lunes, 18 de junio de 2012

Eusebio Fernádez

Esta vez se trataba de Eusebio Fernández. Le resultó curioso, porque compartía nombre con el criminal, y le dió la sensación de escribir su propia condena.

Solo se oía el ávido y nervioso rasgar de la escritura en el papel, que se quejaba por estar entre la afilada pluma y la mesa, mostrándose aterrado por lo que estaba escribiendo sobre él. Muchas eran ya las veces que el general había escrito sentencias de muerte. Las cartas salían de su palacio de un lugar a otro del país, mensajeras del fusilamiento programado, con el nombre de muerto grabado sobre ellas. Muy pocos lograban escapar y sí lo hacían rara vez traspasaban la frontera, y todo ello gracias a los errores aprendidos en el pasado. A los errores que cometieron sus enemigos con gente como él.

La puerta sonó tres veces, hueca, al fondo. Entró entonces su secretario, que había estado esperando convenientemente tras la puerta a que cesara el susurro de la pluma. Recogió la carta tras hacer una pequeña reverencia al general y se marchó de nuevo.

Solo ahora, sentado en su despacho, podía discernir con claridad quiénes eran y por qué se comportaron como lo hicieron. Por entonces fue el sentimiento colectivo, alimentado por la decadencia individual, lo que les unió contra gente como la que firmaba aquella carta y los apeó de sus caros sillones y sus despachos gigantescos. ¿Eusebio Fernández? Solo eran un nombre más escrito en un papel amarillento. Uno más, uno menos. Era necesario para que todo funcionara.

Se recostó de nuevo sobre su sillón de cuero a disfrutar de la altura de su despacho y del trabajo bien hecho.

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