sábado, 10 de noviembre de 2012

Cinco minutos






En el momento en el que le das al botón tienes un minuto para mojarte. El agua se corta durante dos minutos para que de tiempo a enjabonarte entero, cabeza y cuerpo, hasta que vuelve a salir durante otros dos minutos, tiempo que tienes para enjuagarte. Tenía que pasar una hora para poder volver a usarse, y el número de usos al día dependía del número de habitantes de la casa. En mi caso, cuatro.

Siempre  el mismo tiempo. Siempre la misma fuerza. Siempre la misma temperatura. Fría en invierno y caliente en verano. Un solo chorro. Cinco minutos. La ducha tenía un diseño eminentemente disuasorio, claramente enfocado a no gastar agua y a reducir al máximo cualquier posible fuente de placer que pudiera otorgar una ducha. Era metálica y extremadamente estrecha, de tacto aspero en sus lados, ni un solo grifo. Un tubo arriba, un botón en medio, un desagüe abajo.

Un día que me quedé solo, invité a mi novia a casa. Sé que está prohibido y por eso lo hice, y también decidimos ducharnos juntos, porque esto estaba aún más prohibido. La idea me vino de mi tío, que me dijo que de joven podían hacerlo. Me lo dijo a pesar de que hablar del pasado estaba aún más  prohibido si cabe. Al intentar  entrar los dos al mismo tiempo nos dimos cuenta que solo podíamos hacerlo si lo haciamos ya abrazados desde fuera, pues dentro no podíamos movernos. Finalmente le dí al botón, entramos los dos y dejamos que el agua cayera sobre nosotros.

Fueron solo cinco minutos, suficiente para darme cuenta de que la ducha no estaba tan bien diseñada como ellos creían.

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