martes, 16 de octubre de 2012

El tiempo

Paseaba por la playa como lo había hecho tantas otras veces, solo, observando como la siguiente ola se comía a la anterior, y la siguiente a la segunda, y así a lo largo de toda la costa, hasta donde su cámara alcanzaba a enfocar. Casi siempre hacía el mismo recorrido, partiendo desde el peñón del toro, donde dejaba el coche aparcado casi metido en la arena, hasta llegar hasta el faro, por donde ya no se podía seguir salvo nadando, porque la piedra invadía al mar. A diferencia de lo que suele ser lo habitual, la vuelta siempre se le hacía más larga que la ida, porque el sol ya se había ocultado y esa era fundamentalmente la razón de su paseo.
   
Cada día, y hacía algunos años ya que no faltaba a la cita, hacía el mismo recorrido para plasmar el atardecer con su cámara. Eran ya miles las fotos que guardaba en su ordenador, pues hacía varias en cada una de sus visitas al horizonte. Cualquier otro ojo hubiera visto una sucesión de imágenes idénticas (no había nadie que las viera), pero  ninguna era igual a otra, ya fuera por la disposición de las nubes, la hora, la época del año o el lugar concreto desde el que detuvo instantáneamente el tiempo. Lo cierto es que juntando todas ellas podría hacerse una fiel reconstrucción de la fisionomía de la playa en cualquiera de los estados en las que podía ser observada.
   
Aunque aún no para él.
  
 Para nuestro singular amigo faltaba una sola foto, aquella que estaba en el centro de este particular conglomerado y cuya ausencia descomponía su armonía. Él la llamaba "la imagen", aquella que contenía a todas las demás. Era cuestión de tiempo que se encontrara con ella, y así lo hizo un día que no guardaba grandes esperanzas, pues el cielo estaba absolutamente raso y el sol muy tímido. Captar esa imagen justificaba por sí sola eliminar todas las que había hecho hasta entonces, y así hizo en cuanto llegó a casa y encendió el ordenador, dejando únicamente a la última en el centro del escritorio.
 
  Por fin, mientras cenaba, pudo ver el tiempo de después del telediario. Allí estaba su foto. Debajo, con letra blanca y clara, su nombre y el apellido de sus padres temblaba en la gran pantalla, y entonces sintió el escalofrío que había estado buscando.    
 
  Mañana por la mañana encontraría un nuevo lugar para la quinta imagen, y al atardecer tendría una nueva cita.

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