martes, 24 de julio de 2012

Brillante

Le habían repetido varias veces que no podía tocar nada, sin constatarse de que su insitencia aumentaba su curiosidad y la obligaban a hacer lo contrario. Dejó la bandeja en la mesita del centro del recibidor, pero no pudo evitar echar un vistazo al resto de la suite del hotel.

Solo cogió unos pendientes bastante sencillos, que se puso enseguida, muy parecidos a los que había perdido el día anterior. Aquello le permitiría no sentirse tan culpable y la señora probablemente tardaría un buen tiempo en echar en falta sus peores pendientes. Tras dejar aquel joyero exactamente como estaba, siguió curioseando la cama, el baño e incluso el balcón, que tenía las mejores vistas, forzando una normalidad inexistente.

Cuando salió intentó poner cara de no haber cogido nada, aunque aún no estaba lo suficientemente entranada y todo con el que se cruzó supo al instante que algo ocultaba. Solo era una camarera. Pasó por pasillos y escaleras, evitando los ascensores, siempre con la mano encima del bolso donde ocultaba los pendientes y los anillos.

La esperaban fuera. El de seguridad de la puerta se despidió como siempre lo hacía de aquella chica tan maja, aunque aquella sería la última vez que la vería. El coche avanzó unos cuantos metros y desapareció por la esquina. Lupina, que era como le gustaba hacerse llamar en el mundillo, sacó del bolso algunas de las pulseras y se puso a probárselas.

¿Te gustan, cariño?

viernes, 20 de julio de 2012

Raíles


El tren ya se veía a los lejos, y los raíles se anticiparon a su llegada temblando y sintiendo el rumor en su interior, a pesar de que aún quedaban varios kilómetros para su paso. A medida que se acercaba intentaba salirse en cada curva, inclinándose, imperceptiblemente para los  pasajeros, pero deseoso de tomar otro camino y girar al lado contrario, y ver qué había tras el decorado de cartón piedra que se levantaba a ambos lados en forma de montaña. Era normal que se hubiera cansado de ver siempre el mismo escenario, y este era un secreto compartido por todos los trenes.

    Papá
    ¿Dónde nos llevan?

    La locomotora, que escuchaba todos y cada uno de los comentarios, rumores y quejidos de los cientos de pasajeros que transportaba, mezclados con el traqueteo metálico de sus ruedas y el crepitar del carbón de su alma, sabía muy bien adónde iban. Cientas había sido las veces que el padre, o la madre o quien fuera que se había quedado finalmente con el niño, con una mueca en la cara para evitar que se intuyera por su gesto su destino, habían usado el silencio como respuesta. No ocurrió aquella vez.

    Donde nos merecemos

    Y al decir esto deseó volver atrás, al momento y al lugar donde se gestó todo. Al momento en el que el miedo pasó a convertirse en rutina, como respirar, y comer dejó de serlo. Al lugar en el que todos buscaron cobijo, sin atreverse a salir, dejando que se hicieran con todo. Quiso volver atrás para salir a la calle y hacer que otros salieran, odiando cada minuto que se quedó encerrado, por temor a perder lo que ya no tenía. Ya era demasiado tarde, pero solo entonces sintió como el tren se inclinaba levemente, y apoyado en los tablones laterales, cambiando de lado en cada curva, quiso también salirse de los raíles y seguir por cualquier sitio menos el trazado, y quiso también dirigirse al cartón piedra, romperlo y ver qué había detrás.

    Porque siempre hay algo detrás del decorado.

martes, 17 de julio de 2012

San Martín (Fragmento)



Aquella mañana hacía frío, pero no podía decirse que fuera una de las peores del invierno. Los barcos reposaban tranquilos, susurrándose los unos a los otros a través del agua. Los más grandes solían ser los que hablaban, con su voz hueca y profunda, pues eran lo que habían hecho las travesías más largas, y conocían otras costas y otros mares, e incluso juraban que algunos de ellos no eran tan fríos como el que tiritaba bajo su panza. La mayoría, sin embargo, apenas había navegado un centenar de kilómetros mar adentro y desconocían lo que había en el horizonte, pero esos barcos eran más pequeños, blancos y plastificados.

