viernes, 20 de enero de 2012

Condena




Es raro que haya llegado tan pronto. La verdad es que ya me estaba aburriendo aquí solo, pues los padres se han ido esta noche a cenar y ella había quedado con las amigas. Seguramente no tendría dinero para salir de fiesta.

Está avanzando por la casa a oscuras. Noté que había aprovechado la luz del pasillo para dejar el abrigo en el perchero y quitarse los tacones. Eso me dió tiempo para esconderme, pues cuando escuché el girar de la llave estaba sentado medio adormilado en el sofá del salón. Apenas la puedo ver en la oscuridad, pero viene tan preciosa como se fue, aunque algo cansada. Se lo he notado en la forma de andar.

Veo que se dirige a su cuarto y enciende la luz de la mesita de noche, iluminando tibiamente el pasillo. Con los tacones aun en la mano veo que  avanza hasta el zapatero, donde los demás, cuidadosamente ordenados, esperan a los gemelos que faltan. Aprovecho entonces para deslizarme en silencio dentro de la habitación, y me siento en la silla de la esquina. Ella a su vez se sienta en la cama, en silencio y aun sin ponerse el pijama, cosa que me extraña. Tras unos segundos, se tumba, extendiendo los brazos pero dejando los pies en el suelo. Sin poder ver otra cosa desde mi esquina, los observo durante un rato, tan pequeños y completamente asfixiados por las medias.

Lleva ya demasiado tiempo ahí sin moverse. No es normal y la verdad es que empiezo a preocuparme. Tal vez se haya dormido. Creo que me voy a acercar a ver lo que le pasa. Lo hago por el lado opuesto por el que se ha tumbado para poder ver su cara, que hasta entonces había ocultado en el cúmulo de ropa que tiene la costumbre de dejar allí justo antes de salir. Está llorando. Desconsoladamente. Llorando en un silencio que daba miedo, en una tristeza sincera y profunda, igual que había hecho yo tantas otras veces, en mi esquina. No puedo evitarlo, voy a acercarme un poco más, aun sabiendo que no sirve de nada. Dios mío, aunque sé que no me valdría de mucho, pero ojalá fuera omnisciente, así al menos sabría lo que le pasa.

Sigo acercándome para verla más de cerca, y veo su rostro y sus ojos cerrados. Son muchos días viéndola diariamente, admirándola en silencio. Más que nunca, quiero que me conozca, hablar con ella, preguntarle qué le pasa, consolarla, besarla. Acabo de llegar al punto en el que todo lo demás no me importa, y tampoco me importa cruzar la línea. Por primera vez, me atrevo a  tocarla. Abre los ojos sin verme. Se los frota con la convexidad de las muñecas, deshaciendo aun más el maquillaje, pero sigue sin verme. Me vuelvo a sentar en la silla de la esquina.

Observo como por fin se levanta, va al baño a limpiarse la cara, se pone el pijama y se acuesta, dejándome de nuevo a oscuras.

Maldito escritor... ¿Por qué me haces esto?

jueves, 12 de enero de 2012

Suelo



Son las siete de la tarde en un barrio de una ciudad cualquiera. También una calle cualquiera observa el deambular de su anatomía. Ve que va cargada de bolsas, con andar nervioso y frío, intentando buscar la galería más cercana. Apenas cree reconocer a algunos de sus integrantes, tal vez de haberlos visto otras veces, pero a la inmensa mayoría la incluye en la multiforme inmensidad humana a la que llama, simplemente, gente.

Hacía un rato había visto al fondo de la calle a un anciano. Se había fijado porque empujaba un ruidoso carro cargado con su fortuna. No sabe en qué momento perdió la verticalidad del resto, pero cuando volvió a mirarlo se encontraba tumbado en el suelo, inmóvil. Entonces se fijó en ella de nuevo, que seguía pasando por su lado. Al principio, ni siquiera se había percatado de que el bulto que había al lado del carro era un hombre, ni tampoco lo hizo en los cinco minutos siguientes. Pasaban a su lado en hilera infinita, evitando instintivamente el obstáculo sin apenas darse cuenta de que lo hacían. Algunas, sin embargo, reconocieron en aquello tirado a un hombre, aunque solo dejaban caer la mirada unos segundos para luego recogerla. Otras, cómplices, se miraban entre sí buscando un culpable, pero olvidando a la víctima. Al poco tiempo ya se había creado a su alrededor un reguero de murmullos estériles que se perdía al doblar la esquina.

El viejo nunca sabrá cuánto tiempo estuvo allí, sin poder hablar ni moverse, viendo cientos de patas acudiendo inquietas a su destino. Cuando finalmente doce de ellas sacaron sus antenas para llamar a emergencias, estaban siendo espectadoras privilegiadas de su último suspiro.

Quedaron algunas esperando la llegada de la ambulancia, como un hervidero formidable, inconscientes de su conciencia.