miércoles, 28 de diciembre de 2011

Agujero



Aquella era una aldea sin ventanas. La luz entraba en las casas por un agujero circular en el techo, que tabapan cuando llovía. Sus habitantes aún no conocían el placer de hablar de lo ajeno, por lo que no perdían su preciado tiempo en observar y juzgar la vida de los demás.

Un mal día, la pared de una de las casas de derrumbó parcialmente. Mientras la arreglaban, la familia que allí habitaba siguió haciendo su vida como hasta entonces. Los vecinos que pasaban por delante de la casa, sin embargo, fueron sintiendo el deseo de asomarse a la oscuridad del agujero. Ahora veían a los habitantes de la casa, lo que hacían cada día, sus intimidades. Al principio se conformaron con eso, pero a medida que pasaron los días comenzaron a tener el deseo de compartir lo que veían con el resto de los vecinos, para así tener una idea más completa de lo que pasaba en la casa.

Viendo que su familia era el tema principal del que se hablaba en la aldea, el padre de la casa decidió poner una sábana colgada del techo hasta que terminaran la obra. El resto se vio entonces limitado a esperar que alguna corriente de aire les dejara ver por unos instantes. Esto alimentó aún más la imaginación de los vecinos, que comenzaron a inventar historias que tomaban como punto de partida lo último que recordaban antes del velo. Esas historias se tomaron como ciertas y el pueblo entero se llenó de creencias infundadas.

No tardó en cerrarse el agujero, pero no el deseo que había abierto en sus habitantes. El acoso llegó hasta tal punto que tuvieron que dejar la casa y mudarse a la siguiente aldea sin ventanas que encontrasen.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Daguerrotipo



La primera vez que lo sostuvo, en un anticuario cercano a su casa, aún no sabía lo que era un daguerrotipo. Todavía recuerda que se lo puso en la mano como el que cede un valioso tesoro, con sumo cuidado y esperando recuperarlo pronto. Le explicó que se trataba de una técnica fotográfica del siglo XIX en la que la imagen quedaba grabada en una pequeña superficie de plata o de bronce, cuidadosamente pulida, tras una larga y frágil reacción química que exigía a los retratados quedarse inmóviles durante bastante tiempo. También le dijo que la fotografía era única, pues aquella técnica no permitía hacer copias. Tardó diez segundos en extender de nuevo el brazo, reclamando lo que era suyo, pero le dio tiempo a tocar la superficie convexa del cristal que lo cubría, asustarse con la mirada sin vida de los retratados y sentir la llanura helada de su parte trasera. Tuvo la sensación de que la imagen había captado algo que no debía. Al devolvérselo, le preguntó que quiénes eran, pero la única respuesta que supo darle fue la de doscientos euros.

Cuando llegó estaba en el sillón, leyendo. Por su aspecto llevaba allí unas cuantas horas. Le dio un beso y se sentó a su lado para contarle cómo le había ido en el trabajo, como hacía todos los días. No mencionó, sin embargo, su visita al anticuario, aunque era lo único en lo que había pensado desde que pisó de nuevo la calle tras ver el daguerrotipo.

No pasó ni una semana antes de que volviera a aparecer, de la misma forma tímida y curiosa en que lo hizo la primera vez. El precio había ascendido mágicamente al de trescientos euros, pero no le importó. Al llegar, apenas le dio un beso y subió rápidamente las escaleras, porque no quería que se lo reprochara. Una vez en su despacho, desdobló lentamente el papel de cartón en el que lo había envuelto y se quedó un buen tiempo observándolo, admirado por el detalle y la exactitud de la imagen. El cristal que la cubría, sin embargo, había sido maltratado por los años y presentaba numerosas piqueras e imperfecciones, lo que le restaba belleza al contenido. Cogió un pequeño destornillador y comenzó a forzar el borde del marco, que hasta entonces había permanecido fielmente aferrado a la placa. Uno de los lados cedió y la sacó. Se escuchó un pequeño suspiro.

Nada más entrar en contacto con el aire, empezó a oscurecerse por los bordes. Vio que intentaban mantener la postura, pacientes y serios, sin pestañear apenas por su pacto tácito con la cámara. Se mantuvieron impasibles ante la súbita oxidación de la placa como ya lo hicieron la primera vez, hasta que el último de sus rostros desapareció en la opacidad del tiempo.

