domingo, 19 de agosto de 2012

Soneto I


Olvido en la intemperie el pensamiento,
ahogado en una soledad sin pero,
inconsciente de tu estado, sincero,
no distingo entre hielo, lluvia o viento.

Muchas son ya las veces que te siento,
sediento, y pocas son las que opero
a pecho abierto tu cuerpo, adúltero
esprintar cansado al último aliento.

Mas en tu no estar reside tu gracia,
y en mi cuerpo la esclavitud y errada
convicción de nuestra extrema falacia.

No importa acariciar tu piel mojada,
pues más sacia a mi corazón tu ausencia
que la corriente de tus labios, nada.

lunes, 6 de agosto de 2012

Por suerte...

Si todos fuéramos realmente conscientes del tiempo que nos han dado, la literatura estaría llena de rayuelas, la pintura de gritos y la música de estaciones.

Por suerte, no es así.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Observación


No sé si era una madre mayor o una abuela joven, pero la llevaba en brazos, sujetándola con sumo cuidado. No paraba de hacerle ruidos, los que los adultos consideramos que les hacen gracia a los más pequeños, a los que la niña respondía con una carcajada infantil, siempre la misma. Al verla, cualquiera hubiera dicho que nunca se cansaría de escucharlos.

Después de alejarla del lugar donde estaba el resto de la familia, la dejó en el suelo. La niña apenas podía sostenerse de pie sobre la playa de piedras diminutas y, poniéndose a gatas, comenzó a jugar con estas. Se sorprendió al sentir las piedras cayendo desde arriba en vez de reposar abajo, y es que la mujer comenzó a coger pequeños montoncitos para echárselos suavemente por la espalda. Se dio entonces la vuelta, sentándose, usando el pañal para no hacerse daño, y observó atónita como las piedras se desparramaban en el aire y caían desde la mano al suelo, perdiéndose de nuevo en el anonimato del resto. Intentó entender la gravedad e interceptarlas con la manita, sintiendo una a una, como se perdían entre sus dedos.

Poco después la cogieron de nuevo y se la llevaron a la orilla a descubrir otras cosas, olvidando  al instante lo que acababa de vivir. Mantendría sin embargo, durante el resto de su vida, un extraño placer al sentir piedrecillas cayendo sobre su espalda.