    San Martín, a pesar de ser uno de los más grandes y respetados del puerto, era bastante callado. Todos los consideraban bastante tímido e incluso podría decirse que era un pesquero asustadizo. Le asustaba que los peces se revolvieran y saltaran los unos sobre los otros en sus tripas, pero también las gigantescas redes con las que los pescaban. Con el tiempo había logrado acallar los suspiros que provenían de su interior durante las largas travesías, concentrándose en el ruido de las olas al romper contra su casco. Por suerte no quedaba más que silencio y humedad cuando llegaban al puerto, lo amarraban al dique y lo libraban del peso que había transportado. También le asustaba la noche, y el hecho de avanzar a oscuras y que su casco negro se confundiera con las olas, y no saber dónde acababa él y empezaban ellas, aunque el amanecer siempre volviera a delimitar sus fronteras. Lo que más le asustaba era, sin embargo, el mismísimo mar, esa monstruosidad líquida que se extendía por debajo y por todos lados, y de la que no se veía fondo ni límite alguno. Mirar hacia abajo le daba vértigo, por eso hacia años que no lo hacía. Al fin y al cabo todos los barcos sentían algo de miedo por el mar.

[...]

miércoles, 11 de julio de 2012

Virgen


Estaba en su habitación, absorto ante lo que había creado y con miedo a matar definitivamente el día, o la noche, o como se llamasen a aquellas horas que gotean en el sumidero de la mente, esperando en vano a ser sustituidas por sueño improductivo. Era consciente de que probablemente sería lo mejor que llegaría a pintar en toda su vida, y deseó por un instante, ingenuamente, despertar al mundo entero, incluso a aquellos que no estaban dormidos, para que contemplaran y completaran su obra, con la inherente inocencia del espectador ante algo que no entiende y que sin embargo adula.

 Había mucho tras ese cuadro, pero aún no se había acostumbrado a estar de moda. Era consciente de todo lo que ocurriría en las próximas semanas, porque lo había vivido en otras ocasiones, tal vez incluso en menor medida. Decenas de personas masturbarían su ego diariamente y durante un tiempo podría alimentarse únicamente de canapés y champán si así lo deseaba. Vería desfilar por delante de su cuadro a expertos trajeados de mirada fugaz y lengua suelta, que rastrearían con incomprensible ignorancia la incomprendida muestra que estaría ante sus ojos. La obra se convertiría entonces en una cosa distinta a lo que era aquella noche, monstruosa, deformada por los miles de ojos que la habían interpretado erróneamente y que la habían ido borrando trazo a trazo, robando la armonía de sus colores y líneas para hacerlos suyos, dejando blanco el lienzo y vírgenes sus últimos desvelos.

No. Tuvo miedo y se quedó mirándola, en silencio, esperando una respuesta. Le aterraba que la tocaran, y por primera vez en su vida, negando el sentimiento que le había persequido desde siempre y que le había llevado a donde estaba, no quiso prostituirla. La miró por última vez.

El aguarrás hizo el resto.

viernes, 6 de julio de 2012

Podría



Podría escribir sobre cómo me seduces, introduciéndote en forma de idea en el autobús, por la calle o mientras apago el techo por las noches, y no paras de gritar hasta que saco la libreta y te apunto, y no callas, tranquila, hasta que termino  de esculpirte con mis manos, aunque siga escuchando el eco de la imperfección mientras yacemos, exhaustos, uno al lado del otro.

Podría recordar íntimamente el momento en el que me decides, el instante que comienza a ser difícil distinguirte de la realidad porque te estás convertiendo en ella, y me absorbes como un parásito que me quita un poquito de vida, no mucho, y me la devuelve al rato en forma de sobresalto y siempre deformada, por lo que me cuesta un tiempo darme cuenta de que me has mentido de nuevo.
Podría entonces reconocer que me engañas, haciéndome creer que soy el único mientras me abrazas y recordándome que hay otros cuando te vas de nuevo, saciada, dejándome seco por dentro y esperando tu regreso.

Podría admitir que no es la primera vez ni la segunda, que es tarde y aún sigo aquí, que me gusta cuando estamos a solas y lo hacemos, pero no quiero.

