martes, 19 de junio de 2012

Calle

El recinto era bastante grande, tan grande que tenía varias piscinas para adultos y para niños, seis pistas de pádel y numerosas zonas infantiles, todas ellas con sus coloridos e intocables toboganes (porque te quemas), columpios, balancines y suelo acolchado. La verdad es que no estaba nada mal, sin embargo, no era lo suficientemente grande para Iván.

Varias habían sido las veces que, apoyado contra los barrotes verdes de los límites, se quedaba mirando pasar los coches, imaginándose fuera, subiendo por el monte seco. ¿Cuántas veces habría inventado lo que había detrás? Sus amigos no parecían compartir sus inquietudes, y se limitaban a jugar en el terreno que les había sido asignado, quedando en nada sus intentos de convencerles de salir sin que las madres se enterasen. La suya, sentada en un banco, incosnciente y despreocupada de las maquinaciones de su hijo, solía fumar, reírse a carcajadas con sus amigas y sonreir al jardinero, cosas que Iván odiaba a partes iguales.

No le resultó difícil por lo tanto, eludir la vigilancia de su madre y salir por una de las puertas laterales a la calle, que un amable señor con maletín dejó abierta tras su paso. Dio los primeros pasos hacia arriba decidido, con la libertad que da poder andar más de cinco minutos hacia delante sin encontrarte un muro, caminando por la acera que tantas otras veces había visto tras las barras, pero a medida que llegaba el monte, este fue haciéndose cada vez más grande ante sus ojos. Cuando llegó al borde de la acera, donde terminaba la ciudad y nacía el campo, era casi más alto que los bloques. Se vio tan solo y tan pequeño que tuvo miedo, y dándose media vuelta, con las lágrimas saltadas, inició de nuevo el camino hacia el recinto. Entró junto a varias chicas en bañador y en cuanto llegó a donde estaban los demás, esperando ser recibido por los grutos angustiados de las madres, se dio cuenta de que nadie se había percatado de su ausencia. Los niños sequían jugando al escondite en los mismos pirales de siempre y las madres atropellándose mientras hablaban. El jardinero, al fondo, procuraba mantener la jaula en perfectas condiciones.

No se estaba tan mal allí dentro.

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