lunes, 17 de diciembre de 2012

Vallas



Todo comenzó cuando Ambrosio Fernández, su amigo desde la más temprana infancia y aquel que lo acompañaba a todos lados, le enseñó a hacerlo. Hasta ese día Pepe Cruz había sido un chico normal, de estos que tienen cierta gracia, pero no pasa de ahí. Un chico normal. Ambrosio era distinto. Ambrosio se las sabía todas, pero la verdad es que nadie sabía quién se las había enseñado.

Pepe iba donde iba Ambrosio, y este iba adonde le daba la gana. Sin previo aviso, un día que estaban sentados en el banco que había enfrente del colegio, Ambrosio retó a Pepe, "no hay cojones de colarse". Al principio Pepe no le vio sentido alguno a trepar por la alta valla y jugarse el tipo simplemente para estar en el mismo sitio al que iban todos los días por la mañana, pero lo hizo, porque él tenía cojones. De esta forma, ambos pasearon un buen rato por el patio vacío del colegio, que parecía más grande que nunca, por el simple placer de hacerlo. Ambrosio se olvidaría pronto de aquello como hacía con casi todo, pero Pepe descubrió el placer de entrar en sitios prohibidos, placer que ya no lo abandonaría jamás.

Al principio sació su nueva y pequeña adicción con gran timidez y en contadas ocasiones. Vivían en un pueblo y las puertas abiertas de las casas y la oscuridad que ocultaban tras la red de cadenillas de la entrada suponían un reto constante y un fuerte reclamo para su curiosidad. De esta forma y aprovechándose de su inocente aspecto, fue perdiéndole el miedo a entrar libremente en las casas. La mayoría de las veces encontraba algún habitante en el salón o el pasillo y hacía como que se había equivocado, pero otras no había nadie, o estaban durmiendo, o estaban en las habitaciones o en la cocina, y era entonces cuando se deslizaba en la vida de sus vecinos y recorría su pasado a través de las fotos u observaba su pésimo gusto en la decoración. No pocas veces le pillaron y tuvo que irse corriendo, y comenzó a forjarse cierta fama en el pueblo. Algunos vecinos como Doña Dolores, sin embargo, se acostumbraron pronto a su casi constante presencia y le permitían circular libremente por la casa, al mismo tiempo que le dejaba ejercer un leve cuidado paliativo a su creciente y temporal soledad. Así fue creciendo Pepe, violando propiedades ajenas  y dándole sentido y emoción a su existencia en base a cada delito. Aunque una cosa es cierta. A pesar de lo que dijeran muchos de los  oportunistas u olvidadizos dueños afectados, nunca llegó a robar nada.

Pero todo se complicaría cuando su familia decidió mudarse a la ciudad. En los sitios donde hay mucha gente nos volvemos mucho más desconfiados y egoístas, y muy a su pesar, la gente que vive en la ciudad es muy egoísta y desconfiada. Ya no encontraba puertas abiertas por la que colarse fácilmente, pero a medida que se reducían las posibilidades de allanamiento también aumentaba el reto, y un mundo de cámaras de vigilancia y guardias jurados se abrió ante sus ojos. Así creció en el anonimato, mejorando día a día sus dotes intrusivas, conociéndose al dedillo todas las propiedades cercanas a la suya mientras intentaba compaginar su adicción con los estudios. Como nunca robaba nada, nunca era descubierto. Desarrolló de esta forma el arte de la ganzúa y aprendió a trepar y a saltar como un gato, a pesar de no ser ya el niño que era cuando saltó aquella primera valla.

Al quedarse sin objetivos en su barrio no tardaría en comenzar el asalto al resto de la ciudad, cuya anatomía hasta su más íntimo resquicio pudo pronto dibujar de memoria con el paso de los años. Por suerte, faltaban algunos sitios, aquellos sitios que él mismo se había prohibido por el alto riesgo que conllevaban, cánceres en la mente de Pepe Cruz y que crecían día a día en su cabeza: los bancos. Efectivamente, a partir de entonces numerosos bancos fueron atacados sin perder un solo céntimo, y la policía estaba perpleja ante tal habilidad e inventiva para tan infructuosos atracos, en los que el ladrón ni siquiera usaba la violencia.

El curioso caso del ladrón que nunca se llevaba su botín quedó en el legado de la lírica urbana y nunca se llegó a conocer al culpable. A Pepe, sin embargo, sí lo pillaron. En uno de sus robos las alarmas sonaron como siempre y llegó la policía, pero aquella ocasión, en vez de un pasillo vacío se encontraron a un hombre llorando, de rodillas y en silencio, con las manos en la cabeza esperando a ser detenido. Se había cansado ya de todo.

Le esperaban varios años de cárcel, pues le culparon de robos que no había cometido. Ni siquiera se esforzó en desmentirlos. Llevó sus primero meses con la dignidad que había vivido siempre y se consideraba curado por fin de la afección que lo había llevado hasta allí. Y entonces fue a visitarle a Ambrosio.

Parecía el mismo que hace unos años. Estaba más feo, más calvo y más gordo, pero seguía teniendo la misma magia que embaucaba a Pepe de joven. Hablaron un buen rato, principalmente del paso del tiempo, hasta que en un instante, cuando ambos estaban en silencio, a Pepe le fue revelada la razón  por la que estaba allí, la razón por la que se había dejado pillar. Ambrosio miró a los guardias y a las ventanas y dijo con aquel gesto, con aquel mismo gesto, "no hay cojones".

sábado, 10 de noviembre de 2012

Cinco minutos






En el momento en el que le das al botón tienes un minuto para mojarte. El agua se corta durante dos minutos para que de tiempo a enjabonarte entero, cabeza y cuerpo, hasta que vuelve a salir durante otros dos minutos, tiempo que tienes para enjuagarte. Tenía que pasar una hora para poder volver a usarse, y el número de usos al día dependía del número de habitantes de la casa. En mi caso, cuatro.

Siempre  el mismo tiempo. Siempre la misma fuerza. Siempre la misma temperatura. Fría en invierno y caliente en verano. Un solo chorro. Cinco minutos. La ducha tenía un diseño eminentemente disuasorio, claramente enfocado a no gastar agua y a reducir al máximo cualquier posible fuente de placer que pudiera otorgar una ducha. Era metálica y extremadamente estrecha, de tacto aspero en sus lados, ni un solo grifo. Un tubo arriba, un botón en medio, un desagüe abajo.

Un día que me quedé solo, invité a mi novia a casa. Sé que está prohibido y por eso lo hice, y también decidimos ducharnos juntos, porque esto estaba aún más prohibido. La idea me vino de mi tío, que me dijo que de joven podían hacerlo. Me lo dijo a pesar de que hablar del pasado estaba aún más  prohibido si cabe. Al intentar  entrar los dos al mismo tiempo nos dimos cuenta que solo podíamos hacerlo si lo haciamos ya abrazados desde fuera, pues dentro no podíamos movernos. Finalmente le dí al botón, entramos los dos y dejamos que el agua cayera sobre nosotros.

Fueron solo cinco minutos, suficiente para darme cuenta de que la ducha no estaba tan bien diseñada como ellos creían.

Cuentra atrás



Nos quedamos todos muy, muy callados, contando mentalmente los segundos, pero al final nos sentimos algo decepcionados.

Se vio el rayo pero no sonó el trueno.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Chas, chas


Chas, chas.

Le hubiera dado más fuerte de haber podido, pero eran ya muchos los años haciendo lo mismo y se sentía cansada por muchas partes.

Chas, chas.

Los brazos estaban exhaustos de frotar las camisas de sus hijos, que aunque antaño eran blancas, se habían quedado amarillas de los disgustos.

Chas, chas.

En invierno se le congelaban las manos y se tiraba varios meses sin sentir lo que tocaba.

Chas, chas.

La lengua y el oído de todas, sin embargo, se ponían en seguida en marcha para envenenar aún más la ponzoña del pueblo y era impensable que algún día cesaran.

Chas, chas.

