miércoles, 7 de noviembre de 2012

Chas, chas


Chas, chas.

Le hubiera dado más fuerte de haber podido, pero eran ya muchos los años haciendo lo mismo y se sentía cansada por muchas partes.

Chas, chas.

Los brazos estaban exhaustos de frotar las camisas de sus hijos, que aunque antaño eran blancas, se habían quedado amarillas de los disgustos.

Chas, chas.

En invierno se le congelaban las manos y se tiraba varios meses sin sentir lo que tocaba.

Chas, chas.

La lengua y el oído de todas, sin embargo, se ponían en seguida en marcha para envenenar aún más la ponzoña del pueblo y era impensable que algún día cesaran.

Chas, chas.

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