martes, 3 de julio de 2012

Mensaje

El policía se quedó mirando a una de las chicas, que aún tenía la indecencia de sonreir en los tiempos que corren. Sostenía en su mano derecha un pequeño papel que debía estar escrito en su totalidad y con letra muy pequeña, debido al rato que llevaba ya leyéndolo. Estaban todos sentados, esgrimiendo verdades en sus gargantas y pancartas y carteles en sus manos. Todos menos ella, que leía en silencio en medio del ruido.

Una orden ronca en su pinganillo inició el desalojo. Sin quererlo, se vio empujado por sus compañeros y enseguida se encontró encima de los manifestantes, casi pisándolos, no dando abasto en su intento por cogerlos de los brazos y de las piernas y de donde pudiera, con movimientos secos y mecánicos memorizados del grotesco vals que componía su coreografía diaria. Entonces la vió. Seguía sentada, con el papel en la mano, pero sus ojos abiertos parecían recién despiertos, sorprendidos ante lo que estaba ocurriendo a su alrededor. La sonrisa la ocupaban ahora unos dientes fuertemente apretados y una boca fruncida que gritaba al ser balanceada. Antes de soltarla, al otro lado de la calle, le dio tiempo a quitarle el papel de las manos. Arrugado entre sus guantes negros, pudo mirarlo durante un solo segundo, antes de tirarlo al suelo y seguir arrastrando cuerpos.

Solo contenía dos palabras.

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