Vela (Fragmento)



    Se escucha un sonido metálico al fondo, como el de una moneda de veinte céntimos cayendo en una pequeña caja de latón, exactamente ese. Entonces imagino a la electricidad viajando por los cables, pero ella es más rápida que yo y la vela de mentira se enciende, allí al fondo de la iglesia, antes que en mi cabeza. La veo acercarse y me derrito por dentro, y me pregunto por qué cree en estas cosas y por qué es tan distinta a mí, y cómo era posible que hubiésemos terminado juntos y qué llena de casualidades está la vida, y que todo sería más sencillo si yo también creyera y por qué demonios pensará Nuria que el bebé nos va a salir tan barato después de tanto tiempo intentándolo. Ya ves tú. Qué serán veinte céntimos para Dios, cuando millones de personas llenan diariamente el cepillo.

    - Vamos ya, cariño-.

    La iglesia nos pillaba cerca. Probablemente mis espermatozoides aún estén en su vagina, intentando abrirse paso. Tal vez lo intentemos de nuevo incluso antes de que mueran.

    En todo caso, espero que la vela aguante encendida hasta entonces.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Entre bambalinas (Fragmento)

 [...]

MARTA: ¿Me has traído eso?

CARMEN: Sí, aquí está.

MARTA: Pues ayúdame a ponérmelo, hija. Tira, tira. (Tira) Estas cosas menos mal que pasaron de moda.

CARMEN: Bueno, nosotras tenemos que seguir llevando tacones. Ya.

MARTA: Listo. ¿A ti quién te ha ayudado a ponértelo?

CARMEN: Andrea

MARTA: ¿Y dónde está ahora? Tenía que haber venido ya a que la pinten.

CARMEN: Ha ido un momento al camerino de Jorge por la discusión que tuvieron ayer.

MARTA: Ah ya veo. A reconciliarse, ¿no?

CARMEN: Cómo eres. Más que a reconciliarse diría yo que a seguir diciéndose de todo, porque ayer se pusieron finos el uno al otro, vaya.

MARTA: Tú sabes cómo son estas cosas. Un día parece que se van a sacar los ojos y al siquiente están buscándose entre bambalinas. Si lo sabré yo bien, que lo he vivido en mis propias carnes.

CARMEN: Pues con las pintas que tienes ahora mismo no me cabe la menor duda.

MARTA: Y qué pintas crees que tienes tú ¿bonita? Que parece que te estás tirando a media compañía. Aunque hay que reconocer que el corsé te queda divino.(Se miran ambas al espejo). Pues ala. Mira lo guapas que estamos de putas.

[...]

Paseo


Siempre viví convencido de que aquel lugar nunca existió, que en realidad lo había inventado cuando era pequeño, que lo había grabado en su memoria, engañándose a sí mismo, como real. Esa era la razón por la cual nunca lo encontraba, a pesar de las caminatas que a veces se prolongaban desde la hora de comer hasta bien entrada la noche, cuando llegaba a casa con la mirada agachada y el no en los labios como respuesta a la pregunta que siempre le hacíamos, a veces con un cierto grado de burla que parecía no reconocer nunca. A esto lo llamábamos los "paseos de papá".

Desde que tengo uso de memoria nos contó cómo era aquel lugar y lo cierto es que yo también creí haberlo visitado durante un tiempo. Pronto otros lugares, reales, algunos por los que paso diariamente y forman parte de mi vida, ocuparon su lugar, y el que aparecía en las historias de mi padre fue relegado a otros rincones de mi mente, menos usados, hasta olvidarlo por completo. Hace poco le pedí que volviera a contármelo, pero me dijo que él también lo había olvidado, y que por eso lo buscaba.

Hace ya tres años se fue a dar uno de esos paseos y no volvió.

Lo único que me consuela es que, probablemente, por fin lo encontró.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Viernes

Por aquella época trabajaba por las noches en una heladería del centro comercial que había a la entrada de la ciudad. Tus abuelos no estaban en su mejor momento, nadie lo estaba realmente, y si quería seguir estudiando tenía que ayudar un poco en casa. Todas los días, a eso de las siete de la tarde, cogía el tren en dirección a las afueras y me plantaba allí hasta la una o las dos de la mañana, dependiendo del día. No es que cobrara muy bien, pero era un trabajo.

El centro comercial era bastante grande y tenía de todo, pero lo que más me llamaba la atención era el cine, que estaba justo enfrente de la heladería.Como te puedes imaginar, tú que me conoces, servir helados no era algo que me apasionara, por lo que siempre buscaba la más mínima oportunidad para evadirme. Entre sesión y sesión no solían venir muchos clientes, casi todos llegaban en marabunta tras terminar su película. Durante ese tiempo me entretenía mirando la extensa cartelera, e imaginando qué ocurría en las películas, por lo que siempre tenía la sensación de haber visto todas. Después escuchaba las conversaciones de los clientes sobre esta o aquella película, y aunque al principio ponía la oreja para enterarme qué tal estaba y de algunos de los entresijos de la trama, terminé haciendo oídos sordos, porque casi siempre el guion que estaba en mi cabeza me resultaba más interesante que el de la película en sí. Debo reconocer que no solo me montaba películas a través de las que estaban en la cartelera, sino también a través de los espectadores que iban a verlas. Me encantaba observar su fisionomía y su comportamiento, el patrón social establecido, las familias, los amigos, las parejas, las prisas por no llegar tarde, la ilusión de los niños y no tan niños, las caras de satisfacción o decepción en la salida y el murmullo de sus críticas espontáneas. Para mí todo un espectáculo diario tras la barra  de treinta tipos de helados adecuadamente adornados para llamar la atención del consumidor hambriento. De esta forma estuve varios meses viendo y sirviendo cientos de películas y helados, uno detrás de otro.

Pero hija mía, toda historia, por muchas vidas que cuente, tiene un misterio. El misterio era ella, una joven que acudía cada viernes al cine, a la sesión de las diez y media, sin excepción. Los primeros meses que trabajé allí nunca llegué a verla, por lo que no sabía cuánto tiempo llevaba ya cumpliendo este estricto ritual. Un día me fijé y no pude evitar verla de nuevo en las sucesivas semanas, con una puntualidad pasmosa, fuera cual fuera la película, sacando su entrada y dirigiéndose posteriormente  hacia las puertas del cine. En cada ocasión la seguí con la mirada hasta donde la cristalera me permitía ver, perdiéndose en la opacidad del muro. Era bien consciente de cuánto duraba la película de aquella hora y allí estaba yo, casi tan puntual como ella, esperando su salida para verla, aunque fuera tan solo unos instantes, para desaparecer de nuevo. Aumentó en mí aún más si cabe la curiosidad por el cine, pues algo muy poderoso debía tener para atraerla de esa manera. Sin embargo durante ese tiempo nunca supe con certeza cómo era realmente, pues la distancia y los reflejos de las mil luces que nos rodeaban emborronaban su imagen. Esto sin duda ayudó a que creciera en mi mente diseñada a mi antojo y voluntad, y mentiría si dijera que no me estaba enamorando de ella y del cine al mismo tiempo. Así de caprichoso es el ser humano, pues no nos enamoramos de las personas ni de las cosas, sino de la concepción que tenemos de ellas, sobre todo si no las conocemos.

 En los minutos muertos entre tarrina y tarrina, mi mente comenzó a cavilar la razón de tal constante hábito y, principalmente, y esto era lo que menos entendía, la razón por la que siempre iba sola. Fueron varias las teorías que fueron pasando por mi cabeza, y todas me mantuvieron absolutamente convencido durante un tiempo, hasta que llegaba la siguiente y ocupaba su lugar, convirtiendo a la anterior en poco menos que una locura pasajera. Así funcionamos al fin y al cabo.

Al comienzo supuse que tal vez le gustaba el cine, simplemente.

Tal vez era una de esas personas que desarrollan un hobbie hasta tal punto que se convierte en un elemento de su vida tan importante e inevitable como comer, dormir o respirar. Se había convertido en una adicta , que cada semana, fuera la película que fuera y tuviera la calidad que tuviera, necesitaba su dosis que le permitiera aguantar una semana más, y así hasta que muriera ella de una sobredosis, o el cine muriera antes.

Tal vez saliera de trabajar justo a esa hora y fuera su forma de despejarse después de un duro día.

