miércoles, 11 de julio de 2012

Virgen


Estaba en su habitación, absorto ante lo que había creado y con miedo a matar definitivamente el día, o la noche, o como se llamasen a aquellas horas que gotean en el sumidero de la mente, esperando en vano a ser sustituidas por sueño improductivo. Era consciente de que probablemente sería lo mejor que llegaría a pintar en toda su vida, y deseó por un instante, ingenuamente, despertar al mundo entero, incluso a aquellos que no estaban dormidos, para que contemplaran y completaran su obra, con la inherente inocencia del espectador ante algo que no entiende y que sin embargo adula.

 Había mucho tras ese cuadro, pero aún no se había acostumbrado a estar de moda. Era consciente de todo lo que ocurriría en las próximas semanas, porque lo había vivido en otras ocasiones, tal vez incluso en menor medida. Decenas de personas masturbarían su ego diariamente y durante un tiempo podría alimentarse únicamente de canapés y champán si así lo deseaba. Vería desfilar por delante de su cuadro a expertos trajeados de mirada fugaz y lengua suelta, que rastrearían con incomprensible ignorancia la incomprendida muestra que estaría ante sus ojos. La obra se convertiría entonces en una cosa distinta a lo que era aquella noche, monstruosa, deformada por los miles de ojos que la habían interpretado erróneamente y que la habían ido borrando trazo a trazo, robando la armonía de sus colores y líneas para hacerlos suyos, dejando blanco el lienzo y vírgenes sus últimos desvelos.

No. Tuvo miedo y se quedó mirándola, en silencio, esperando una respuesta. Le aterraba que la tocaran, y por primera vez en su vida, negando el sentimiento que le había persequido desde siempre y que le había llevado a donde estaba, no quiso prostituirla. La miró por última vez.

El aguarrás hizo el resto.

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