domingo, 12 de febrero de 2012

Artificio


Hola a todos.

Normalmente el blog exigiría otro de mis relatos, pues tengo muchos pendientes, pero he encontrado este trozo de papel garabateado en una de las papeleras de mi confundida imaginación y no he podido evitar compartirlo con vosotros. Lamento deciros que es anónimo, pero confío en que su lectura justifique, al menos en parte, las razones que llevaron al autor a componerlo. Aprovecho para pedir perdón al propio autor por hacerlo público sin su permiso, aún sabiendo casi con total seguridad que aún no ha nacido.

Sin más dilación, lo transcribo literalmente en la medida en que he podido hacerlo, pues no he encontrado la forma de colgar el original.


En breves instantes voy a conocer a aquella que va a quitarle el sentido a mi trabajo, a lo único que, humildemente, sabía hacer bien en la vida.

Dicho esto a modo de aterrador título, y antes de escribir nada más, quiero excusarme por la pobre letra y la escasa fluidez de la narración que, sin duda, seguirán a estas palabras. Estoy escribiendo en mi cuadernillo, de pie y rodeado de numerosos codos que no hacen más que importunarme. Volviendo al tema que me ocupa, lo cierto es que somos muchos los que esperamos para visitar a la última maravilla de la neoliteratura y la ciencia, y por lo que he podido comprobar, despierta sentimientos de admiración y rechazo por partes iguales entre los que aquí estamos. La mayoría, personas ajenas al mundillo, pero que dependen de él, están visiblemente entusiasmados. De mis compañeros, algunos dicen resignados que esto se estaba viendo venir, que era cuestión de tiempo teniendo en cuenta los avances que se habían hecho en el ámbito durante las últimas décadas. Otros, sin embargo, se aferran a la esperanza de que los lectores  preferirán las historias a la antigua usanza. Somos muy pocos los que, como yo, callamos, porque tenemos algo muy dentro que se nos está muriendo simplemente con pensar en ello.

Ya están abriendo las puertas. Veo como decenas de gafas se abalanzan para ponerse los primeros. Prefiero esperar un poco y sentarme cómodamente en las últimas butacas. Al hacerlo me percato de que están todas ocupadas. Seguimos esperando un rato más mientras el telón rojo del fondo yace aún tranquilo. En su aburrimiento algunos miran hacia atrás y se extrañan de que escriba con bolígrafo. Me jugaría lo que sea a que alguno de ellos no había vuelto a coger uno desde Primaria, donde por suerte aún era obligatorio aprender a escribir a mano. No me extraña que hayamos llegado hasta aquí.

Por fin se separan las cortinas. En un escenario desnudo puede verse una pequeña mesa en el centro con un pequeño dispositivo metálico encima. Al fondo se ve un tapiz en el que aún no están proyectando nada. En el ambiente se nota un murmullo de decepción, pues todos esperaban sin duda una compleja y gigantesca máquina de luces centelleantes. Todo está oscuro, salvo la caja. Ahora acaba de salir un hombre trajeado del fondo del escenario, con una sonrisa que no le cabe en la cara que me hace odiarlo aún un poco más. Nos explica lo que ya todos sabemos y no tarda en dar paso al momento que todos estábamos esperando, que era el de ver si realmente funcionaba como decían. Está pidiendo a varios del público que digan palabras al azar, pero no logro entenderlas. Se enciende el proyector y aparecen las palabras que supuestamente han dicho: "luna", "mentira", "penumbra" y "respectivamente".

Siento que mi letra se vuelva aún más ilegible, pero es cierto todo lo que decían. Ante mí tengo uno de los cuentos más bellos que he leído en mi vida, y a la máquina le ha costado apenas diez segundos componerlo. Voy a releerlo. Todo en él parece perfecto, su narración, su estructura, su sentido y su mensaje pasean de la mano hasta el final, y ni una sola de sus palabras queda colgando del resto, sino que al contrario, parecen unidas desde su propia creación con el mismo aura que las de los clásicos que he leído durante toda mi vida. De hecho, me avergüenzo profundamente de lo que estoy escribiendo ahora.

Me he salido de la sala. No he podido aguantar más cuando han empezado a proyectar muestras de los guiones de cientos de páginas que la máquina había sido capaz de crear en tan solo varios minutos. Llevo toda la vida buscándola en vano en cada palabra que he escrito, pero es aquella máquina del tamaño de una caja de zapatos la que ha encontrado la fórmula de la literariedad. No hay por lo tanto, mejor ni peor epitafio que el presente para despedirme.




2 comentarios:

  1. Interesante, estimado Víctor, aunque un tanto
    trágica y poco alentadora esa máquina de hacer literatura.
    Creo que como en otros aspectos del arte,especialmente el plástico como el fractal por ejemplo, la tecnología o la informática pueden producir obras curiosas, incluso en el musical gracias a los sintetizadores, pero en mi opinión, las grandes obras, las que llegan a tocar la fibra sensible de las personas, las que perduran a través tiempo, seguirán siendo creadas por la genialidad propia del ser humano.
    Si no estamos convencidos de ello, habremos sido vencidos antes de empezar la batalla.
    Ahora bien, como punto de partida para un coloquio sobre el asunto, me parece muy acertada tu composición.
    Ale Munardón

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  2. Muy bueno, daba gusto leerlo. Curioso.

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