Tal vez el cine, las imágenes, la oscuridad y la luz luchando por hacerse con la sala, el ruido y el silencio luchando asímismo por hacerse los dueños de su oído, la permitían evadirse, crear un espacio de inmunidad donde pudiera dejarlo todo fuera y limpiarse por dentro, quedando impune de este mundo y de las cosas que hay en él, intentando corromperla.

Tal vez fuera crítica de cine.

Tal vez no fuera más que un fantasma, un reflejo tras los espejos animados de los locales, una ilusión creada a raiz del aburrimiento, el desengaño y la esperanza, dipuesta a engañarme semanalmente y a seguir alimentando a este iluso, como hacen las películas cuando intentan convencernos de sus finales felices, a pesar de que son imposibles, o nos embaucan y nos hacen partícipes de sus mentiras al hacernos creer sus efectos especiales.

Tal vez me estaba volviendo loco.

Pero un día me miró. No estaba preparado para aquello y oculté mi mirada, derrumbándola en los helados. Cuando la levanté de nuevo la vi entrando en la heladería y dirigirse a mí.

- Una tarrina pequeña de ese, por favor - Y lo señaló con el dedo, posándolo sobre el cristal que los cubría. Me quedé callado e inmóvil, hasta que vi que iba a hablar de nuevo.
- ¿Por qué siempre vienes sola al cine a la misma hora todas las semanas?
- ¿Cómo?
- ¿Por qué siempre vienes sola al cine a la misma hora todas las semanas? - Volví a balbucear.

Esbozó una leve sonrisa. Tal vez ya me había visto mirándola otras veces, y entrar en aquella heladería fue una forma de ponerme a prueba.

- Gané un concurso y me tocaron entradas gratis durante un año.

Y así, hija mía, es como conocí a tu madre.

lunes, 22 de octubre de 2012

Zapping


Un día puse dos teles, una en frente de la otra, y las deje encendidas. Fueron tantas las mentiras que se contaron mutuamente en unos canales y otros, que terminaron queriéndose, admirándose la una a la otra por tal cantidad de cosas maravillosas en su interior. Cuando dio la casualidad que sintonizaron el mismo canal y fueron conscientes de aquella farsa, se apagaron solas con un sentimiento mezclado de desengaño y culpa.

Aquello sin embargo no les impidió seguir mintiendo cuando volví a separarlas.

martes, 16 de octubre de 2012

El tiempo

Paseaba por la playa como lo había hecho tantas otras veces, solo, observando como la siguiente ola se comía a la anterior, y la siguiente a la segunda, y así a lo largo de toda la costa, hasta donde su cámara alcanzaba a enfocar. Casi siempre hacía el mismo recorrido, partiendo desde el peñón del toro, donde dejaba el coche aparcado casi metido en la arena, hasta llegar hasta el faro, por donde ya no se podía seguir salvo nadando, porque la piedra invadía al mar. A diferencia de lo que suele ser lo habitual, la vuelta siempre se le hacía más larga que la ida, porque el sol ya se había ocultado y esa era fundamentalmente la razón de su paseo.
   
Cada día, y hacía algunos años ya que no faltaba a la cita, hacía el mismo recorrido para plasmar el atardecer con su cámara. Eran ya miles las fotos que guardaba en su ordenador, pues hacía varias en cada una de sus visitas al horizonte. Cualquier otro ojo hubiera visto una sucesión de imágenes idénticas (no había nadie que las viera), pero  ninguna era igual a otra, ya fuera por la disposición de las nubes, la hora, la época del año o el lugar concreto desde el que detuvo instantáneamente el tiempo. Lo cierto es que juntando todas ellas podría hacerse una fiel reconstrucción de la fisionomía de la playa en cualquiera de los estados en las que podía ser observada.
   
Aunque aún no para él.
  
 Para nuestro singular amigo faltaba una sola foto, aquella que estaba en el centro de este particular conglomerado y cuya ausencia descomponía su armonía. Él la llamaba "la imagen", aquella que contenía a todas las demás. Era cuestión de tiempo que se encontrara con ella, y así lo hizo un día que no guardaba grandes esperanzas, pues el cielo estaba absolutamente raso y el sol muy tímido. Captar esa imagen justificaba por sí sola eliminar todas las que había hecho hasta entonces, y así hizo en cuanto llegó a casa y encendió el ordenador, dejando únicamente a la última en el centro del escritorio.
 
  Por fin, mientras cenaba, pudo ver el tiempo de después del telediario. Allí estaba su foto. Debajo, con letra blanca y clara, su nombre y el apellido de sus padres temblaba en la gran pantalla, y entonces sintió el escalofrío que había estado buscando.    
 
  Mañana por la mañana encontraría un nuevo lugar para la quinta imagen, y al atardecer tendría una nueva cita.

domingo, 19 de agosto de 2012

Soneto I


Olvido en la intemperie el pensamiento,
ahogado en una soledad sin pero,
inconsciente de tu estado, sincero,
no distingo entre hielo, lluvia o viento.

Muchas son ya las veces que te siento,
sediento, y pocas son las que opero
a pecho abierto tu cuerpo, adúltero
esprintar cansado al último aliento.

Mas en tu no estar reside tu gracia,
y en mi cuerpo la esclavitud y errada
convicción de nuestra extrema falacia.

No importa acariciar tu piel mojada,
pues más sacia a mi corazón tu ausencia
que la corriente de tus labios, nada.

lunes, 6 de agosto de 2012

Por suerte...

Si todos fuéramos realmente conscientes del tiempo que nos han dado, la literatura estaría llena de rayuelas, la pintura de gritos y la música de estaciones.

Por suerte, no es así.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Observación


No sé si era una madre mayor o una abuela joven, pero la llevaba en brazos, sujetándola con sumo cuidado. No paraba de hacerle ruidos, los que los adultos consideramos que les hacen gracia a los más pequeños, a los que la niña respondía con una carcajada infantil, siempre la misma. Al verla, cualquiera hubiera dicho que nunca se cansaría de escucharlos.

Después de alejarla del lugar donde estaba el resto de la familia, la dejó en el suelo. La niña apenas podía sostenerse de pie sobre la playa de piedras diminutas y, poniéndose a gatas, comenzó a jugar con estas. Se sorprendió al sentir las piedras cayendo desde arriba en vez de reposar abajo, y es que la mujer comenzó a coger pequeños montoncitos para echárselos suavemente por la espalda. Se dio entonces la vuelta, sentándose, usando el pañal para no hacerse daño, y observó atónita como las piedras se desparramaban en el aire y caían desde la mano al suelo, perdiéndose de nuevo en el anonimato del resto. Intentó entender la gravedad e interceptarlas con la manita, sintiendo una a una, como se perdían entre sus dedos.

Poco después la cogieron de nuevo y se la llevaron a la orilla a descubrir otras cosas, olvidando  al instante lo que acababa de vivir. Mantendría sin embargo, durante el resto de su vida, un extraño placer al sentir piedrecillas cayendo sobre su espalda.

martes, 24 de julio de 2012

Brillante

Le habían repetido varias veces que no podía tocar nada, sin constatarse de que su insitencia aumentaba su curiosidad y la obligaban a hacer lo contrario. Dejó la bandeja en la mesita del centro del recibidor, pero no pudo evitar echar un vistazo al resto de la suite del hotel.

Solo cogió unos pendientes bastante sencillos, que se puso enseguida, muy parecidos a los que había perdido el día anterior. Aquello le permitiría no sentirse tan culpable y la señora probablemente tardaría un buen tiempo en echar en falta sus peores pendientes. Tras dejar aquel joyero exactamente como estaba, siguió curioseando la cama, el baño e incluso el balcón, que tenía las mejores vistas, forzando una normalidad inexistente.

Cuando salió intentó poner cara de no haber cogido nada, aunque aún no estaba lo suficientemente entranada y todo con el que se cruzó supo al instante que algo ocultaba. Solo era una camarera. Pasó por pasillos y escaleras, evitando los ascensores, siempre con la mano encima del bolso donde ocultaba los pendientes y los anillos.

La esperaban fuera. El de seguridad de la puerta se despidió como siempre lo hacía de aquella chica tan maja, aunque aquella sería la última vez que la vería. El coche avanzó unos cuantos metros y desapareció por la esquina. Lupina, que era como le gustaba hacerse llamar en el mundillo, sacó del bolso algunas de las pulseras y se puso a probárselas.

