miércoles, 24 de octubre de 2012

Viernes

Por aquella época trabajaba por las noches en una heladería del centro comercial que había a la entrada de la ciudad. Tus abuelos no estaban en su mejor momento, nadie lo estaba realmente, y si quería seguir estudiando tenía que ayudar un poco en casa. Todas los días, a eso de las siete de la tarde, cogía el tren en dirección a las afueras y me plantaba allí hasta la una o las dos de la mañana, dependiendo del día. No es que cobrara muy bien, pero era un trabajo.

El centro comercial era bastante grande y tenía de todo, pero lo que más me llamaba la atención era el cine, que estaba justo enfrente de la heladería.Como te puedes imaginar, tú que me conoces, servir helados no era algo que me apasionara, por lo que siempre buscaba la más mínima oportunidad para evadirme. Entre sesión y sesión no solían venir muchos clientes, casi todos llegaban en marabunta tras terminar su película. Durante ese tiempo me entretenía mirando la extensa cartelera, e imaginando qué ocurría en las películas, por lo que siempre tenía la sensación de haber visto todas. Después escuchaba las conversaciones de los clientes sobre esta o aquella película, y aunque al principio ponía la oreja para enterarme qué tal estaba y de algunos de los entresijos de la trama, terminé haciendo oídos sordos, porque casi siempre el guion que estaba en mi cabeza me resultaba más interesante que el de la película en sí. Debo reconocer que no solo me montaba películas a través de las que estaban en la cartelera, sino también a través de los espectadores que iban a verlas. Me encantaba observar su fisionomía y su comportamiento, el patrón social establecido, las familias, los amigos, las parejas, las prisas por no llegar tarde, la ilusión de los niños y no tan niños, las caras de satisfacción o decepción en la salida y el murmullo de sus críticas espontáneas. Para mí todo un espectáculo diario tras la barra  de treinta tipos de helados adecuadamente adornados para llamar la atención del consumidor hambriento. De esta forma estuve varios meses viendo y sirviendo cientos de películas y helados, uno detrás de otro.

Pero hija mía, toda historia, por muchas vidas que cuente, tiene un misterio. El misterio era ella, una joven que acudía cada viernes al cine, a la sesión de las diez y media, sin excepción. Los primeros meses que trabajé allí nunca llegué a verla, por lo que no sabía cuánto tiempo llevaba ya cumpliendo este estricto ritual. Un día me fijé y no pude evitar verla de nuevo en las sucesivas semanas, con una puntualidad pasmosa, fuera cual fuera la película, sacando su entrada y dirigiéndose posteriormente  hacia las puertas del cine. En cada ocasión la seguí con la mirada hasta donde la cristalera me permitía ver, perdiéndose en la opacidad del muro. Era bien consciente de cuánto duraba la película de aquella hora y allí estaba yo, casi tan puntual como ella, esperando su salida para verla, aunque fuera tan solo unos instantes, para desaparecer de nuevo. Aumentó en mí aún más si cabe la curiosidad por el cine, pues algo muy poderoso debía tener para atraerla de esa manera. Sin embargo durante ese tiempo nunca supe con certeza cómo era realmente, pues la distancia y los reflejos de las mil luces que nos rodeaban emborronaban su imagen. Esto sin duda ayudó a que creciera en mi mente diseñada a mi antojo y voluntad, y mentiría si dijera que no me estaba enamorando de ella y del cine al mismo tiempo. Así de caprichoso es el ser humano, pues no nos enamoramos de las personas ni de las cosas, sino de la concepción que tenemos de ellas, sobre todo si no las conocemos.

 En los minutos muertos entre tarrina y tarrina, mi mente comenzó a cavilar la razón de tal constante hábito y, principalmente, y esto era lo que menos entendía, la razón por la que siempre iba sola. Fueron varias las teorías que fueron pasando por mi cabeza, y todas me mantuvieron absolutamente convencido durante un tiempo, hasta que llegaba la siguiente y ocupaba su lugar, convirtiendo a la anterior en poco menos que una locura pasajera. Así funcionamos al fin y al cabo.

Al comienzo supuse que tal vez le gustaba el cine, simplemente.

Tal vez era una de esas personas que desarrollan un hobbie hasta tal punto que se convierte en un elemento de su vida tan importante e inevitable como comer, dormir o respirar. Se había convertido en una adicta , que cada semana, fuera la película que fuera y tuviera la calidad que tuviera, necesitaba su dosis que le permitiera aguantar una semana más, y así hasta que muriera ella de una sobredosis, o el cine muriera antes.

Tal vez saliera de trabajar justo a esa hora y fuera su forma de despejarse después de un duro día.

Tal vez el cine, las imágenes, la oscuridad y la luz luchando por hacerse con la sala, el ruido y el silencio luchando asímismo por hacerse los dueños de su oído, la permitían evadirse, crear un espacio de inmunidad donde pudiera dejarlo todo fuera y limpiarse por dentro, quedando impune de este mundo y de las cosas que hay en él, intentando corromperla.

Tal vez fuera crítica de cine.

Tal vez no fuera más que un fantasma, un reflejo tras los espejos animados de los locales, una ilusión creada a raiz del aburrimiento, el desengaño y la esperanza, dipuesta a engañarme semanalmente y a seguir alimentando a este iluso, como hacen las películas cuando intentan convencernos de sus finales felices, a pesar de que son imposibles, o nos embaucan y nos hacen partícipes de sus mentiras al hacernos creer sus efectos especiales.

Tal vez me estaba volviendo loco.

Pero un día me miró. No estaba preparado para aquello y oculté mi mirada, derrumbándola en los helados. Cuando la levanté de nuevo la vi entrando en la heladería y dirigirse a mí.

- Una tarrina pequeña de ese, por favor - Y lo señaló con el dedo, posándolo sobre el cristal que los cubría. Me quedé callado e inmóvil, hasta que vi que iba a hablar de nuevo.
- ¿Por qué siempre vienes sola al cine a la misma hora todas las semanas?
- ¿Cómo?
- ¿Por qué siempre vienes sola al cine a la misma hora todas las semanas? - Volví a balbucear.

Esbozó una leve sonrisa. Tal vez ya me había visto mirándola otras veces, y entrar en aquella heladería fue una forma de ponerme a prueba.

- Gané un concurso y me tocaron entradas gratis durante un año.

Y así, hija mía, es como conocí a tu madre.

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