No quiero que sepan que me acuesto contigo.

jueves, 5 de julio de 2012

El círculo (Fragmento)


La pequeña aldea parecía desierta. Aquella noche los morfos y los amorfos habían decidido darse unas horas de tregua, pero seguía sin haber entendimiento por ninguna de las partes. Trazo era tan insignificante que nadie le prestaba atención, pues no despertaba ni simpatía ni antipatía por ninguno de los bandos. Podría decirse que era el único que veía lo que estaba pasando allí como lo que era, una simple locura.

Un ejemplo sencillo. Semanas antes el alcalde de la ciudad había ordenado que pintaran un círculo en el suelo en una gruesa línea de tiza blanca. El alcalde era un morfo con el rostro y los brazos desmesuradamente largos y el resto del cuerpo como el de un enano, de forma que iba arrastrando por la ciudad sus uñas tranparentes y avisando al resto de su presencia allí por donde pasaba. El círculo había sido una de sus últimas ocurrencias. Apenas mediría un par de metros de diámetro. La idea era que el amorfo elegido ese día no pudiera moverse del círculo durante tres horas, como si de una cárcel al aire libre se tratase, y que ningún objeto material pudiera entrar, solo el sonido. De esta forma el amorfo seleccionado tenía que soportar los insultos  de los más jovenes y los comentarios solapados entre los dientes podridos de los más viejos sin poder hacer nada, ya que la tiza permitía la entrada al sonido, pero no la salida. Una vez al día, la "comisión gestora del círculo" (así es como la había llamado el alcalde) elegía a un amorfo de forma aletoria entre los ciudadanos.

Pasado un tiempo, en el que los amorfos ya estaban acostumbrándose a este nuevo atropello, llegó un día nublado. En medio de la plaza, como siempre desde las cinco hasta las ocho de la tarde, un amorfo miraba el cielo, aburrido. Hacía algo de frío y la plaza estaba completamente vacía. De pronto sonó un trueno y el suelo se fue llenando de miles de puntos diminutos hasta que la lluvia comenzó a hacerse visible y no tardo en empapar al amorfo. Eran las seis de la tarde. La tiza, asustada por la lluvia, comenzó a deshacerse lentamente, y al cabo de poco tiempo apenas podía distinguirse la formación que había tomado hasta entonces. El amorfo miró a su alrededor, y viéndose libre del círculo, pues el agua había oxidado los barrotes, comenzó a andar pesadamente por la plaza. Se escuchó una ventana abrirse, y otra más al fondo, y después un grito. Fue solo entonces cuando la lluvia empezó a caer acompañada de huevos, patatas, tomates, cualquier cosa que las familias morfas de la plaza pillaran a mano para evitar la fuga del reo. A duras penas consiquió el amorfo volver a donde anteriormente estaba el círculo y solo entonces, cesó el fuego y comenzaron los insultos, pues los morfos cumplían estrictamente la ley.

martes, 3 de julio de 2012

Espectáculo

¿Qué sería de esta vida sin el drama?

Queridos espectadores. Habéis venido hoy aquí a contemplar, a evadiros de vuestras vidas para vivir efímeramente la de otros mientras que os imaginais sus quehaceres en las vuestras. Todo debe ser ficción, y ficción es también fuera del escenario, donde los verdaderos personajes y las verdaderas tramas se desarrollan a diario, normalmente castradas sin compasión por la vil conciencia, pero ansiosas de ser descubiertas, de complicarse demasiado o de desembocar en llanto, sonrisa u orgasmo.

Es desde aquí que os pido, desde el tablado donde cobra forma la irrealidad que tanto nos asusta, que la dejéis entrar en vuestra vida. No permitáis que las acotaciones guíen vuestros actos. Disfrutad de la incertidumbre de lo absurdo, dejad de mirar el reloj y comenzad a sentir el tiempo, que el fluir de los actos enrede las sábanas de vuestra rutina y os haga sentir muertos para después haceros sentir vivos. Perdeos en el gran teatro del mundo.

¡Levantaos, besaos, odiaos! ¡Que prosiga el espectáculo!

