sábado, 3 de marzo de 2012

Vuelta

Hace muchos, muchos años, vivía un joven con la extraordinaria habilidad de saber lo que quería. Había ido consiguiendo a base de constancia todo lo que había deseado, forjándose una gran popularidad en donde vivía, pero aún no había encontrado a la mujer que llenara su exigencia. Tras rechazar a cientos de ellas, hizo la promesa de que la terminaría encontrando por mucho que le costase.

Un día, un extranjero llevó a su ciudad algo que había estado viajando de boca en boca durante no se sabe cuánto: el rumor de que existía una mujer con su mismo don en la otra esquina del mundo y que, a su vez, había hecho la misma promesa. Decidió entonces dejarlo todo y viajar hacia el oeste, en su encuentro. Tras varios años de travesía llegó finalmente al pueblo de la joven, pero no la encontró allí, pues según supo de los lugareños ella también había oído hablar de él y había hecho exactamente lo mismo, partiendo hacia el oeste. Si alguna vez tuvo dudas de si era ella la adecuada, se disiparon al instante, y sin siquiera pasar la noche allí, partió en busca de la estela de su amada, con la esperanza de alcanzarla. Lo mismo le ocurrió a la chica en el pueblo del joven, y apretó igualmente su paso.

Desde entonces, muchas fueron las veces que pasaron por el pueblo propio y el ajeno, en el transcurso de los años. Ninguno de los dos se dejó convencer por sus vecinos de que esperaran allí, que el otro pasaría de nuevo en su busca como otras veces había ocurrido. Ambos estaban convencidos de alcanzarse en lo que se convertiría en una persecución eterna.

Murieron ambos en el mismo instante, solos, en la antípoda exacta.

jueves, 1 de marzo de 2012

Paso

Antes de llegar al fondo de la calle ya había pisado la primera, pero cada día, contando la ida y la vuelta, pisaba al menos tres o cuatro.

Lo cierto es que siempre avanzaba con la mirada agachada, con la cabeza, la espalda y casi todo el cuerpo metido en el libro. Había automatizado el recorrido desde el instituto hasta su casa de tal forma que conocía cada centímetro de suelo, cada pequeño salto que tenía que hacer en los bordillos, hasta el ángulo exacto en el que tenía que girar en las esquinas. Todo por no perder ni un ápice de lectura.

Lo aleatorio, sin embargo, no podía controlarlo. Por eso siempre terminaba pisando las mierdas de perro.