lunes, 18 de junio de 2012

El Café

Por las mañanas tomaba siempre el mismo café solo, oxidado y arenoso que le solían poner en el bar de la esquina. No dijo nada el primer día y desde entonces siempre había ido allí, por lo que supongo que se había acostumbrado. Un periódico y un cenicero vacío de cristal eran sus únicos acompañantes desde que entraba hasta que salía, salvo la obligada visita de Carmen para traerle la taza junto a dos sobrecillos de azúcar. El periódico, aunque era distinto todos los días, nunca atrajo demasiado su atención, pues casi nunca pasaba de la portada, y tampoco ensució nunca el cenicero. Siempre gastaba un sobre y medio de azúcar, dejando el restante junto a la cuchara en el plato.

Era un buen cliente.

El último día que lo vi, Carmen lo interrumpió cuando se dirigía a su sitio habitual en el fondo del bar, pegado a la puerta del baño y con la tele de espaldas, con el periódico en la mano y sin haber dicho siquiera buenos días al entrar.

- ¡Buenos días, señor Julián! Le tengo hoy una sorpresa. Verá usted qué bueno está ahora el café. Estamos estrenando cafetera nueva, alemana, fíjese usted qué bonita es. Ande, siéntese que se lo traigo. ¿Como siempre, no?- Sonríe- Para qué pregunto. Buenísimo.-

Asintió como única respuesta. La máquina empezó a silbar de forma distinta a como lo hacía la otra, y por primera vez que yo recuerde levantó la vista del periódico para bajarla de nuevo enseguida. Carmen le llevó un café por primera vez aceptable y de calidad, pero al probarlo solo tuvo una respuesta que periódico, cenicero, camarera y medio sobrecillo de azúcar escucharon sorprendidos.

- Vaya puta mierda de café.

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