sábado, 23 de marzo de 2013

Juego



Cuando eran pequeños, los niños iban por la calle propinando patadas a los chinos, haciéndolos rodar calle abajo para ver cuál llegaba más lejos o esperando el chasquido sonoro contra los bajos de un coche. Si se quedaban en medio de la carretera, volvían a darle hasta que la piedrecita terminara en un lugar inaccesible. Solo entonces se olvidaban de ella y buscaban otra para repetir el proceso. Así echaban los tardes, yendo de una esquina a otra del pueblo polinizando las aceras.

La gran mayoría terminó creciendo y abandonando esta práctica, sustituyéndola por otras mucho menos productivas y perecederas, lejos del pueblo. Los que quedaron fueron envejeciendo, espectadores de cómo las piedras terminaron floreciendo por todas partes, levantando las aceras y volcando los coches, trepando como hiedras por las paredes e invadiendo las puertas y las ventanas de las casas, ocultándolas bajo fracturas imposibles y pasadizos naturales por los que sus habitantes iban de un lugar a otro.

Hace ya tiempo que la última sima por la que podía accederse al pueblo terminó cerrándose bajo una frondosa capa de pedernal. El pueblo cedió su lugar a lo que hoy se ve desde la carretera como una inexplicable e inmensa mole de piedra  en medio de un llano.

 De su interior sigue saliendo un continuo murmullo de piedrecillas deslizándose, inquietas, de un lado para otro.





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