lunes, 17 de diciembre de 2012

Vallas



Todo comenzó cuando Ambrosio Fernández, su amigo desde la más temprana infancia y aquel que lo acompañaba a todos lados, le enseñó a hacerlo. Hasta ese día Pepe Cruz había sido un chico normal, de estos que tienen cierta gracia, pero no pasa de ahí. Un chico normal. Ambrosio era distinto. Ambrosio se las sabía todas, pero la verdad es que nadie sabía quién se las había enseñado.

Pepe iba donde iba Ambrosio, y este iba adonde le daba la gana. Sin previo aviso, un día que estaban sentados en el banco que había enfrente del colegio, Ambrosio retó a Pepe, "no hay cojones de colarse". Al principio Pepe no le vio sentido alguno a trepar por la alta valla y jugarse el tipo simplemente para estar en el mismo sitio al que iban todos los días por la mañana, pero lo hizo, porque él tenía cojones. De esta forma, ambos pasearon un buen rato por el patio vacío del colegio, que parecía más grande que nunca, por el simple placer de hacerlo. Ambrosio se olvidaría pronto de aquello como hacía con casi todo, pero Pepe descubrió el placer de entrar en sitios prohibidos, placer que ya no lo abandonaría jamás.

Al principio sació su nueva y pequeña adicción con gran timidez y en contadas ocasiones. Vivían en un pueblo y las puertas abiertas de las casas y la oscuridad que ocultaban tras la red de cadenillas de la entrada suponían un reto constante y un fuerte reclamo para su curiosidad. De esta forma y aprovechándose de su inocente aspecto, fue perdiéndole el miedo a entrar libremente en las casas. La mayoría de las veces encontraba algún habitante en el salón o el pasillo y hacía como que se había equivocado, pero otras no había nadie, o estaban durmiendo, o estaban en las habitaciones o en la cocina, y era entonces cuando se deslizaba en la vida de sus vecinos y recorría su pasado a través de las fotos u observaba su pésimo gusto en la decoración. No pocas veces le pillaron y tuvo que irse corriendo, y comenzó a forjarse cierta fama en el pueblo. Algunos vecinos como Doña Dolores, sin embargo, se acostumbraron pronto a su casi constante presencia y le permitían circular libremente por la casa, al mismo tiempo que le dejaba ejercer un leve cuidado paliativo a su creciente y temporal soledad. Así fue creciendo Pepe, violando propiedades ajenas  y dándole sentido y emoción a su existencia en base a cada delito. Aunque una cosa es cierta. A pesar de lo que dijeran muchos de los  oportunistas u olvidadizos dueños afectados, nunca llegó a robar nada.

Pero todo se complicaría cuando su familia decidió mudarse a la ciudad. En los sitios donde hay mucha gente nos volvemos mucho más desconfiados y egoístas, y muy a su pesar, la gente que vive en la ciudad es muy egoísta y desconfiada. Ya no encontraba puertas abiertas por la que colarse fácilmente, pero a medida que se reducían las posibilidades de allanamiento también aumentaba el reto, y un mundo de cámaras de vigilancia y guardias jurados se abrió ante sus ojos. Así creció en el anonimato, mejorando día a día sus dotes intrusivas, conociéndose al dedillo todas las propiedades cercanas a la suya mientras intentaba compaginar su adicción con los estudios. Como nunca robaba nada, nunca era descubierto. Desarrolló de esta forma el arte de la ganzúa y aprendió a trepar y a saltar como un gato, a pesar de no ser ya el niño que era cuando saltó aquella primera valla.

Al quedarse sin objetivos en su barrio no tardaría en comenzar el asalto al resto de la ciudad, cuya anatomía hasta su más íntimo resquicio pudo pronto dibujar de memoria con el paso de los años. Por suerte, faltaban algunos sitios, aquellos sitios que él mismo se había prohibido por el alto riesgo que conllevaban, cánceres en la mente de Pepe Cruz y que crecían día a día en su cabeza: los bancos. Efectivamente, a partir de entonces numerosos bancos fueron atacados sin perder un solo céntimo, y la policía estaba perpleja ante tal habilidad e inventiva para tan infructuosos atracos, en los que el ladrón ni siquiera usaba la violencia.

El curioso caso del ladrón que nunca se llevaba su botín quedó en el legado de la lírica urbana y nunca se llegó a conocer al culpable. A Pepe, sin embargo, sí lo pillaron. En uno de sus robos las alarmas sonaron como siempre y llegó la policía, pero aquella ocasión, en vez de un pasillo vacío se encontraron a un hombre llorando, de rodillas y en silencio, con las manos en la cabeza esperando a ser detenido. Se había cansado ya de todo.

Le esperaban varios años de cárcel, pues le culparon de robos que no había cometido. Ni siquiera se esforzó en desmentirlos. Llevó sus primero meses con la dignidad que había vivido siempre y se consideraba curado por fin de la afección que lo había llevado hasta allí. Y entonces fue a visitarle a Ambrosio.

Parecía el mismo que hace unos años. Estaba más feo, más calvo y más gordo, pero seguía teniendo la misma magia que embaucaba a Pepe de joven. Hablaron un buen rato, principalmente del paso del tiempo, hasta que en un instante, cuando ambos estaban en silencio, a Pepe le fue revelada la razón  por la que estaba allí, la razón por la que se había dejado pillar. Ambrosio miró a los guardias y a las ventanas y dijo con aquel gesto, con aquel mismo gesto, "no hay cojones".

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