Solo quedó una placa oscura igual que las demás.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Éxtasis



Sonaron seis campanadas huecas en el silencio de la tarde. Bajaron desde la casa de las cigüeñas hasta la plaza, encontrándose con una joven que subía los escalones  sin hacer ruido. No se hicieron caso. Las primeras se dirigieron al resto del pueblo para informar de la hora, la segunda desapareció en la intimidad de la iglesia.

Tardó un poco en acostumbrarse a la ausencia de luz mientras se dirigía a las primeras filas. No parecía haber nadie. Una vez allí se sentó haciendo crujir el banco, juntó las palmas de sus manos entrelazando los dedos y arrastró a las losas su mirada húmeda.

- ¡Beatriz! Me alegra verte por aquí.-
- Buenas tardes, Padre Javier.-
- ¿Necesitas algo, hija mía?
- Vengo a confesarme.
- Ven.- Se acercaron silenciosos al confesionario.- Arrodíllate, hija.-
- Ave María Purísima.-
- Sin pecado concebida.-
- He pecado, padre.-
- Te escucho.-

Durante más de media hora sollozó en el regazo de la Iglesia.

- Yo te  absuelvo de todos tus pecados en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.-
- Amén.-
- Dad gracias al Señor porque es bueno.-
- Porque es eterna su misericordia.-
- El señor ha perdonado tus pecados. Vete en paz.-

El sacerdote se quedó en el habitáculo, respirando lentamente y reflexionando sobre lo que acababa de oir. Cerró los ojos y pensó en el mundo, y dentro de él en todas las cosas que Dios había dispuesto, en su infinita sabiduría, para el castigo de los hombres. Sintió un principio de éxtasis.

Fuera, el monumento observó los pasos descendentes de la joven mientras sonaban siete campanadas.






miércoles, 14 de diciembre de 2011

Retiro



Me ha encerrado en mi habitación.

 Al principio no me di cuenta de lo que estaba pasando.Yo antes iba al colegio todos los días, salía con mis amigos, con mis hermanos, leía mucho; hacía cosas interesantes, que me gustaban.

 Casi todas las semanas íbamos al cine, era como una tradición familiar. Generalmente era mi madre la que tiraba de todos, la que lo proponía, aunque una vez allí éramos nosotros los que elegíamos la película, pues a ella no le importaba. Recuerdo también que algún día entresemana venía mi abuela a visitarnos, y se quedaba allí un rato sentada en el sillón y diciéndonos a todos sus nietos los guapos que estábamos, aunque todas las semanas era igual. Por la tarde, cuando terminaba los deberes, solía bajar al parque a juntarme con la gente del barrio para charlar sentados en un banco, dejando pasar el tiempo entre insultos y bromas. En los últimos meses, sin embargo, mis amigos habían ido perdiendo interés y, tras buscarlos durante media hora en la calle, volvía a subir a casa igual que había bajado. Mi abuela dejó de venir todas las semanas, y cuando lo hacía no me decía que estaba guapo. No me decía nada. Por último, los fines de semana ya no íbamos al cine, sino que me quedaba deambulando por la casa buscando algo que hacer.

Mientras iban pasando los días, noté que mi casa iba cambiando. La nevera, por ejemplo, dejó de tener cosas apetecibles, por lo que últimamente comía bastante poco. Ni siquiera me gustaban ya tanto las croquetas de mi madre. Todo en la cocina perdió el interés que tenía, hasta que un día me encontré la puerta cerrada y por no tener la curiosidad de saber si se podía abrir nuevamente, no he vuelto a entrar. Con el despacho de mi padre me pasó algo parecido, aunque el que fue perdiendo interés fue mi propio padre. El salón, por su parte se hizo cada día más estrecho e incómodo, de forma que difícilmente podía quedarme allí más de media hora seguida sin tener que ir a mi cuarto. Los últimos días, poco antes de ser encarcelado, mi estancia allí se resumía en varios minutos sentado en el sofá junto a los cadáveres silenciosos e indiferentes de mis hermanos, que miraban fijamente la tele. El pasillo también se fue estrechando a medida que reducía las fugaces salidas de mi cuarto. Un día estaba tan estrecho que no podía salir, y me quedé encerrado allí.

Desde entonces mi madre, o la que creo que es mi madre, abre la puerta brevemente un par de veces al día y me pone un plato en el suelo con algo de comida. Generalmente es arroz blanco, simplemente cocido, aunque a veces también lo acompaña de un poco de jamón de york. Suelo comérmelo, pero solo para sobrevivir. También  me pone una pastilla de jabón, una toalla limpia cada día y un pequeño cubo con agua, cosas que apenas uso. Para mis necesidades también me pone una pequeña bacinilla y papel higiénico, que suele desaparecer de la esquina de la puerta justo cuando me acuesto para reaparecer de nuevo, completamente limpia, cuando me levanto.