¿Te gustan, cariño?

viernes, 20 de julio de 2012

Raíles


El tren ya se veía a los lejos, y los raíles se anticiparon a su llegada temblando y sintiendo el rumor en su interior, a pesar de que aún quedaban varios kilómetros para su paso. A medida que se acercaba intentaba salirse en cada curva, inclinándose, imperceptiblemente para los  pasajeros, pero deseoso de tomar otro camino y girar al lado contrario, y ver qué había tras el decorado de cartón piedra que se levantaba a ambos lados en forma de montaña. Era normal que se hubiera cansado de ver siempre el mismo escenario, y este era un secreto compartido por todos los trenes.

    Papá
    ¿Dónde nos llevan?

    La locomotora, que escuchaba todos y cada uno de los comentarios, rumores y quejidos de los cientos de pasajeros que transportaba, mezclados con el traqueteo metálico de sus ruedas y el crepitar del carbón de su alma, sabía muy bien adónde iban. Cientas había sido las veces que el padre, o la madre o quien fuera que se había quedado finalmente con el niño, con una mueca en la cara para evitar que se intuyera por su gesto su destino, habían usado el silencio como respuesta. No ocurrió aquella vez.

    Donde nos merecemos

    Y al decir esto deseó volver atrás, al momento y al lugar donde se gestó todo. Al momento en el que el miedo pasó a convertirse en rutina, como respirar, y comer dejó de serlo. Al lugar en el que todos buscaron cobijo, sin atreverse a salir, dejando que se hicieran con todo. Quiso volver atrás para salir a la calle y hacer que otros salieran, odiando cada minuto que se quedó encerrado, por temor a perder lo que ya no tenía. Ya era demasiado tarde, pero solo entonces sintió como el tren se inclinaba levemente, y apoyado en los tablones laterales, cambiando de lado en cada curva, quiso también salirse de los raíles y seguir por cualquier sitio menos el trazado, y quiso también dirigirse al cartón piedra, romperlo y ver qué había detrás.

    Porque siempre hay algo detrás del decorado.

martes, 17 de julio de 2012

San Martín (Fragmento)



Aquella mañana hacía frío, pero no podía decirse que fuera una de las peores del invierno. Los barcos reposaban tranquilos, susurrándose los unos a los otros a través del agua. Los más grandes solían ser los que hablaban, con su voz hueca y profunda, pues eran lo que habían hecho las travesías más largas, y conocían otras costas y otros mares, e incluso juraban que algunos de ellos no eran tan fríos como el que tiritaba bajo su panza. La mayoría, sin embargo, apenas había navegado un centenar de kilómetros mar adentro y desconocían lo que había en el horizonte, pero esos barcos eran más pequeños, blancos y plastificados.

    San Martín, a pesar de ser uno de los más grandes y respetados del puerto, era bastante callado. Todos los consideraban bastante tímido e incluso podría decirse que era un pesquero asustadizo. Le asustaba que los peces se revolvieran y saltaran los unos sobre los otros en sus tripas, pero también las gigantescas redes con las que los pescaban. Con el tiempo había logrado acallar los suspiros que provenían de su interior durante las largas travesías, concentrándose en el ruido de las olas al romper contra su casco. Por suerte no quedaba más que silencio y humedad cuando llegaban al puerto, lo amarraban al dique y lo libraban del peso que había transportado. También le asustaba la noche, y el hecho de avanzar a oscuras y que su casco negro se confundiera con las olas, y no saber dónde acababa él y empezaban ellas, aunque el amanecer siempre volviera a delimitar sus fronteras. Lo que más le asustaba era, sin embargo, el mismísimo mar, esa monstruosidad líquida que se extendía por debajo y por todos lados, y de la que no se veía fondo ni límite alguno. Mirar hacia abajo le daba vértigo, por eso hacia años que no lo hacía. Al fin y al cabo todos los barcos sentían algo de miedo por el mar.

[...]

miércoles, 11 de julio de 2012

Virgen


Estaba en su habitación, absorto ante lo que había creado y con miedo a matar definitivamente el día, o la noche, o como se llamasen a aquellas horas que gotean en el sumidero de la mente, esperando en vano a ser sustituidas por sueño improductivo. Era consciente de que probablemente sería lo mejor que llegaría a pintar en toda su vida, y deseó por un instante, ingenuamente, despertar al mundo entero, incluso a aquellos que no estaban dormidos, para que contemplaran y completaran su obra, con la inherente inocencia del espectador ante algo que no entiende y que sin embargo adula.

 Había mucho tras ese cuadro, pero aún no se había acostumbrado a estar de moda. Era consciente de todo lo que ocurriría en las próximas semanas, porque lo había vivido en otras ocasiones, tal vez incluso en menor medida. Decenas de personas masturbarían su ego diariamente y durante un tiempo podría alimentarse únicamente de canapés y champán si así lo deseaba. Vería desfilar por delante de su cuadro a expertos trajeados de mirada fugaz y lengua suelta, que rastrearían con incomprensible ignorancia la incomprendida muestra que estaría ante sus ojos. La obra se convertiría entonces en una cosa distinta a lo que era aquella noche, monstruosa, deformada por los miles de ojos que la habían interpretado erróneamente y que la habían ido borrando trazo a trazo, robando la armonía de sus colores y líneas para hacerlos suyos, dejando blanco el lienzo y vírgenes sus últimos desvelos.

No. Tuvo miedo y se quedó mirándola, en silencio, esperando una respuesta. Le aterraba que la tocaran, y por primera vez en su vida, negando el sentimiento que le había persequido desde siempre y que le había llevado a donde estaba, no quiso prostituirla. La miró por última vez.

El aguarrás hizo el resto.

viernes, 6 de julio de 2012

Podría



Podría escribir sobre cómo me seduces, introduciéndote en forma de idea en el autobús, por la calle o mientras apago el techo por las noches, y no paras de gritar hasta que saco la libreta y te apunto, y no callas, tranquila, hasta que termino  de esculpirte con mis manos, aunque siga escuchando el eco de la imperfección mientras yacemos, exhaustos, uno al lado del otro.

Podría recordar íntimamente el momento en el que me decides, el instante que comienza a ser difícil distinguirte de la realidad porque te estás convertiendo en ella, y me absorbes como un parásito que me quita un poquito de vida, no mucho, y me la devuelve al rato en forma de sobresalto y siempre deformada, por lo que me cuesta un tiempo darme cuenta de que me has mentido de nuevo.
Podría entonces reconocer que me engañas, haciéndome creer que soy el único mientras me abrazas y recordándome que hay otros cuando te vas de nuevo, saciada, dejándome seco por dentro y esperando tu regreso.

Podría admitir que no es la primera vez ni la segunda, que es tarde y aún sigo aquí, que me gusta cuando estamos a solas y lo hacemos, pero no quiero.

No quiero que sepan que me acuesto contigo.

jueves, 5 de julio de 2012

El círculo (Fragmento)


La pequeña aldea parecía desierta. Aquella noche los morfos y los amorfos habían decidido darse unas horas de tregua, pero seguía sin haber entendimiento por ninguna de las partes. Trazo era tan insignificante que nadie le prestaba atención, pues no despertaba ni simpatía ni antipatía por ninguno de los bandos. Podría decirse que era el único que veía lo que estaba pasando allí como lo que era, una simple locura.

Un ejemplo sencillo. Semanas antes el alcalde de la ciudad había ordenado que pintaran un círculo en el suelo en una gruesa línea de tiza blanca. El alcalde era un morfo con el rostro y los brazos desmesuradamente largos y el resto del cuerpo como el de un enano, de forma que iba arrastrando por la ciudad sus uñas tranparentes y avisando al resto de su presencia allí por donde pasaba. El círculo había sido una de sus últimas ocurrencias. Apenas mediría un par de metros de diámetro. La idea era que el amorfo elegido ese día no pudiera moverse del círculo durante tres horas, como si de una cárcel al aire libre se tratase, y que ningún objeto material pudiera entrar, solo el sonido. De esta forma el amorfo seleccionado tenía que soportar los insultos  de los más jovenes y los comentarios solapados entre los dientes podridos de los más viejos sin poder hacer nada, ya que la tiza permitía la entrada al sonido, pero no la salida. Una vez al día, la "comisión gestora del círculo" (así es como la había llamado el alcalde) elegía a un amorfo de forma aletoria entre los ciudadanos.

