domingo, 11 de diciembre de 2011

Escondite




Esa mañana bajaron por una estrecha calle empedrada, vigilados atentamente por  paredes blanquísimas solo manchadas por algún ventanuco agrietado y oscuro. Giraron a la derecha y desembocaron en una plaza casi abandonada, donde la naturaleza ya había comenzado a retomar lo que era suyo. Era un lugar aparentemente olvidado por sus habitantes y cuyo suelo parecía más antiguo que el del resto de las calles.

- Esto, Daniel, solía ser una plaza… escucha… ¿oyes algo? - Su nieto paseó la mirada por las esquinas y se quedó callado.- Nada… porque a esta plaza ya no se le puede llamar plaza. Dejó de serlo hace muchos años. Fíjate que ni siquiera los pájaros se atreven a acercarse. Pero eso no es lo más triste, porque una plaza no es una plaza si no se escuchan los gritos de los niños en sus paredes.- Hace una pausa contemplando los árboles- Ya te habrás dado cuenta de que en este pueblo no hay niños suficientes para llenarlas todas. -

Daniel siguió guardando silencio, sin entender muy bien lo que estaba diciendo. Escuchó primero un suspiro y acto seguido una voz ronca y anciana.- “Soy el único niño que queda en esta plaza".

Daniel recordaba haber oído aquello mismo otras veces de boca de su abuelo, sobretodo cuando estaba especialmente triste y dejaba fluir las horas en su sillón, frente a la estufa. No le gustó ese recuerdo, por lo que prefirió imaginárselo de niño, jugando en aquella plaza cuando todavía lo era, cuando aún se podía establecer el límite entre la hierba y la piedra. Vio a muchos niños jugando con él, y escuchó gritos retumbando en las paredes, y las voces de las madres viajando por las calles repitiendo los nombres de sus hijos, que tenían que comer, que vinieran ya; y también el canto de los pájaros.

 Sintió entonces la necesidad de vivir aquella infancia, y con la intención de unirse al juego de aquellos niños, dio varios pasos hacia delante. Hizo descansar su brazo en el alcornoque que tenía más cerca, apoyó sus ojos ya cerrados contra éste y comenzó a contar hasta diez en voz alta, lenta y pesada. El uno quebró el silencio. El dos y el tres rebotaron en los bancos oxidados.  El cinco se deslizó por la cal desgajada de las paredes. El ocho hizo vibrar las ramas de los árboles. El diez hizo abrir los ojos de Daniel.

Su abuelo había desaparecido.

3 comentarios:

  1. Ya sabes..., el vello de punta y dos lágrimas después de leerlo :D SUBLIME

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  2. Muy bueno... Me ha encantado el cambio de registro: tremendamente tierno y casi ingenuo.

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  3. Buenísima la sensación del renacimiento de la plaza al lanzar Daniel su "sortilegio"

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