargura
de sus eternas ramas.

Bailaremos en las cortinas,
jugaremos en las veletas
de las torretas más altas,
nos uniremos en el suspiro
del abrazo de nuestras almas.



Huracán (II)


Es de noche.

Un universo entero se refleja
en el espejo de agua,
mientras la luna ríe alargando
su rajada cara.

Miro hacia el infinito
del doble filo, de mi débil daga,
separa el negro cielo del mar
y sus entrañas.

Oigo el sordo sonido
del infinito soplo en mi cala, es
la pálida espuma, de las olas
que bañan mi alma.

Seré yo el viento y tú la brisa,
bailaremos en las colinas
creadas por nuestra dicha.
y donde el mar y el cielo se confundan,
allí, se perderá nuestra locura.