jueves, 5 de julio de 2012

El círculo (Fragmento)


La pequeña aldea parecía desierta. Aquella noche los morfos y los amorfos habían decidido darse unas horas de tregua, pero seguía sin haber entendimiento por ninguna de las partes. Trazo era tan insignificante que nadie le prestaba atención, pues no despertaba ni simpatía ni antipatía por ninguno de los bandos. Podría decirse que era el único que veía lo que estaba pasando allí como lo que era, una simple locura.

Un ejemplo sencillo. Semanas antes el alcalde de la ciudad había ordenado que pintaran un círculo en el suelo en una gruesa línea de tiza blanca. El alcalde era un morfo con el rostro y los brazos desmesuradamente largos y el resto del cuerpo como el de un enano, de forma que iba arrastrando por la ciudad sus uñas tranparentes y avisando al resto de su presencia allí por donde pasaba. El círculo había sido una de sus últimas ocurrencias. Apenas mediría un par de metros de diámetro. La idea era que el amorfo elegido ese día no pudiera moverse del círculo durante tres horas, como si de una cárcel al aire libre se tratase, y que ningún objeto material pudiera entrar, solo el sonido. De esta forma el amorfo seleccionado tenía que soportar los insultos  de los más jovenes y los comentarios solapados entre los dientes podridos de los más viejos sin poder hacer nada, ya que la tiza permitía la entrada al sonido, pero no la salida. Una vez al día, la "comisión gestora del círculo" (así es como la había llamado el alcalde) elegía a un amorfo de forma aletoria entre los ciudadanos.

Pasado un tiempo, en el que los amorfos ya estaban acostumbrándose a este nuevo atropello, llegó un día nublado. En medio de la plaza, como siempre desde las cinco hasta las ocho de la tarde, un amorfo miraba el cielo, aburrido. Hacía algo de frío y la plaza estaba completamente vacía. De pronto sonó un trueno y el suelo se fue llenando de miles de puntos diminutos hasta que la lluvia comenzó a hacerse visible y no tardo en empapar al amorfo. Eran las seis de la tarde. La tiza, asustada por la lluvia, comenzó a deshacerse lentamente, y al cabo de poco tiempo apenas podía distinguirse la formación que había tomado hasta entonces. El amorfo miró a su alrededor, y viéndose libre del círculo, pues el agua había oxidado los barrotes, comenzó a andar pesadamente por la plaza. Se escuchó una ventana abrirse, y otra más al fondo, y después un grito. Fue solo entonces cuando la lluvia empezó a caer acompañada de huevos, patatas, tomates, cualquier cosa que las familias morfas de la plaza pillaran a mano para evitar la fuga del reo. A duras penas consiquió el amorfo volver a donde anteriormente estaba el círculo y solo entonces, cesó el fuego y comenzaron los insultos, pues los morfos cumplían estrictamente la ley.

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