Pasado un tiempo, en el que los amorfos ya estaban acostumbrándose a este nuevo atropello, llegó un día nublado. En medio de la plaza, como siempre desde las cinco hasta las ocho de la tarde, un amorfo miraba el cielo, aburrido. Hacía algo de frío y la plaza estaba completamente vacía. De pronto sonó un trueno y el suelo se fue llenando de miles de puntos diminutos hasta que la lluvia comenzó a hacerse visible y no tardo en empapar al amorfo. Eran las seis de la tarde. La tiza, asustada por la lluvia, comenzó a deshacerse lentamente, y al cabo de poco tiempo apenas podía distinguirse la formación que había tomado hasta entonces. El amorfo miró a su alrededor, y viéndose libre del círculo, pues el agua había oxidado los barrotes, comenzó a andar pesadamente por la plaza. Se escuchó una ventana abrirse, y otra más al fondo, y después un grito. Fue solo entonces cuando la lluvia empezó a caer acompañada de huevos, patatas, tomates, cualquier cosa que las familias morfas de la plaza pillaran a mano para evitar la fuga del reo. A duras penas consiquió el amorfo volver a donde anteriormente estaba el círculo y solo entonces, cesó el fuego y comenzaron los insultos, pues los morfos cumplían estrictamente la ley.

martes, 3 de julio de 2012

Espectáculo

¿Qué sería de esta vida sin el drama?

Queridos espectadores. Habéis venido hoy aquí a contemplar, a evadiros de vuestras vidas para vivir efímeramente la de otros mientras que os imaginais sus quehaceres en las vuestras. Todo debe ser ficción, y ficción es también fuera del escenario, donde los verdaderos personajes y las verdaderas tramas se desarrollan a diario, normalmente castradas sin compasión por la vil conciencia, pero ansiosas de ser descubiertas, de complicarse demasiado o de desembocar en llanto, sonrisa u orgasmo.

Es desde aquí que os pido, desde el tablado donde cobra forma la irrealidad que tanto nos asusta, que la dejéis entrar en vuestra vida. No permitáis que las acotaciones guíen vuestros actos. Disfrutad de la incertidumbre de lo absurdo, dejad de mirar el reloj y comenzad a sentir el tiempo, que el fluir de los actos enrede las sábanas de vuestra rutina y os haga sentir muertos para después haceros sentir vivos. Perdeos en el gran teatro del mundo.

¡Levantaos, besaos, odiaos! ¡Que prosiga el espectáculo!

Mensaje

El policía se quedó mirando a una de las chicas, que aún tenía la indecencia de sonreir en los tiempos que corren. Sostenía en su mano derecha un pequeño papel que debía estar escrito en su totalidad y con letra muy pequeña, debido al rato que llevaba ya leyéndolo. Estaban todos sentados, esgrimiendo verdades en sus gargantas y pancartas y carteles en sus manos. Todos menos ella, que leía en silencio en medio del ruido.

Una orden ronca en su pinganillo inició el desalojo. Sin quererlo, se vio empujado por sus compañeros y enseguida se encontró encima de los manifestantes, casi pisándolos, no dando abasto en su intento por cogerlos de los brazos y de las piernas y de donde pudiera, con movimientos secos y mecánicos memorizados del grotesco vals que componía su coreografía diaria. Entonces la vió. Seguía sentada, con el papel en la mano, pero sus ojos abiertos parecían recién despiertos, sorprendidos ante lo que estaba ocurriendo a su alrededor. La sonrisa la ocupaban ahora unos dientes fuertemente apretados y una boca fruncida que gritaba al ser balanceada. Antes de soltarla, al otro lado de la calle, le dio tiempo a quitarle el papel de las manos. Arrugado entre sus guantes negros, pudo mirarlo durante un solo segundo, antes de tirarlo al suelo y seguir arrastrando cuerpos.

Solo contenía dos palabras.

lunes, 2 de julio de 2012

Nos ha dejado




Lo había dejado todo perfectamente preparado porque él ya había sido "ángel de la guarda" en otras ocasiones, con algún amigo que había muerto prematuramente.  Al fin y al cabo no era la primera generación que moría desde la creación de las redes sociales y ya todo el mundo se había acostumbrado a la nueva funcionalidad de Facebook. Legó el privilegio a David, uno de sus mejores amigos, que se encargaría de gestionar su perfil durante la semana siguiente de su muerte. Esta vez, por lo tanto, vio reducido su trabajo a la mitad, porque todas las cosas que tenían que hacerse durante el velatorio y el entierro, que eran las más pesadas, se las iba a ahorrar, y, quieras o no, es un alivio.

Por suerte la muerte le llegó lentamente, así que pudo twitear desde su cama del hospital cómo se sentía en cada momento. Nunca como ese día tuvo tantos seguidores, y ese es un buen recuerdo para llevarse a la tumba. Todo el mundo estaba ya al corriente de las visicitudes del acontecimiento, como qué ataud había elegido, el lugar donde se celebraría el velatorio e incluso las flores que iban a ponerle. Igualmente se tomó la libertad de elegir lo que quería que se leyese en su misa, e incluso hizo una encuesta sobre qué fragmento gustaba más a sus amigos. No puede decirse por lo tanto, que su muerte llegara por sorpresa.

Cuando finalmente murió, lo primero que hizo David fue actualizar su estado a "muerto" y encargarse de ir colgando fotos que pudieran simbolizar sus últimos pasos: la cama ya vacía, el pasillo por el que se lo llevaron, la sala de espera con los hijos destrozados, el velatorio, etc. Todas ellas se llenaron de "Me gusta" y mensajes de recuerdo al fallecido y ánimo a las familias. A todos les salía una ventanita avisando de que fulanito había muerto, por si quería dejar un mensaje directamente.  Una vez en el velatorio todos se aseguraron de salir en la foto, para demostrar que estuvieron allí despidiendo a su amigo, aunque a la mayoría les resultaba difícil posar con cara de tristes, lo que daba lugar a las más muecas más variadas. El entierro fue emitido en stream por internet para todos aquellos que no habían podido estar, y hasta usaron varios móviles para que pudiera verse desde distintos ángulos.

A la semana el facebook quedaba totalmente cerrado a nuevas entradas, pero abierto a todos los usuarios que desearan verlo y de esta forma reconstruir la vida de su amigo. El dibujo de un bebé acompañaba la fecha de su nacimiento, y el de un ataud (aunque este era personalizable según tu religión) el de su defunción. Un gran "Nos ha dejado" encabezaba la portada de su biografía.

De esta forma pasó a formar parte de los millones de facebooks de gente muerta, que ya superaban al de los vivos.

martes, 19 de junio de 2012

Calle

El recinto era bastante grande, tan grande que tenía varias piscinas para adultos y para niños, seis pistas de pádel y numerosas zonas infantiles, todas ellas con sus coloridos e intocables toboganes (porque te quemas), columpios, balancines y suelo acolchado. La verdad es que no estaba nada mal, sin embargo, no era lo suficientemente grande para Iván.

Varias habían sido las veces que, apoyado contra los barrotes verdes de los límites, se quedaba mirando pasar los coches, imaginándose fuera, subiendo por el monte seco. ¿Cuántas veces habría inventado lo que había detrás? Sus amigos no parecían compartir sus inquietudes, y se limitaban a jugar en el terreno que les había sido asignado, quedando en nada sus intentos de convencerles de salir sin que las madres se enterasen. La suya, sentada en un banco, incosnciente y despreocupada de las maquinaciones de su hijo, solía fumar, reírse a carcajadas con sus amigas y sonreir al jardinero, cosas que Iván odiaba a partes iguales.

