domingo, 11 de diciembre de 2011

Fatiga


Aquella noche terminó terriblemente cansado. Y encima le quedaba aquello.

Estuvo más de media hora limpiándolo a conciencia, de forma que aparentemente la tapicería había quedado impoluta. Ni una sola marca. Aparte de usar el ambientador que siempre llevaba en el taxi, bajó de su casa un bote cuya etiqueta rezaba que no solo cubría los olores, sino que los eliminaba, y nubló en su totalidad los asientos. Por último,  dejó el coche en el garaje con todas las puertas abiertas de par en par, incluso la del maletero y la del capó, para que respirara. Olvidándolo todo, subió a su casa vigilado por los primeros rayos de sol, dió los buenos días a su mujer sin mediar apenas palabra y se fue a su cuarto. Solo después de haber sellado cualquier posible fuga de oscuridad y silencio, se derrumbó en la cama.

Durante aquella semana la ciudad entera moría por las mañanas, ya que la mayor parte de la gente, sobretodo los más jóvenes, había robado tiempo a la noche para devolverlo durante el día. Los farolillos de colores desgastados, las lonas amarillentas que colgaban en las calles y la suciedad que aún pudiera quedar de la noche anterior recordaba a los pocos transeúntes mañaneros lo que ocurría por la noche durante aquella semana de fiestas. Nuestro taxista compartía su sueño con la mayoría, pero él hacía mucho que no disfrutaba de la extraña mezcla de olor a vino blanco, cerveza y orina, este último proveniente de las calles estrechas, afluentes de las principales.

A pesar de todo, cuando el taxista bajó de nuevo al garaje, tras una mala noche de sueño, una ducha rápida, un almuerzo indigesto y una breve siesta, el olor a vómito aún seguía allí. Miró de nuevo los asientos traseros de su coche, intentando atisbar algún resto que quedara oculto entre los plieques de las esterillas como única explicación, pero no encontró nada. El coche estaba completamente limpio. Se lo comentó a su mujer, pero ella no olía nada, solo el ambientador ese nuevo que había comprado que no solo cubría los olores, sino que también los eliminaba.

Confiando en su esposa, comenzó su día de trabajo. No recibió ninguna queja ni percibió ningún gesto extraño en la nariz de sus clientes, ni aquel día ni los siguientes. Él parecía ser el único capaz de oler aquello, y bien hubiera podido jurar que el resto de sus días lo estuvo oliendo con la misma intensidad que la noche que aquella chica borracha decidió coger su taxi, inclinarse súbitamente entre risas hacía delante y descorrer el velo de su conciencia en los asientos de cuero.

1 comentario:

  1. ¿Quién no ha seguido oliendo alguna un "vómito" de ésos en alguna ocasión... yo tengo alguno que no consigo quitarme de la pituitaria. Mágnifico.

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