jueves, 8 de diciembre de 2011

Rutina


         Patrick era un trabajador más de Nueva York. Uno más. Por las mañanas se levantaba a la misma hora que todo el mundo y trabajaba las mismas horas que todo el mundo. Al llegar a casa, sin embargo, no hacía lo mismo que todo el mundo, pues se suicidaba diariamente unas dos o tres veces desde que entraba por la puerta de su casa hasta que se metía en su cama. Eso sí, como todo el mundo.

          Los suicidios consistían en breves períodos de tiempo en el que simulaba matarse. Patrick nunca compartió estas tendencias con nadie. Al menos seguía siendo consciente de que éstas se encontraban completamente alejadas de la racionalidad. La única vez que estuvo a punto de compartirlo con una persona tuvo que volver a casa corriendo para suicidarse tres veces seguidas de diferentes formas para calmar su ansiedad. Para él era como si renaciera y sin hacerlo, probablemente no hubiera podido soportar su ritmo de vida más de unas semanas.

         Algunos días hacía como si se tomara pastillas y, convulsionándose en su sillón, representaba un paro cardíaco que retenía su respiración solo unos minutos, hasta que ya no podía más y entonces respiraba y renacía. Otras veces le gustaba ahorcarse, y tenía un lugar favorito para hacerlo. En la despensa había un tubo que cruzaba verticalmente la pared y del que colgaba una fina y resistente cuerda negra que a su vez  rodeaba por su cuello. Ponía un banco en el centro y subiéndose a este se podía tirar incluso media hora con las rodillas flexionadas y meciendo su cuerpo a los lados, con los ojos vueltos hacía atras y la lengua buscando el aire. No era tampoco raro que se pusiera la pistola en la sien o en la boca, exhalara un gran bang con su propia boca y dejara caer su cabeza hacia atrás o hacia un lado sintiendo como la sangre le chorreaba por la cara

          Pero había un simulacro de suicido que nunca lograba y que le traía de cabeza: tirarse desde lo más alto del edificio. Varias veces había tonteado con la idea, yéndose a la azotea y paseando por el borde, mirando la acera del fondo e imaginándose su cabeza desmoronándose en los adoquines. Pero aquello era solo un juego. Él no quería morir y por lo tanto, nunca llegó a tirarse.

         Un día sin embargo, sintió verdadero deseo de llevarlo a cabo con todas sus consecuencias. No podría decirse que hubiera una razón concreta, sino que ese día sintió que todo lo que había representado teatralmente hasta entonces tenía la necesidad de llegar a la última gran escena y cerrar finalmente el telón. Lo dejó todo preparado antes de ir al trabajo y se tiró todo el día pensando en lo que le esperaba en casa. Esas horas de trabajo fueron las peores de toda su vida. Como guiado por un destino irrevocable, entró en su casa como el que entra en una cámara de ejecución por ser condenado a muerte y se acercó al sillón, donde descansaba su revolver. Lo cogió y sin pensarlo dos veces, se pegó un tiro en la cabeza.

         Se quedó inclinado contra el reposabrazos del lado izquierdo del sillón, con la cabeza colgando y emanando una gran cantidad de sangre contra el suelo. Con los ojos muy abiertos, pues así había imaginado su muerte y así quería que encontraran su cadáver, quedó fija su mirada en la ventana del salón, donde innumerables edificios habían observado atentamente la ejecución. La bala había perforado su cráneo, traspasándolo en su totalidad y dejando una huella hueca en la pared del fondo del salón.

         Estuvo muchas horas allí el cadáver, solitario e inmóvil. LLegaba la hora de acostarse y nadie había escuchado el disparo, y la policía no se había presentado en la casa. Solo entonces se incorporó y se metió en la cama, como todo el mundo.

         Nunca más volvió a cometer suicido ni sintió la necesidad de hacerlo.


1 comentario:

  1. Buenas,

    Me ha gustado mucho el relato, es muy original y con pocas palabras ya nos sitúas en la historia.

    Ya nos leemos por ahí.

    http://unapocalipsisymedio.blogspot.com/p/inicio.html

    ResponderEliminar