No le resultó difícil por lo tanto, eludir la vigilancia de su madre y salir por una de las puertas laterales a la calle, que un amable señor con maletín dejó abierta tras su paso. Dio los primeros pasos hacia arriba decidido, con la libertad que da poder andar más de cinco minutos hacia delante sin encontrarte un muro, caminando por la acera que tantas otras veces había visto tras las barras, pero a medida que llegaba el monte, este fue haciéndose cada vez más grande ante sus ojos. Cuando llegó al borde de la acera, donde terminaba la ciudad y nacía el campo, era casi más alto que los bloques. Se vio tan solo y tan pequeño que tuvo miedo, y dándose media vuelta, con las lágrimas saltadas, inició de nuevo el camino hacia el recinto. Entró junto a varias chicas en bañador y en cuanto llegó a donde estaban los demás, esperando ser recibido por los grutos angustiados de las madres, se dio cuenta de que nadie se había percatado de su ausencia. Los niños sequían jugando al escondite en los mismos pirales de siempre y las madres atropellándose mientras hablaban. El jardinero, al fondo, procuraba mantener la jaula en perfectas condiciones.

No se estaba tan mal allí dentro.

lunes, 18 de junio de 2012

Eusebio Fernádez

Esta vez se trataba de Eusebio Fernández. Le resultó curioso, porque compartía nombre con el criminal, y le dió la sensación de escribir su propia condena.

Solo se oía el ávido y nervioso rasgar de la escritura en el papel, que se quejaba por estar entre la afilada pluma y la mesa, mostrándose aterrado por lo que estaba escribiendo sobre él. Muchas eran ya las veces que el general había escrito sentencias de muerte. Las cartas salían de su palacio de un lugar a otro del país, mensajeras del fusilamiento programado, con el nombre de muerto grabado sobre ellas. Muy pocos lograban escapar y sí lo hacían rara vez traspasaban la frontera, y todo ello gracias a los errores aprendidos en el pasado. A los errores que cometieron sus enemigos con gente como él.

La puerta sonó tres veces, hueca, al fondo. Entró entonces su secretario, que había estado esperando convenientemente tras la puerta a que cesara el susurro de la pluma. Recogió la carta tras hacer una pequeña reverencia al general y se marchó de nuevo.

Solo ahora, sentado en su despacho, podía discernir con claridad quiénes eran y por qué se comportaron como lo hicieron. Por entonces fue el sentimiento colectivo, alimentado por la decadencia individual, lo que les unió contra gente como la que firmaba aquella carta y los apeó de sus caros sillones y sus despachos gigantescos. ¿Eusebio Fernández? Solo eran un nombre más escrito en un papel amarillento. Uno más, uno menos. Era necesario para que todo funcionara.

Se recostó de nuevo sobre su sillón de cuero a disfrutar de la altura de su despacho y del trabajo bien hecho.

El Café

Por las mañanas tomaba siempre el mismo café solo, oxidado y arenoso que le solían poner en el bar de la esquina. No dijo nada el primer día y desde entonces siempre había ido allí, por lo que supongo que se había acostumbrado. Un periódico y un cenicero vacío de cristal eran sus únicos acompañantes desde que entraba hasta que salía, salvo la obligada visita de Carmen para traerle la taza junto a dos sobrecillos de azúcar. El periódico, aunque era distinto todos los días, nunca atrajo demasiado su atención, pues casi nunca pasaba de la portada, y tampoco ensució nunca el cenicero. Siempre gastaba un sobre y medio de azúcar, dejando el restante junto a la cuchara en el plato.

Era un buen cliente.

El último día que lo vi, Carmen lo interrumpió cuando se dirigía a su sitio habitual en el fondo del bar, pegado a la puerta del baño y con la tele de espaldas, con el periódico en la mano y sin haber dicho siquiera buenos días al entrar.

- ¡Buenos días, señor Julián! Le tengo hoy una sorpresa. Verá usted qué bueno está ahora el café. Estamos estrenando cafetera nueva, alemana, fíjese usted qué bonita es. Ande, siéntese que se lo traigo. ¿Como siempre, no?- Sonríe- Para qué pregunto. Buenísimo.-

Asintió como única respuesta. La máquina empezó a silbar de forma distinta a como lo hacía la otra, y por primera vez que yo recuerde levantó la vista del periódico para bajarla de nuevo enseguida. Carmen le llevó un café por primera vez aceptable y de calidad, pero al probarlo solo tuvo una respuesta que periódico, cenicero, camarera y medio sobrecillo de azúcar escucharon sorprendidos.

- Vaya puta mierda de café.

viernes, 20 de abril de 2012

Fe

Levantado el brazo al cielo, envidio
la inocencia y vanidad de tu gesto,
pues es cierta la gloria de tu gesta
aunque falso Dios sea y su perfidia.

sábado, 3 de marzo de 2012

Vuelta

Hace muchos, muchos años, vivía un joven con la extraordinaria habilidad de saber lo que quería. Había ido consiguiendo a base de constancia todo lo que había deseado, forjándose una gran popularidad en donde vivía, pero aún no había encontrado a la mujer que llenara su exigencia. Tras rechazar a cientos de ellas, hizo la promesa de que la terminaría encontrando por mucho que le costase.

Un día, un extranjero llevó a su ciudad algo que había estado viajando de boca en boca durante no se sabe cuánto: el rumor de que existía una mujer con su mismo don en la otra esquina del mundo y que, a su vez, había hecho la misma promesa. Decidió entonces dejarlo todo y viajar hacia el oeste, en su encuentro. Tras varios años de travesía llegó finalmente al pueblo de la joven, pero no la encontró allí, pues según supo de los lugareños ella también había oído hablar de él y había hecho exactamente lo mismo, partiendo hacia el oeste. Si alguna vez tuvo dudas de si era ella la adecuada, se disiparon al instante, y sin siquiera pasar la noche allí, partió en busca de la estela de su amada, con la esperanza de alcanzarla. Lo mismo le ocurrió a la chica en el pueblo del joven, y apretó igualmente su paso.

Desde entonces, muchas fueron las veces que pasaron por el pueblo propio y el ajeno, en el transcurso de los años. Ninguno de los dos se dejó convencer por sus vecinos de que esperaran allí, que el otro pasaría de nuevo en su busca como otras veces había ocurrido. Ambos estaban convencidos de alcanzarse en lo que se convertiría en una persecución eterna.

Murieron ambos en el mismo instante, solos, en la antípoda exacta.

jueves, 1 de marzo de 2012

Paso

Antes de llegar al fondo de la calle ya había pisado la primera, pero cada día, contando la ida y la vuelta, pisaba al menos tres o cuatro.

Lo cierto es que siempre avanzaba con la mirada agachada, con la cabeza, la espalda y casi todo el cuerpo metido en el libro. Había automatizado el recorrido desde el instituto hasta su casa de tal forma que conocía cada centímetro de suelo, cada pequeño salto que tenía que hacer en los bordillos, hasta el ángulo exacto en el que tenía que girar en las esquinas. Todo por no perder ni un ápice de lectura.

Lo aleatorio, sin embargo, no podía controlarlo. Por eso siempre terminaba pisando las mierdas de perro.

viernes, 24 de febrero de 2012

Apagón


Una de las noches en que se fue la luz estaban cenando en la cocina, bajo el frío fluorescente que habían instalado pocos meses atrás. La oscuridad mudó a los comensales e invitó al silencio como pareja de baile, pero pocos pasos dieron antes de que el padre, de nuevo, iluminara la habitación y sesgara al silencio con la chispa de su mechero.

Mientras se dirigía a ver si habían saltado los plomos, dibujando a su paso los pasillos, los demás se quedaron sentados en la mesa. Estaban completamente quietos y con los ojos y oídos muy abiertos e incapaces, sintiendo cómo, a medida que se alejaba, la pareja volvía tímidamente a hacer acto de presencia, y finalmente a abrazarse.

Oscuridad y Silencio bailaron, durante varios segundos, sobre las cabezas. En su movimiento, la primera trató de iluminar levemente los ojos de los comensales, y la segunda de chillar su secreto en sus oídos, en un pitido cada vez más estrepitoso. Ambas enmudecieron cuando volvió la luz y se oyó un grito del padre. Una se escabullió en los rincones más ocultos de muebles y cajones, mientras que la otra huyó al lugar más recóndito y aislado de la casa.

Tendrían que esperar a que se acostaran para volver a verse.

domingo, 12 de febrero de 2012

Artificio


Hola a todos.

