miércoles, 21 de diciembre de 2011

Daguerrotipo



La primera vez que lo sostuvo, en un anticuario cercano a su casa, aún no sabía lo que era un daguerrotipo. Todavía recuerda que se lo puso en la mano como el que cede un valioso tesoro, con sumo cuidado y esperando recuperarlo pronto. Le explicó que se trataba de una técnica fotográfica del siglo XIX en la que la imagen quedaba grabada en una pequeña superficie de plata o de bronce, cuidadosamente pulida, tras una larga y frágil reacción química que exigía a los retratados quedarse inmóviles durante bastante tiempo. También le dijo que la fotografía era única, pues aquella técnica no permitía hacer copias. Tardó diez segundos en extender de nuevo el brazo, reclamando lo que era suyo, pero le dio tiempo a tocar la superficie convexa del cristal que lo cubría, asustarse con la mirada sin vida de los retratados y sentir la llanura helada de su parte trasera. Tuvo la sensación de que la imagen había captado algo que no debía. Al devolvérselo, le preguntó que quiénes eran, pero la única respuesta que supo darle fue la de doscientos euros.

Cuando llegó estaba en el sillón, leyendo. Por su aspecto llevaba allí unas cuantas horas. Le dio un beso y se sentó a su lado para contarle cómo le había ido en el trabajo, como hacía todos los días. No mencionó, sin embargo, su visita al anticuario, aunque era lo único en lo que había pensado desde que pisó de nuevo la calle tras ver el daguerrotipo.

No pasó ni una semana antes de que volviera a aparecer, de la misma forma tímida y curiosa en que lo hizo la primera vez. El precio había ascendido mágicamente al de trescientos euros, pero no le importó. Al llegar, apenas le dio un beso y subió rápidamente las escaleras, porque no quería que se lo reprochara. Una vez en su despacho, desdobló lentamente el papel de cartón en el que lo había envuelto y se quedó un buen tiempo observándolo, admirado por el detalle y la exactitud de la imagen. El cristal que la cubría, sin embargo, había sido maltratado por los años y presentaba numerosas piqueras e imperfecciones, lo que le restaba belleza al contenido. Cogió un pequeño destornillador y comenzó a forzar el borde del marco, que hasta entonces había permanecido fielmente aferrado a la placa. Uno de los lados cedió y la sacó. Se escuchó un pequeño suspiro.

Nada más entrar en contacto con el aire, empezó a oscurecerse por los bordes. Vio que intentaban mantener la postura, pacientes y serios, sin pestañear apenas por su pacto tácito con la cámara. Se mantuvieron impasibles ante la súbita oxidación de la placa como ya lo hicieron la primera vez, hasta que el último de sus rostros desapareció en la opacidad del tiempo.

Solo quedó una placa oscura igual que las demás.

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