jueves, 12 de enero de 2012

Suelo



Son las siete de la tarde en un barrio de una ciudad cualquiera. También una calle cualquiera observa el deambular de su anatomía. Ve que va cargada de bolsas, con andar nervioso y frío, intentando buscar la galería más cercana. Apenas cree reconocer a algunos de sus integrantes, tal vez de haberlos visto otras veces, pero a la inmensa mayoría la incluye en la multiforme inmensidad humana a la que llama, simplemente, gente.

Hacía un rato había visto al fondo de la calle a un anciano. Se había fijado porque empujaba un ruidoso carro cargado con su fortuna. No sabe en qué momento perdió la verticalidad del resto, pero cuando volvió a mirarlo se encontraba tumbado en el suelo, inmóvil. Entonces se fijó en ella de nuevo, que seguía pasando por su lado. Al principio, ni siquiera se había percatado de que el bulto que había al lado del carro era un hombre, ni tampoco lo hizo en los cinco minutos siguientes. Pasaban a su lado en hilera infinita, evitando instintivamente el obstáculo sin apenas darse cuenta de que lo hacían. Algunas, sin embargo, reconocieron en aquello tirado a un hombre, aunque solo dejaban caer la mirada unos segundos para luego recogerla. Otras, cómplices, se miraban entre sí buscando un culpable, pero olvidando a la víctima. Al poco tiempo ya se había creado a su alrededor un reguero de murmullos estériles que se perdía al doblar la esquina.

El viejo nunca sabrá cuánto tiempo estuvo allí, sin poder hablar ni moverse, viendo cientos de patas acudiendo inquietas a su destino. Cuando finalmente doce de ellas sacaron sus antenas para llamar a emergencias, estaban siendo espectadoras privilegiadas de su último suspiro.

Quedaron algunas esperando la llegada de la ambulancia, como un hervidero formidable, inconscientes de su conciencia.

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