viernes, 24 de febrero de 2012

Apagón


Una de las noches en que se fue la luz estaban cenando en la cocina, bajo el frío fluorescente que habían instalado pocos meses atrás. La oscuridad mudó a los comensales e invitó al silencio como pareja de baile, pero pocos pasos dieron antes de que el padre, de nuevo, iluminara la habitación y sesgara al silencio con la chispa de su mechero.

Mientras se dirigía a ver si habían saltado los plomos, dibujando a su paso los pasillos, los demás se quedaron sentados en la mesa. Estaban completamente quietos y con los ojos y oídos muy abiertos e incapaces, sintiendo cómo, a medida que se alejaba, la pareja volvía tímidamente a hacer acto de presencia, y finalmente a abrazarse.

Oscuridad y Silencio bailaron, durante varios segundos, sobre las cabezas. En su movimiento, la primera trató de iluminar levemente los ojos de los comensales, y la segunda de chillar su secreto en sus oídos, en un pitido cada vez más estrepitoso. Ambas enmudecieron cuando volvió la luz y se oyó un grito del padre. Una se escabullió en los rincones más ocultos de muebles y cajones, mientras que la otra huyó al lugar más recóndito y aislado de la casa.

Tendrían que esperar a que se acostaran para volver a verse.

domingo, 12 de febrero de 2012

Artificio


Hola a todos.

Normalmente el blog exigiría otro de mis relatos, pues tengo muchos pendientes, pero he encontrado este trozo de papel garabateado en una de las papeleras de mi confundida imaginación y no he podido evitar compartirlo con vosotros. Lamento deciros que es anónimo, pero confío en que su lectura justifique, al menos en parte, las razones que llevaron al autor a componerlo. Aprovecho para pedir perdón al propio autor por hacerlo público sin su permiso, aún sabiendo casi con total seguridad que aún no ha nacido.

Sin más dilación, lo transcribo literalmente en la medida en que he podido hacerlo, pues no he encontrado la forma de colgar el original.


En breves instantes voy a conocer a aquella que va a quitarle el sentido a mi trabajo, a lo único que, humildemente, sabía hacer bien en la vida.

Dicho esto a modo de aterrador título, y antes de escribir nada más, quiero excusarme por la pobre letra y la escasa fluidez de la narración que, sin duda, seguirán a estas palabras. Estoy escribiendo en mi cuadernillo, de pie y rodeado de numerosos codos que no hacen más que importunarme. Volviendo al tema que me ocupa, lo cierto es que somos muchos los que esperamos para visitar a la última maravilla de la neoliteratura y la ciencia, y por lo que he podido comprobar, despierta sentimientos de admiración y rechazo por partes iguales entre los que aquí estamos. La mayoría, personas ajenas al mundillo, pero que dependen de él, están visiblemente entusiasmados. De mis compañeros, algunos dicen resignados que esto se estaba viendo venir, que era cuestión de tiempo teniendo en cuenta los avances que se habían hecho en el ámbito durante las últimas décadas. Otros, sin embargo, se aferran a la esperanza de que los lectores  preferirán las historias a la antigua usanza. Somos muy pocos los que, como yo, callamos, porque tenemos algo muy dentro que se nos está muriendo simplemente con pensar en ello.

Ya están abriendo las puertas. Veo como decenas de gafas se abalanzan para ponerse los primeros. Prefiero esperar un poco y sentarme cómodamente en las últimas butacas. Al hacerlo me percato de que están todas ocupadas. Seguimos esperando un rato más mientras el telón rojo del fondo yace aún tranquilo. En su aburrimiento algunos miran hacia atrás y se extrañan de que escriba con bolígrafo. Me jugaría lo que sea a que alguno de ellos no había vuelto a coger uno desde Primaria, donde por suerte aún era obligatorio aprender a escribir a mano. No me extraña que hayamos llegado hasta aquí.

Por fin se separan las cortinas. En un escenario desnudo puede verse una pequeña mesa en el centro con un pequeño dispositivo metálico encima. Al fondo se ve un tapiz en el que aún no están proyectando nada. En el ambiente se nota un murmullo de decepción, pues todos esperaban sin duda una compleja y gigantesca máquina de luces centelleantes. Todo está oscuro, salvo la caja. Ahora acaba de salir un hombre trajeado del fondo del escenario, con una sonrisa que no le cabe en la cara que me hace odiarlo aún un poco más. Nos explica lo que ya todos sabemos y no tarda en dar paso al momento que todos estábamos esperando, que era el de ver si realmente funcionaba como decían. Está pidiendo a varios del público que digan palabras al azar, pero no logro entenderlas. Se enciende el proyector y aparecen las palabras que supuestamente han dicho: "luna", "mentira", "penumbra" y "respectivamente".

