viernes, 20 de julio de 2012

Raíles


El tren ya se veía a los lejos, y los raíles se anticiparon a su llegada temblando y sintiendo el rumor en su interior, a pesar de que aún quedaban varios kilómetros para su paso. A medida que se acercaba intentaba salirse en cada curva, inclinándose, imperceptiblemente para los  pasajeros, pero deseoso de tomar otro camino y girar al lado contrario, y ver qué había tras el decorado de cartón piedra que se levantaba a ambos lados en forma de montaña. Era normal que se hubiera cansado de ver siempre el mismo escenario, y este era un secreto compartido por todos los trenes.

    Papá
    ¿Dónde nos llevan?

    La locomotora, que escuchaba todos y cada uno de los comentarios, rumores y quejidos de los cientos de pasajeros que transportaba, mezclados con el traqueteo metálico de sus ruedas y el crepitar del carbón de su alma, sabía muy bien adónde iban. Cientas había sido las veces que el padre, o la madre o quien fuera que se había quedado finalmente con el niño, con una mueca en la cara para evitar que se intuyera por su gesto su destino, habían usado el silencio como respuesta. No ocurrió aquella vez.

    Donde nos merecemos

    Y al decir esto deseó volver atrás, al momento y al lugar donde se gestó todo. Al momento en el que el miedo pasó a convertirse en rutina, como respirar, y comer dejó de serlo. Al lugar en el que todos buscaron cobijo, sin atreverse a salir, dejando que se hicieran con todo. Quiso volver atrás para salir a la calle y hacer que otros salieran, odiando cada minuto que se quedó encerrado, por temor a perder lo que ya no tenía. Ya era demasiado tarde, pero solo entonces sintió como el tren se inclinaba levemente, y apoyado en los tablones laterales, cambiando de lado en cada curva, quiso también salirse de los raíles y seguir por cualquier sitio menos el trazado, y quiso también dirigirse al cartón piedra, romperlo y ver qué había detrás.

    Porque siempre hay algo detrás del decorado.

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