martes, 21 de mayo de 2013

Sonrisa


Había sido siempre un hombre feliz.

Nació con unos grandes y sonrojados mofletes. Las más ancianas del pueblo, sobre todo las mocitas viejas, cuyo útero se había secado sin dar fruto, se dedicaron durante toda su infancia a tirar de sus mejillas con dolorosa e interminable insistencia. Pronto se convertiría en el hijo de todas. La madre, lejos de censurar este comportamiento, las invitaba a ponerse en fila para que las pobres imaginaran por un instante que el querubín era suyo. El niño fue creciendo, cómplice con su diplomático silencio, y tanto tiraron, con tanto cariño reprimido y durante tantos años, que al niño se le quedaron los mofletes estirados hacia arriba, dibujando una sonrisa estática y permanente en su cara.

Creció escuchando la constante mentira de que era el niño más risueño y feliz que había vivido en el pueblo, y de tanto escucharlo terminó creyéndoselo. Pero no todo eran ventajas. Cuando murió su hermano pequeño de una corriente de aire nadie entendía por qué no dejó en ningún momento de sonreír. Más de un varazo se llevó también en clase por mirar al profesor con cara de bobo mientras este estaba regañándolo, y más de dos al ver que el primero no surtía efecto. Reírse del profesor y de la vida lo llevó a ser bastante popular entre sus compañeras, por lo que con el tiempo no dejaría a muchacha sin conocer en el pueblo. Pudiendo elegir a la mejor, terminó eligiendo a la más seria, por aquello de que le provocaba muchísima curiosidad. El día de la boda nadie se quejó de su sonrisa.

No aprovechó mucho más, sin embargo, aquel curioso don otorgado por las viejas del pueblo, que fueron muriendo a lo largo de los años ante su  impertérrita y vengativa sonrisa. Atendió durante toda su vida en la tienda de comestibles del padre, que heredaría joven, sin dejar a un solo cliente insatisfecho por el trato recibido ni poner nunca una mala cara. Pasaría los últimos años de su vida disfrutando del campo y sus nietos, siendo víctima de las burlas de los niños del pueblo, que se preguntaban de qué carajo se reía tanto un viejo.

En su funeral, sin embargo, nadie salvo él sonreía. Tumbado en su ataúd, parecía mofarse de todos aquellos que se despedían, pues él ya sabía qué hay al otro lado. Uno de sus nietos, que lo miraba desde el fondo, tenía miedo de acercarse. Le dolía la cara de tanto pellizco consolador.