Normalmente el blog exigiría otro de mis relatos, pues tengo muchos pendientes, pero he encontrado este trozo de papel garabateado en una de las papeleras de mi confundida imaginación y no he podido evitar compartirlo con vosotros. Lamento deciros que es anónimo, pero confío en que su lectura justifique, al menos en parte, las razones que llevaron al autor a componerlo. Aprovecho para pedir perdón al propio autor por hacerlo público sin su permiso, aún sabiendo casi con total seguridad que aún no ha nacido.

Sin más dilación, lo transcribo literalmente en la medida en que he podido hacerlo, pues no he encontrado la forma de colgar el original.


En breves instantes voy a conocer a aquella que va a quitarle el sentido a mi trabajo, a lo único que, humildemente, sabía hacer bien en la vida.

Dicho esto a modo de aterrador título, y antes de escribir nada más, quiero excusarme por la pobre letra y la escasa fluidez de la narración que, sin duda, seguirán a estas palabras. Estoy escribiendo en mi cuadernillo, de pie y rodeado de numerosos codos que no hacen más que importunarme. Volviendo al tema que me ocupa, lo cierto es que somos muchos los que esperamos para visitar a la última maravilla de la neoliteratura y la ciencia, y por lo que he podido comprobar, despierta sentimientos de admiración y rechazo por partes iguales entre los que aquí estamos. La mayoría, personas ajenas al mundillo, pero que dependen de él, están visiblemente entusiasmados. De mis compañeros, algunos dicen resignados que esto se estaba viendo venir, que era cuestión de tiempo teniendo en cuenta los avances que se habían hecho en el ámbito durante las últimas décadas. Otros, sin embargo, se aferran a la esperanza de que los lectores  preferirán las historias a la antigua usanza. Somos muy pocos los que, como yo, callamos, porque tenemos algo muy dentro que se nos está muriendo simplemente con pensar en ello.

Ya están abriendo las puertas. Veo como decenas de gafas se abalanzan para ponerse los primeros. Prefiero esperar un poco y sentarme cómodamente en las últimas butacas. Al hacerlo me percato de que están todas ocupadas. Seguimos esperando un rato más mientras el telón rojo del fondo yace aún tranquilo. En su aburrimiento algunos miran hacia atrás y se extrañan de que escriba con bolígrafo. Me jugaría lo que sea a que alguno de ellos no había vuelto a coger uno desde Primaria, donde por suerte aún era obligatorio aprender a escribir a mano. No me extraña que hayamos llegado hasta aquí.

Por fin se separan las cortinas. En un escenario desnudo puede verse una pequeña mesa en el centro con un pequeño dispositivo metálico encima. Al fondo se ve un tapiz en el que aún no están proyectando nada. En el ambiente se nota un murmullo de decepción, pues todos esperaban sin duda una compleja y gigantesca máquina de luces centelleantes. Todo está oscuro, salvo la caja. Ahora acaba de salir un hombre trajeado del fondo del escenario, con una sonrisa que no le cabe en la cara que me hace odiarlo aún un poco más. Nos explica lo que ya todos sabemos y no tarda en dar paso al momento que todos estábamos esperando, que era el de ver si realmente funcionaba como decían. Está pidiendo a varios del público que digan palabras al azar, pero no logro entenderlas. Se enciende el proyector y aparecen las palabras que supuestamente han dicho: "luna", "mentira", "penumbra" y "respectivamente".

Siento que mi letra se vuelva aún más ilegible, pero es cierto todo lo que decían. Ante mí tengo uno de los cuentos más bellos que he leído en mi vida, y a la máquina le ha costado apenas diez segundos componerlo. Voy a releerlo. Todo en él parece perfecto, su narración, su estructura, su sentido y su mensaje pasean de la mano hasta el final, y ni una sola de sus palabras queda colgando del resto, sino que al contrario, parecen unidas desde su propia creación con el mismo aura que las de los clásicos que he leído durante toda mi vida. De hecho, me avergüenzo profundamente de lo que estoy escribiendo ahora.

Me he salido de la sala. No he podido aguantar más cuando han empezado a proyectar muestras de los guiones de cientos de páginas que la máquina había sido capaz de crear en tan solo varios minutos. Llevo toda la vida buscándola en vano en cada palabra que he escrito, pero es aquella máquina del tamaño de una caja de zapatos la que ha encontrado la fórmula de la literariedad. No hay por lo tanto, mejor ni peor epitafio que el presente para despedirme.




martes, 7 de febrero de 2012

Nube


Ni siquiera se dio cuenta. De haberse quedado allí, adivino de su pensamiento y mirando atentamente sus labios esperando a que se abrieran, se habría enamorado finalmente de la eternidad . Cuando se dio la vuelta y se marchó, la dejó con la palabra en la boca.

Mientras él se alejaba, la palabra quedó goteando en la comisura de sus labios, a punto de escaparse y morir como un suspiro. Ella prefirió guardarla cuando empezó a sentir su sabor ácido, con la esperanza de escupirla en cuanto reuniera la suficiente locura. De esta forma se quedó, como un silencioso y áspero rumor, en el fondo de su boca.

Pasaron los días, pero la palabra no fue llamada a los labios de su dueña. Estuvo allí olvidada durante meses , mezclada con la saliva, viajando bajo la lengua y viendo como otras, mentirosas, apretadas entre los dientes medio cerrados, salían en su lugar. Resignada, llena de rabia e impotencia, terminó evaporándose y ascendiendo al cielo de la boca, donde comenzó a crecer y a cubrirla toda, y a volverse cada vez más oscura y tormentosa. Lo que un día fue una palabra de amor, se convirtió en muchas de odio, y aquello que no había logrado el deseo iba a lograrlo el desengaño.

 Un día, con la nube oscura ya casi pegada a la garganta, decidió que no aguntaba más. Se puso delante de él y mil palabras descompuestas bajaron y se colocaron en la punta de la lengua. Solo entonces el joven de dio cuenta de lo que ocurría, y abalanzándose hacia ella, encendió la chispa de su boca con la suya.

lunes, 6 de febrero de 2012

Ya queda menos


Lo miraba con las manos heladas y la sonrisa estática, perfilando su  horizontalidad. Alargó sus pequeños brazos sin llegar a tocarlo, aunque sintió su infinita humedad en la punta de sus dedos sucios. Extendiéndolos aún más, se imaginó a sí mismo un poco más abajo de donde estaba, a varios metros de profundidad, buceando con los ojos muy abiertos para ver lo que escondía.

Se frotó los párpados para quitarse la sal.

Su madre pronto tendría la comida en la mesa. Bajando por el mismo sendero por el que había subido, dejó al pequeño trozo de mar en la cumbre.

viernes, 3 de febrero de 2012

Invertebrada



La casa era grande y confortable, pero se encontraba al fondo del pueblo, escondida en una depresión del terreno cuyo origen no se sabía si era natural o cavado a conciencia. Los niños siempre habían ido allí y se imaginaban mil historias sobre por qué aquella casa estaba hundida. Algunos de los más viejos del lugar aseguraban que la casa se encontraba al mismo nivel que el resto en su infancia, que se tenía que haber hundido de forma casi imperceptible con el paso de los años.

Nadie les creía.

Lo que sí era de todos sabido en el pueblo, aunque más por tradición oral que por otra cosa, era que los primeros habitantes de la casa que se recuerdan fueron una pareja ya mayor que vino un día del norte. Se decía que venían del norte porque la mañana que llegaron lo hicieron en un lujoso coche desde el carril del cerro Santo Tomás, y de todos era sabido que por allí solo se podía venir si ibas bajando. La verdad es que nunca llegaron a saber de donde eran realmente, porque apenas se relacionaron con los vecinos salvo en lo mínimamente necesario, y cuando lo hicieron nadie se preocupó por preguntarles. Lo que sí se recuerda es que al parecer el marido se había jubilado recientemente y se habían ido al pueblo a buscar una paz que nunca encontraron, ya que el anciano no llegó nunca a habituarse a la vida rural y la casa no le dio más que problemas hasta el día de su muerte. El funeral se celebró en la propia casa sin que fuera invitado ningún vecino, ni siquiera Paco el albañil, que en los corrillos se jactaba de haber pagado los estudios de su hijo en la ciudad gracias al señorito del norte, que era como le llamaban. Por el carril del cerro de Santo Tomás llegaron, sin embargo, numerososos vehículos de esos que se veían muy de cuando en cuando, e incluso alguno de los que solo habían visto en las postales que traía Juan el artista. Estuvieron solo un día, hacinando sus vehículos al borde de la carretera y alrededor de la casa, y a la mañana siguiente ya se habían llevado al muerto y a la mujer, dejando la casa  con todos sus muebles dentro y a la tierra sin nada que los recordarse. Pascual dice que aquel día el suelo se hundió bastante con el peso de los coches.