Siento que mi letra se vuelva aún más ilegible, pero es cierto todo lo que decían. Ante mí tengo uno de los cuentos más bellos que he leído en mi vida, y a la máquina le ha costado apenas diez segundos componerlo. Voy a releerlo. Todo en él parece perfecto, su narración, su estructura, su sentido y su mensaje pasean de la mano hasta el final, y ni una sola de sus palabras queda colgando del resto, sino que al contrario, parecen unidas desde su propia creación con el mismo aura que las de los clásicos que he leído durante toda mi vida. De hecho, me avergüenzo profundamente de lo que estoy escribiendo ahora.

Me he salido de la sala. No he podido aguantar más cuando han empezado a proyectar muestras de los guiones de cientos de páginas que la máquina había sido capaz de crear en tan solo varios minutos. Llevo toda la vida buscándola en vano en cada palabra que he escrito, pero es aquella máquina del tamaño de una caja de zapatos la que ha encontrado la fórmula de la literariedad. No hay por lo tanto, mejor ni peor epitafio que el presente para despedirme.




martes, 7 de febrero de 2012

Nube


Ni siquiera se dio cuenta. De haberse quedado allí, adivino de su pensamiento y mirando atentamente sus labios esperando a que se abrieran, se habría enamorado finalmente de la eternidad . Cuando se dio la vuelta y se marchó, la dejó con la palabra en la boca.

Mientras él se alejaba, la palabra quedó goteando en la comisura de sus labios, a punto de escaparse y morir como un suspiro. Ella prefirió guardarla cuando empezó a sentir su sabor ácido, con la esperanza de escupirla en cuanto reuniera la suficiente locura. De esta forma se quedó, como un silencioso y áspero rumor, en el fondo de su boca.

Pasaron los días, pero la palabra no fue llamada a los labios de su dueña. Estuvo allí olvidada durante meses , mezclada con la saliva, viajando bajo la lengua y viendo como otras, mentirosas, apretadas entre los dientes medio cerrados, salían en su lugar. Resignada, llena de rabia e impotencia, terminó evaporándose y ascendiendo al cielo de la boca, donde comenzó a crecer y a cubrirla toda, y a volverse cada vez más oscura y tormentosa. Lo que un día fue una palabra de amor, se convirtió en muchas de odio, y aquello que no había logrado el deseo iba a lograrlo el desengaño.

 Un día, con la nube oscura ya casi pegada a la garganta, decidió que no aguntaba más. Se puso delante de él y mil palabras descompuestas bajaron y se colocaron en la punta de la lengua. Solo entonces el joven de dio cuenta de lo que ocurría, y abalanzándose hacia ella, encendió la chispa de su boca con la suya.

lunes, 6 de febrero de 2012

Ya queda menos


Lo miraba con las manos heladas y la sonrisa estática, perfilando su  horizontalidad. Alargó sus pequeños brazos sin llegar a tocarlo, aunque sintió su infinita humedad en la punta de sus dedos sucios. Extendiéndolos aún más, se imaginó a sí mismo un poco más abajo de donde estaba, a varios metros de profundidad, buceando con los ojos muy abiertos para ver lo que escondía.

Se frotó los párpados para quitarse la sal.

Su madre pronto tendría la comida en la mesa. Bajando por el mismo sendero por el que había subido, dejó al pequeño trozo de mar en la cumbre.

viernes, 3 de febrero de 2012

Invertebrada



La casa era grande y confortable, pero se encontraba al fondo del pueblo, escondida en una depresión del terreno cuyo origen no se sabía si era natural o cavado a conciencia. Los niños siempre habían ido allí y se imaginaban mil historias sobre por qué aquella casa estaba hundida. Algunos de los más viejos del lugar aseguraban que la casa se encontraba al mismo nivel que el resto en su infancia, que se tenía que haber hundido de forma casi imperceptible con el paso de los años.

Nadie les creía.

