martes, 17 de julio de 2012

San Martín (Fragmento)



Aquella mañana hacía frío, pero no podía decirse que fuera una de las peores del invierno. Los barcos reposaban tranquilos, susurrándose los unos a los otros a través del agua. Los más grandes solían ser los que hablaban, con su voz hueca y profunda, pues eran lo que habían hecho las travesías más largas, y conocían otras costas y otros mares, e incluso juraban que algunos de ellos no eran tan fríos como el que tiritaba bajo su panza. La mayoría, sin embargo, apenas había navegado un centenar de kilómetros mar adentro y desconocían lo que había en el horizonte, pero esos barcos eran más pequeños, blancos y plastificados.

    San Martín, a pesar de ser uno de los más grandes y respetados del puerto, era bastante callado. Todos los consideraban bastante tímido e incluso podría decirse que era un pesquero asustadizo. Le asustaba que los peces se revolvieran y saltaran los unos sobre los otros en sus tripas, pero también las gigantescas redes con las que los pescaban. Con el tiempo había logrado acallar los suspiros que provenían de su interior durante las largas travesías, concentrándose en el ruido de las olas al romper contra su casco. Por suerte no quedaba más que silencio y humedad cuando llegaban al puerto, lo amarraban al dique y lo libraban del peso que había transportado. También le asustaba la noche, y el hecho de avanzar a oscuras y que su casco negro se confundiera con las olas, y no saber dónde acababa él y empezaban ellas, aunque el amanecer siempre volviera a delimitar sus fronteras. Lo que más le asustaba era, sin embargo, el mismísimo mar, esa monstruosidad líquida que se extendía por debajo y por todos lados, y de la que no se veía fondo ni límite alguno. Mirar hacia abajo le daba vértigo, por eso hacia años que no lo hacía. Al fin y al cabo todos los barcos sentían algo de miedo por el mar.

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