La siguiente familia que se mudó era conocida en el lugar, pues venían del pueblo de al lado.  El padre era lechero, y todos los días bien temprano cogía un carro que tenía y se le veía bajando por el carril del sur para volver un par de horas más tarde con el carro cargado. Vivía con su mujer y sus hijos, tres hijas y un niño pequeño. La mayor de ellas, ya en edad de merecer, en seguida llamó la atención de los mozos del pueblo, que empezaron a merodear la casa noche sí, noche también. Ella les respondía desde la ventana, riéndose junto a sus hermanas, que seguían sin entender por qué los chicos iban a visitarla. No tardó en extenderse el rumor de que la mayor de la casa del fondo se escapaba por la noche para irse con Pepe al monte  a darse las gracias. Cuando ella empezó a engordar la madre insistió en que se mudaran de nuevo, pero al siguiente pueblo en dirección al norte. Doña Encarna dice que, de pueblo en pueblo, llegaron a la capital, y que allí los hermanos montaron una banda que se hizo bastante famosa y que de vez en cuando se pasaba por los pueblos para visitarlos. También dice que la casa se hundió aún un poquito más por vergüenza.

Ya por aquella época no se veían las paredes desde el carril, de forma que el tejado parecía crecer desde el suelo y que la única habitación habitable era el desván. Una pequeña escalera de piedra permitía acceder a la entrada principal de la casa, que solo se veía una vez que pisabas el primer escalón. La casa estuvo deshabitada varios años, hasta que la viuda de Don Pancracio decidió irse a vivir allí.

Don Pancracio había sido desde siempre uno de los vecinos más ricos del pueblo, y cuando murió se lo dejó todo a su mujer, pues no habían tenido hijos. Ella se había quedado viviendo sola en la gran casa pegada al ayuntamiento que había pertenecido desde siempre a la familia del marido. Se mudó porque decía que desde la muerte del marido la casa se le hacía cada día más grande, y que de vez en cuando se tiraba semanas perdida por los pasillos, escuchando los reproches de los antepasados por no haber podido seguido la estirpe. Evidentemente, cuando se la vió  atravesando la plaza del pueblo con dos maletas y un reloj de mesa antiquísimo en dirección a su nueva casa, todo el mundo pensaba que se había vuelto loca.

La señora de Don Pancracio no volvió a escuchar las voces que la atosigaban, pero también es cierto que no volvió a escuchar ninguna otra, pues una vez bajó las escaleras de piedra nunca más volvió a pisar la calle. La majestuosa casa que la viuda había dejado abandonada en el centro del pueblo, pues no se había molestado ni siquiera en ponerla en venta, pasó a ser la que despertaba la curiosidad e imaginación de los niños. La casa del fondo, sin embargo, se vio al instante relegada al olvido junto a su dueña, quedando completamente cubierta por la vegetación que la rodeaba. Al pasar el tiempo, todos dieron por hecho que se había quedado abandonada, pero la verdad es que había terminado de hundirse por soledad.

viernes, 20 de enero de 2012

Condena




Es raro que haya llegado tan pronto. La verdad es que ya me estaba aburriendo aquí solo, pues los padres se han ido esta noche a cenar y ella había quedado con las amigas. Seguramente no tendría dinero para salir de fiesta.

Está avanzando por la casa a oscuras. Noté que había aprovechado la luz del pasillo para dejar el abrigo en el perchero y quitarse los tacones. Eso me dió tiempo para esconderme, pues cuando escuché el girar de la llave estaba sentado medio adormilado en el sofá del salón. Apenas la puedo ver en la oscuridad, pero viene tan preciosa como se fue, aunque algo cansada. Se lo he notado en la forma de andar.

Veo que se dirige a su cuarto y enciende la luz de la mesita de noche, iluminando tibiamente el pasillo. Con los tacones aun en la mano veo que  avanza hasta el zapatero, donde los demás, cuidadosamente ordenados, esperan a los gemelos que faltan. Aprovecho entonces para deslizarme en silencio dentro de la habitación, y me siento en la silla de la esquina. Ella a su vez se sienta en la cama, en silencio y aun sin ponerse el pijama, cosa que me extraña. Tras unos segundos, se tumba, extendiendo los brazos pero dejando los pies en el suelo. Sin poder ver otra cosa desde mi esquina, los observo durante un rato, tan pequeños y completamente asfixiados por las medias.

Lleva ya demasiado tiempo ahí sin moverse. No es normal y la verdad es que empiezo a preocuparme. Tal vez se haya dormido. Creo que me voy a acercar a ver lo que le pasa. Lo hago por el lado opuesto por el que se ha tumbado para poder ver su cara, que hasta entonces había ocultado en el cúmulo de ropa que tiene la costumbre de dejar allí justo antes de salir. Está llorando. Desconsoladamente. Llorando en un silencio que daba miedo, en una tristeza sincera y profunda, igual que había hecho yo tantas otras veces, en mi esquina. No puedo evitarlo, voy a acercarme un poco más, aun sabiendo que no sirve de nada. Dios mío, aunque sé que no me valdría de mucho, pero ojalá fuera omnisciente, así al menos sabría lo que le pasa.

Sigo acercándome para verla más de cerca, y veo su rostro y sus ojos cerrados. Son muchos días viéndola diariamente, admirándola en silencio. Más que nunca, quiero que me conozca, hablar con ella, preguntarle qué le pasa, consolarla, besarla. Acabo de llegar al punto en el que todo lo demás no me importa, y tampoco me importa cruzar la línea. Por primera vez, me atrevo a  tocarla. Abre los ojos sin verme. Se los frota con la convexidad de las muñecas, deshaciendo aun más el maquillaje, pero sigue sin verme. Me vuelvo a sentar en la silla de la esquina.

Observo como por fin se levanta, va al baño a limpiarse la cara, se pone el pijama y se acuesta, dejándome de nuevo a oscuras.

Maldito escritor... ¿Por qué me haces esto?

jueves, 12 de enero de 2012

Suelo



Son las siete de la tarde en un barrio de una ciudad cualquiera. También una calle cualquiera observa el deambular de su anatomía. Ve que va cargada de bolsas, con andar nervioso y frío, intentando buscar la galería más cercana. Apenas cree reconocer a algunos de sus integrantes, tal vez de haberlos visto otras veces, pero a la inmensa mayoría la incluye en la multiforme inmensidad humana a la que llama, simplemente, gente.

Hacía un rato había visto al fondo de la calle a un anciano. Se había fijado porque empujaba un ruidoso carro cargado con su fortuna. No sabe en qué momento perdió la verticalidad del resto, pero cuando volvió a mirarlo se encontraba tumbado en el suelo, inmóvil. Entonces se fijó en ella de nuevo, que seguía pasando por su lado. Al principio, ni siquiera se había percatado de que el bulto que había al lado del carro era un hombre, ni tampoco lo hizo en los cinco minutos siguientes. Pasaban a su lado en hilera infinita, evitando instintivamente el obstáculo sin apenas darse cuenta de que lo hacían. Algunas, sin embargo, reconocieron en aquello tirado a un hombre, aunque solo dejaban caer la mirada unos segundos para luego recogerla. Otras, cómplices, se miraban entre sí buscando un culpable, pero olvidando a la víctima. Al poco tiempo ya se había creado a su alrededor un reguero de murmullos estériles que se perdía al doblar la esquina.

El viejo nunca sabrá cuánto tiempo estuvo allí, sin poder hablar ni moverse, viendo cientos de patas acudiendo inquietas a su destino. Cuando finalmente doce de ellas sacaron sus antenas para llamar a emergencias, estaban siendo espectadoras privilegiadas de su último suspiro.

Quedaron algunas esperando la llegada de la ambulancia, como un hervidero formidable, inconscientes de su conciencia.