jueves, 1 de marzo de 2012

Paso

Antes de llegar al fondo de la calle ya había pisado la primera, pero cada día, contando la ida y la vuelta, pisaba al menos tres o cuatro.

Lo cierto es que siempre avanzaba con la mirada agachada, con la cabeza, la espalda y casi todo el cuerpo metido en el libro. Había automatizado el recorrido desde el instituto hasta su casa de tal forma que conocía cada centímetro de suelo, cada pequeño salto que tenía que hacer en los bordillos, hasta el ángulo exacto en el que tenía que girar en las esquinas. Todo por no perder ni un ápice de lectura.

Lo aleatorio, sin embargo, no podía controlarlo. Por eso siempre terminaba pisando las mierdas de perro.

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