Lo que sí era de todos sabido en el pueblo, aunque más por tradición oral que por otra cosa, era que los primeros habitantes de la casa que se recuerdan fueron una pareja ya mayor que vino un día del norte. Se decía que venían del norte porque la mañana que llegaron lo hicieron en un lujoso coche desde el carril del cerro Santo Tomás, y de todos era sabido que por allí solo se podía venir si ibas bajando. La verdad es que nunca llegaron a saber de donde eran realmente, porque apenas se relacionaron con los vecinos salvo en lo mínimamente necesario, y cuando lo hicieron nadie se preocupó por preguntarles. Lo que sí se recuerda es que al parecer el marido se había jubilado recientemente y se habían ido al pueblo a buscar una paz que nunca encontraron, ya que el anciano no llegó nunca a habituarse a la vida rural y la casa no le dio más que problemas hasta el día de su muerte. El funeral se celebró en la propia casa sin que fuera invitado ningún vecino, ni siquiera Paco el albañil, que en los corrillos se jactaba de haber pagado los estudios de su hijo en la ciudad gracias al señorito del norte, que era como le llamaban. Por el carril del cerro de Santo Tomás llegaron, sin embargo, numerososos vehículos de esos que se veían muy de cuando en cuando, e incluso alguno de los que solo habían visto en las postales que traía Juan el artista. Estuvieron solo un día, hacinando sus vehículos al borde de la carretera y alrededor de la casa, y a la mañana siguiente ya se habían llevado al muerto y a la mujer, dejando la casa  con todos sus muebles dentro y a la tierra sin nada que los recordarse. Pascual dice que aquel día el suelo se hundió bastante con el peso de los coches.

La siguiente familia que se mudó era conocida en el lugar, pues venían del pueblo de al lado.  El padre era lechero, y todos los días bien temprano cogía un carro que tenía y se le veía bajando por el carril del sur para volver un par de horas más tarde con el carro cargado. Vivía con su mujer y sus hijos, tres hijas y un niño pequeño. La mayor de ellas, ya en edad de merecer, en seguida llamó la atención de los mozos del pueblo, que empezaron a merodear la casa noche sí, noche también. Ella les respondía desde la ventana, riéndose junto a sus hermanas, que seguían sin entender por qué los chicos iban a visitarla. No tardó en extenderse el rumor de que la mayor de la casa del fondo se escapaba por la noche para irse con Pepe al monte  a darse las gracias. Cuando ella empezó a engordar la madre insistió en que se mudaran de nuevo, pero al siguiente pueblo en dirección al norte. Doña Encarna dice que, de pueblo en pueblo, llegaron a la capital, y que allí los hermanos montaron una banda que se hizo bastante famosa y que de vez en cuando se pasaba por los pueblos para visitarlos. También dice que la casa se hundió aún un poquito más por vergüenza.

Ya por aquella época no se veían las paredes desde el carril, de forma que el tejado parecía crecer desde el suelo y que la única habitación habitable era el desván. Una pequeña escalera de piedra permitía acceder a la entrada principal de la casa, que solo se veía una vez que pisabas el primer escalón. La casa estuvo deshabitada varios años, hasta que la viuda de Don Pancracio decidió irse a vivir allí.

Don Pancracio había sido desde siempre uno de los vecinos más ricos del pueblo, y cuando murió se lo dejó todo a su mujer, pues no habían tenido hijos. Ella se había quedado viviendo sola en la gran casa pegada al ayuntamiento que había pertenecido desde siempre a la familia del marido. Se mudó porque decía que desde la muerte del marido la casa se le hacía cada día más grande, y que de vez en cuando se tiraba semanas perdida por los pasillos, escuchando los reproches de los antepasados por no haber podido seguido la estirpe. Evidentemente, cuando se la vió  atravesando la plaza del pueblo con dos maletas y un reloj de mesa antiquísimo en dirección a su nueva casa, todo el mundo pensaba que se había vuelto loca.

La señora de Don Pancracio no volvió a escuchar las voces que la atosigaban, pero también es cierto que no volvió a escuchar ninguna otra, pues una vez bajó las escaleras de piedra nunca más volvió a pisar la calle. La majestuosa casa que la viuda había dejado abandonada en el centro del pueblo, pues no se había molestado ni siquiera en ponerla en venta, pasó a ser la que despertaba la curiosidad e imaginación de los niños. La casa del fondo, sin embargo, se vio al instante relegada al olvido junto a su dueña, quedando completamente cubierta por la vegetación que la rodeaba. Al pasar el tiempo, todos dieron por hecho que se había quedado abandonada, pero la verdad es que había terminado de hundirse por soledad.