miércoles, 14 de diciembre de 2011

Retiro



Me ha encerrado en mi habitación.

 Al principio no me di cuenta de lo que estaba pasando.Yo antes iba al colegio todos los días, salía con mis amigos, con mis hermanos, leía mucho; hacía cosas interesantes, que me gustaban.

 Casi todas las semanas íbamos al cine, era como una tradición familiar. Generalmente era mi madre la que tiraba de todos, la que lo proponía, aunque una vez allí éramos nosotros los que elegíamos la película, pues a ella no le importaba. Recuerdo también que algún día entresemana venía mi abuela a visitarnos, y se quedaba allí un rato sentada en el sillón y diciéndonos a todos sus nietos los guapos que estábamos, aunque todas las semanas era igual. Por la tarde, cuando terminaba los deberes, solía bajar al parque a juntarme con la gente del barrio para charlar sentados en un banco, dejando pasar el tiempo entre insultos y bromas. En los últimos meses, sin embargo, mis amigos habían ido perdiendo interés y, tras buscarlos durante media hora en la calle, volvía a subir a casa igual que había bajado. Mi abuela dejó de venir todas las semanas, y cuando lo hacía no me decía que estaba guapo. No me decía nada. Por último, los fines de semana ya no íbamos al cine, sino que me quedaba deambulando por la casa buscando algo que hacer.

Mientras iban pasando los días, noté que mi casa iba cambiando. La nevera, por ejemplo, dejó de tener cosas apetecibles, por lo que últimamente comía bastante poco. Ni siquiera me gustaban ya tanto las croquetas de mi madre. Todo en la cocina perdió el interés que tenía, hasta que un día me encontré la puerta cerrada y por no tener la curiosidad de saber si se podía abrir nuevamente, no he vuelto a entrar. Con el despacho de mi padre me pasó algo parecido, aunque el que fue perdiendo interés fue mi propio padre. El salón, por su parte se hizo cada día más estrecho e incómodo, de forma que difícilmente podía quedarme allí más de media hora seguida sin tener que ir a mi cuarto. Los últimos días, poco antes de ser encarcelado, mi estancia allí se resumía en varios minutos sentado en el sofá junto a los cadáveres silenciosos e indiferentes de mis hermanos, que miraban fijamente la tele. El pasillo también se fue estrechando a medida que reducía las fugaces salidas de mi cuarto. Un día estaba tan estrecho que no podía salir, y me quedé encerrado allí.

Desde entonces mi madre, o la que creo que es mi madre, abre la puerta brevemente un par de veces al día y me pone un plato en el suelo con algo de comida. Generalmente es arroz blanco, simplemente cocido, aunque a veces también lo acompaña de un poco de jamón de york. Suelo comérmelo, pero solo para sobrevivir. También  me pone una pastilla de jabón, una toalla limpia cada día y un pequeño cubo con agua, cosas que apenas uso. Para mis necesidades también me pone una pequeña bacinilla y papel higiénico, que suele desaparecer de la esquina de la puerta justo cuando me acuesto para reaparecer de nuevo, completamente limpia, cuando me levanto.

No sé cuánto tiempo va a durar esto, pero me siento cómodo y feliz aquí. Seguro.

Mientras, seguiré escribiendo.

5 comentarios:

  1. De nuevo algo GENIAL!!! ^^ Y pasa tantas y tantas veces sin apenas darnos cuenta...

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  2. Claustrofóbica e hilarante descripción de lo que llegamos a sentir los que buceamos en nuestra imaginación. Enhorabuena Victor Manuel.

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  3. Muy buen relato de cómo el universo se cierra inexorablemente en torno al que encuentra en el egocentrismo el único mundo real.
    ¿La escritura es el único escape?
    No sé si en el "Seguro" final te refieres a "Seguro que sí" o a que estás "seguro y protegido"
    Ale Munardón

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  4. De una forma ("seguro que sí") establece un juicio de valor sobre su estado para autoconvencerse de que lo que le está pasando le es provechoso. De la otra, expresa una sensación que tiene que refuerza la sensación de evasión del mundo. Dejo la elección al lector.

    Bien visto. Gracias por los comentarios

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