No sé cuánto tiempo va a durar esto, pero me siento cómodo y feliz aquí. Seguro.

Mientras, seguiré escribiendo.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Escondite




Esa mañana bajaron por una estrecha calle empedrada, vigilados atentamente por  paredes blanquísimas solo manchadas por algún ventanuco agrietado y oscuro. Giraron a la derecha y desembocaron en una plaza casi abandonada, donde la naturaleza ya había comenzado a retomar lo que era suyo. Era un lugar aparentemente olvidado por sus habitantes y cuyo suelo parecía más antiguo que el del resto de las calles.

- Esto, Daniel, solía ser una plaza… escucha… ¿oyes algo? - Su nieto paseó la mirada por las esquinas y se quedó callado.- Nada… porque a esta plaza ya no se le puede llamar plaza. Dejó de serlo hace muchos años. Fíjate que ni siquiera los pájaros se atreven a acercarse. Pero eso no es lo más triste, porque una plaza no es una plaza si no se escuchan los gritos de los niños en sus paredes.- Hace una pausa contemplando los árboles- Ya te habrás dado cuenta de que en este pueblo no hay niños suficientes para llenarlas todas. -

Daniel siguió guardando silencio, sin entender muy bien lo que estaba diciendo. Escuchó primero un suspiro y acto seguido una voz ronca y anciana.- “Soy el único niño que queda en esta plaza".

Daniel recordaba haber oído aquello mismo otras veces de boca de su abuelo, sobretodo cuando estaba especialmente triste y dejaba fluir las horas en su sillón, frente a la estufa. No le gustó ese recuerdo, por lo que prefirió imaginárselo de niño, jugando en aquella plaza cuando todavía lo era, cuando aún se podía establecer el límite entre la hierba y la piedra. Vio a muchos niños jugando con él, y escuchó gritos retumbando en las paredes, y las voces de las madres viajando por las calles repitiendo los nombres de sus hijos, que tenían que comer, que vinieran ya; y también el canto de los pájaros.

 Sintió entonces la necesidad de vivir aquella infancia, y con la intención de unirse al juego de aquellos niños, dio varios pasos hacia delante. Hizo descansar su brazo en el alcornoque que tenía más cerca, apoyó sus ojos ya cerrados contra éste y comenzó a contar hasta diez en voz alta, lenta y pesada. El uno quebró el silencio. El dos y el tres rebotaron en los bancos oxidados.  El cinco se deslizó por la cal desgajada de las paredes. El ocho hizo vibrar las ramas de los árboles. El diez hizo abrir los ojos de Daniel.

Su abuelo había desaparecido.

Fatiga


Aquella noche terminó terriblemente cansado. Y encima le quedaba aquello.

Estuvo más de media hora limpiándolo a conciencia, de forma que aparentemente la tapicería había quedado impoluta. Ni una sola marca. Aparte de usar el ambientador que siempre llevaba en el taxi, bajó de su casa un bote cuya etiqueta rezaba que no solo cubría los olores, sino que los eliminaba, y nubló en su totalidad los asientos. Por último,  dejó el coche en el garaje con todas las puertas abiertas de par en par, incluso la del maletero y la del capó, para que respirara. Olvidándolo todo, subió a su casa vigilado por los primeros rayos de sol, dió los buenos días a su mujer sin mediar apenas palabra y se fue a su cuarto. Solo después de haber sellado cualquier posible fuga de oscuridad y silencio, se derrumbó en la cama.

Durante aquella semana la ciudad entera moría por las mañanas, ya que la mayor parte de la gente, sobretodo los más jóvenes, había robado tiempo a la noche para devolverlo durante el día. Los farolillos de colores desgastados, las lonas amarillentas que colgaban en las calles y la suciedad que aún pudiera quedar de la noche anterior recordaba a los pocos transeúntes mañaneros lo que ocurría por la noche durante aquella semana de fiestas. Nuestro taxista compartía su sueño con la mayoría, pero él hacía mucho que no disfrutaba de la extraña mezcla de olor a vino blanco, cerveza y orina, este último proveniente de las calles estrechas, afluentes de las principales.

A pesar de todo, cuando el taxista bajó de nuevo al garaje, tras una mala noche de sueño, una ducha rápida, un almuerzo indigesto y una breve siesta, el olor a vómito aún seguía allí. Miró de nuevo los asientos traseros de su coche, intentando atisbar algún resto que quedara oculto entre los plieques de las esterillas como única explicación, pero no encontró nada. El coche estaba completamente limpio. Se lo comentó a su mujer, pero ella no olía nada, solo el ambientador ese nuevo que había comprado que no solo cubría los olores, sino que también los eliminaba.