Mensaje

El policía se quedó mirando a una de las chicas, que aún tenía la indecencia de sonreir en los tiempos que corren. Sostenía en su mano derecha un pequeño papel que debía estar escrito en su totalidad y con letra muy pequeña, debido al rato que llevaba ya leyéndolo. Estaban todos sentados, esgrimiendo verdades en sus gargantas y pancartas y carteles en sus manos. Todos menos ella, que leía en silencio en medio del ruido.

Una orden ronca en su pinganillo inició el desalojo. Sin quererlo, se vio empujado por sus compañeros y enseguida se encontró encima de los manifestantes, casi pisándolos, no dando abasto en su intento por cogerlos de los brazos y de las piernas y de donde pudiera, con movimientos secos y mecánicos memorizados del grotesco vals que componía su coreografía diaria. Entonces la vió. Seguía sentada, con el papel en la mano, pero sus ojos abiertos parecían recién despiertos, sorprendidos ante lo que estaba ocurriendo a su alrededor. La sonrisa la ocupaban ahora unos dientes fuertemente apretados y una boca fruncida que gritaba al ser balanceada. Antes de soltarla, al otro lado de la calle, le dio tiempo a quitarle el papel de las manos. Arrugado entre sus guantes negros, pudo mirarlo durante un solo segundo, antes de tirarlo al suelo y seguir arrastrando cuerpos.

Solo contenía dos palabras.

lunes, 2 de julio de 2012

Nos ha dejado




Lo había dejado todo perfectamente preparado porque él ya había sido "ángel de la guarda" en otras ocasiones, con algún amigo que había muerto prematuramente.  Al fin y al cabo no era la primera generación que moría desde la creación de las redes sociales y ya todo el mundo se había acostumbrado a la nueva funcionalidad de Facebook. Legó el privilegio a David, uno de sus mejores amigos, que se encargaría de gestionar su perfil durante la semana siguiente de su muerte. Esta vez, por lo tanto, vio reducido su trabajo a la mitad, porque todas las cosas que tenían que hacerse durante el velatorio y el entierro, que eran las más pesadas, se las iba a ahorrar, y, quieras o no, es un alivio.

Por suerte la muerte le llegó lentamente, así que pudo twitear desde su cama del hospital cómo se sentía en cada momento. Nunca como ese día tuvo tantos seguidores, y ese es un buen recuerdo para llevarse a la tumba. Todo el mundo estaba ya al corriente de las visicitudes del acontecimiento, como qué ataud había elegido, el lugar donde se celebraría el velatorio e incluso las flores que iban a ponerle. Igualmente se tomó la libertad de elegir lo que quería que se leyese en su misa, e incluso hizo una encuesta sobre qué fragmento gustaba más a sus amigos. No puede decirse por lo tanto, que su muerte llegara por sorpresa.

Cuando finalmente murió, lo primero que hizo David fue actualizar su estado a "muerto" y encargarse de ir colgando fotos que pudieran simbolizar sus últimos pasos: la cama ya vacía, el pasillo por el que se lo llevaron, la sala de espera con los hijos destrozados, el velatorio, etc. Todas ellas se llenaron de "Me gusta" y mensajes de recuerdo al fallecido y ánimo a las familias. A todos les salía una ventanita avisando de que fulanito había muerto, por si quería dejar un mensaje directamente.  Una vez en el velatorio todos se aseguraron de salir en la foto, para demostrar que estuvieron allí despidiendo a su amigo, aunque a la mayoría les resultaba difícil posar con cara de tristes, lo que daba lugar a las más muecas más variadas. El entierro fue emitido en stream por internet para todos aquellos que no habían podido estar, y hasta usaron varios móviles para que pudiera verse desde distintos ángulos.

A la semana el facebook quedaba totalmente cerrado a nuevas entradas, pero abierto a todos los usuarios que desearan verlo y de esta forma reconstruir la vida de su amigo. El dibujo de un bebé acompañaba la fecha de su nacimiento, y el de un ataud (aunque este era personalizable según tu religión) el de su defunción. Un gran "Nos ha dejado" encabezaba la portada de su biografía.

De esta forma pasó a formar parte de los millones de facebooks de gente muerta, que ya superaban al de los vivos.