Confiando en su esposa, comenzó su día de trabajo. No recibió ninguna queja ni percibió ningún gesto extraño en la nariz de sus clientes, ni aquel día ni los siguientes. Él parecía ser el único capaz de oler aquello, y bien hubiera podido jurar que el resto de sus días lo estuvo oliendo con la misma intensidad que la noche que aquella chica borracha decidió coger su taxi, inclinarse súbitamente entre risas hacía delante y descorrer el velo de su conciencia en los asientos de cuero.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Rutina


         Patrick era un trabajador más de Nueva York. Uno más. Por las mañanas se levantaba a la misma hora que todo el mundo y trabajaba las mismas horas que todo el mundo. Al llegar a casa, sin embargo, no hacía lo mismo que todo el mundo, pues se suicidaba diariamente unas dos o tres veces desde que entraba por la puerta de su casa hasta que se metía en su cama. Eso sí, como todo el mundo.

          Los suicidios consistían en breves períodos de tiempo en el que simulaba matarse. Patrick nunca compartió estas tendencias con nadie. Al menos seguía siendo consciente de que éstas se encontraban completamente alejadas de la racionalidad. La única vez que estuvo a punto de compartirlo con una persona tuvo que volver a casa corriendo para suicidarse tres veces seguidas de diferentes formas para calmar su ansiedad. Para él era como si renaciera y sin hacerlo, probablemente no hubiera podido soportar su ritmo de vida más de unas semanas.

         Algunos días hacía como si se tomara pastillas y, convulsionándose en su sillón, representaba un paro cardíaco que retenía su respiración solo unos minutos, hasta que ya no podía más y entonces respiraba y renacía. Otras veces le gustaba ahorcarse, y tenía un lugar favorito para hacerlo. En la despensa había un tubo que cruzaba verticalmente la pared y del que colgaba una fina y resistente cuerda negra que a su vez  rodeaba por su cuello. Ponía un banco en el centro y subiéndose a este se podía tirar incluso media hora con las rodillas flexionadas y meciendo su cuerpo a los lados, con los ojos vueltos hacía atras y la lengua buscando el aire. No era tampoco raro que se pusiera la pistola en la sien o en la boca, exhalara un gran bang con su propia boca y dejara caer su cabeza hacia atrás o hacia un lado sintiendo como la sangre le chorreaba por la cara

          Pero había un simulacro de suicido que nunca lograba y que le traía de cabeza: tirarse desde lo más alto del edificio. Varias veces había tonteado con la idea, yéndose a la azotea y paseando por el borde, mirando la acera del fondo e imaginándose su cabeza desmoronándose en los adoquines. Pero aquello era solo un juego. Él no quería morir y por lo tanto, nunca llegó a tirarse.

         Un día sin embargo, sintió verdadero deseo de llevarlo a cabo con todas sus consecuencias. No podría decirse que hubiera una razón concreta, sino que ese día sintió que todo lo que había representado teatralmente hasta entonces tenía la necesidad de llegar a la última gran escena y cerrar finalmente el telón. Lo dejó todo preparado antes de ir al trabajo y se tiró todo el día pensando en lo que le esperaba en casa. Esas horas de trabajo fueron las peores de toda su vida. Como guiado por un destino irrevocable, entró en su casa como el que entra en una cámara de ejecución por ser condenado a muerte y se acercó al sillón, donde descansaba su revolver. Lo cogió y sin pensarlo dos veces, se pegó un tiro en la cabeza.

         Se quedó inclinado contra el reposabrazos del lado izquierdo del sillón, con la cabeza colgando y emanando una gran cantidad de sangre contra el suelo. Con los ojos muy abiertos, pues así había imaginado su muerte y así quería que encontraran su cadáver, quedó fija su mirada en la ventana del salón, donde innumerables edificios habían observado atentamente la ejecución. La bala había perforado su cráneo, traspasándolo en su totalidad y dejando una huella hueca en la pared del fondo del salón.

         Estuvo muchas horas allí el cadáver, solitario e inmóvil. LLegaba la hora de acostarse y nadie había escuchado el disparo, y la policía no se había presentado en la casa. Solo entonces se incorporó y se metió en la cama, como todo el mundo.

         Nunca más volvió a cometer suicido ni sintió la necesidad de hacerlo.